La pared verde

Una docena de prisioneros de Zenda celebran la publicación de El prisionero de Zenda por Zenda Aventuras. Publicamos de manera simultánea artículos sobre prisiones reales o imaginarias, sobre prisioneros o sobre la novela de Anthony Hope. A continuación, reproducimos un texto de Benito Muñoz. Un relato sobre unos prisioneros muy especiales atrapados en una cárcel inesperada y desconocida para ellos.

Una superficie en forma de pared verde no del todo plana, más bien con una ligera ondulación, incluso un tanto abrupta hasta que la pierdo de vista y me inclino a pensar o concluir que puede tener una forma redondeada, no sé si esférica, no me impide seguir mi camino. La atravieso no sin cierto esfuerzo y aguantando sobre los ojos un líquido que en un principio me produce ceguera y más tarde cae hacia mi boca y me genera cierta satisfacción, como si de un alimento no esperado se tratara, un alimento que cumple su condición y me sienta bien. La energía otorgada por la emulsión blanquecina me permite dar unos pasos más, aunque apenas acuso el movimiento, como si me costara mucho más avanzar que la sensación que me produce estar prácticamente parado, quieto como un cadáver.

"Donde está, inmóvil, será siempre un cadáver. Yo aspiro a conocer otros mundos, a salir de aquí, como quiera que se llame este lugar"

Me dijo mi primo, casi hermano, Rogerg Asmas, que este camino me podría traer graves consecuencias si el agrimensor de estas extrañas tierras aparecía de repente, no sólo por sus modales agresivos como por su tamaño, muy superior al nuestro. No le hice caso, porque yo tenía que salir de aquí de una vez. Debo de llevar una eternidad con la sensación de que sólo me arrastro a través de una superficie que debe de ser muy pequeña, puesto que no advierto ningún cambio o progreso en todo lo que me rodea y puedo ver o alcanzar tras horas de intentos al respecto. Eso sí, pasado un tiempo que no alcanzo a medir bien pero que calificaría de eterno, una gran pared verde similar a la citada anteriormente trata inútilmente de frenarme, aunque no hace otra cosa que permanecer quieta mientras yo continúo mi camino.

Esta es la segunda pared verde que atravieso en lo que debe de ser mi vida, esta existencia de agotamiento por una parte y de frenesí alimenticio de otra, extraño frenesí que yo denomino eso, “alimenticio”, porque la rara emulsión blanca me ayuda a continuar cuando cae en mi boca de manera constante y a veces obsesiva.

¿O no hay una segunda pared verde y me lo estoy imaginando o soñando? No, sé que estoy despierto, pero es posible que sólo haya podido atravesar una pared de dichas características, que esta haya sido la primera vez, puesto que la memoria no es mi fuerte. Me dijo mi primo, casi hermano, Rogerg Asmas que rara vez se pueden atravesar dos paredes verdes de manera consecutiva, y que de hacerlo se podría tardar años. Él nunca lo intentó, pero claro, no pudo conquistar la libertad. Por eso yo me he alejado de su lado. Donde está, inmóvil, será siempre un cadáver. Yo aspiro a conocer otros mundos, a salir de aquí, como quiera que se llame este lugar en el que al menos alguien ha tenido la decencia de dejarme comida. Quizá haya sido el agrimensor ese que dice mi primo, casi hermano.

He descansado un buen rato tras trabajar horas en ese lugar en el que me lleno unas veces la boca de emulsión blanca y otras, las más, la rechazo. Puedo respirar bien, pero no es un aire limpio. Tampoco sucio, diría yo, pero sí de una densidad notable, tanto que en muchas ocasiones llego a creer que no tengo oxígeno. Ayer, por ejemplo, y digo ayer aunque no sé bien cuál es la medida del tiempo aquí ni qué significa que transcurra o no o si realmente el tiempo es estático, topé con una superficie dura, al contrario que todo lo que me rodea, que sí puedo romper e incluso, como digo, atravesar, de un color oscuro, casi negruzco, y de una suavidad ciertamente inquietante. Lejos de querer pasar por ella, la dejé a un lado y observé que desde que frené en mis intentos de empujarla y opté por un camino lateral avancé más deprisa, si bien tampoco sé bien si deprisa es muy diferente de despacio.

"Ha pasado mucho tiempo, o eso creo por el cansancio acumulado y, sí, por fin, he salido de aquí para toparme con otra enorme pared verde en su parte de abajo y rojiza cuando miro hacia arriba"

Ha pasado mucho tiempo, o eso creo por el cansancio acumulado y, sí, por fin, he salido de aquí para toparme con otra enorme pared verde en su parte de abajo y rojiza cuando miro hacia arriba. Sé que el destino me pone estas pruebas. Y sé que voy a poder superarlas, por muchas paredes verdes que me ponga por delante aquel o aquellos que no quieren verme lejos, incluso libre, otra palabra que sólo puedo traducir como querer estar en otro lugar que no se parezca en nada a lo que me rodea.

Ya apenas oigo la voz de mi primo, casi hermano. Quizá no habla, o sencillamente me he alejado lo suficiente de él como para pensar que la misión que me he encomendado a mí mismo es posible. Oigo unos fuertes golpes que vienen hacia aquí. Tengo que parar. No haré ruido y renunciaré a ir hacia esa pared verde rojiza. Me quedaré aquí hasta que cese el ruido. Puede ser el agrimensor que yo, por otra parte, no he visto en mi vida. Contendré incluso la respiración. Quiero salir de aquí como sea.

—¡Mamá!

—Dime, hijo.

—¡En las manzanas hay un gusano!

———————————

Título: El prisionero de Zenda. Autor: Anthony Hope. ISBN: 9788412031034. Páginas: 226. Precio: 14 €. Puedes comprarlo en: LibrosCC, AmazonCasa del LibroFnacEl Corte Inglés y Todos tus libros

4.5/5 (2 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)