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La perspicacia de las pasiones

Fábula del personaje y el lector

«Esto ocurrió en los días en que una gallina costaba dos pesetas y la fraga de Cecebre era más extensa y frondosa.» Me cuenta Miguel Somovilla que está trabajando con la obra narrativa de Wenceslao Fernández Flórez y, como si me atrapara un sortilegio cunqueiriano, vuelvo a verme recorriendo en una tarde otoñal los intrincados caminos que llevan a San Andrés de Teixido, esa aldea gallega a la que cierta tradición obliga a peregrinar en vida para no tener luego el alma errando por los parajes de la eternidad. Es un lugar curioso, atravesado por ritos secundarios —la piedra que hay que depositar en alguno de los milladoiros, la fuente de la que es obligado beber antes de pedir un deseo al santo, la miga de pan que se echa después al agua y cuyo comportamiento marca nuestro destino: si flota, nos irá bien; si se hunde, más nos vale ir preparándonos— que envuelven y realzan la visita a la ermita de trazas entre medievales y barrocas y planta deslizante en cuyo altar mayor escucha San Andrés los susurros de los romeros. Todo ese ceremonial, entre místico y folclórico, se adorna con el aire kitsch que aportan las tiendecitas de recuerdos, los autobuses que descargan excursionistas en el aparcamiento situado a la entrada del pueblo y un bullicio general que hace que aquello parezca más una feria que una invitación al recogimiento. El caso es que, cuando anduve por allí, me senté unos minutos ante la puerta de la iglesia y me vino a la cabeza Fiz de Cotovelo. Caí en la cuenta de que, pese a lo mucho que me gustaba El bosque animado, nunca había leído la novela en la que se inspiró José Luis Cuerda para dirigir una de sus películas más estimables. Localicé a mi vuelta, no recuerdo dónde, una vieja edición de Austral y me enfrasqué en su lectura con la alegría de quien visita un lugar en el que nunca ha estado, pero donde sabe que le aguardan antiguos conocidos. Estaban allí todos, en efecto, pero página a página fui descubriendo que sus vidas no habían sido en su origen tal y como nos las habían contado. Supe que el final de Geraldo, el pocero, no fue tan feliz como nos quiso hacer creer el celuloide, que Hermenilda nunca regresó de La Coruña y que había en Fendetestas incluso más ternura de la que le quiso conferir Alfredo Landa. Averigüé también que los animales se entregaban a animadas tertulias cuando los humanos no reparaban en ellos y, entre tanta novedad inesperada, me reconfortó encontrar por allí vagando a Fiz de Cotovelo, ese entrañable espectro al que tan bien encarnó Miguel Rellán y que seguía atrapado en su perpetuo vagar por los bosques gallegos, a ver si daba con algún alma caritativa que peregrinara en su nombre a San Andrés de Teixido para dar por amortizada la promesa que él no había podido consumar en vida. Ahora que me detengo a pensar en todo esto, me pregunto si las ánimas tienen el poder de detectar cuándo alguien piensa en ellas —o en quienes fueron mientras aún estaban vivas— y si el escenario o el momento en los que se produce esa remembranza pueden influir algo en su penar; y disfruto con la idea de que, al acordarme yo del buen Fiz ante las puertas del santuario de Teixido, acaso alguien ahí arriba pudo colegir que me encontraba allí en su nombre y, de ese modo, decidiera liberarlo de su deambular eterno. Quizá algún día, si consigo dar con mi edición de El bosque animado en la selva indómita de mi biblioteca, descubra que Fiz de Cotovelo no anda ya por sus capítulos, exculpado como está por mi intercesión inconsciente, y no sabré si guardarme el secreto para que nadie me acuse de haber mancillado una novela hermosa o confesarlo para enorgullecerme de protagonizar el primer caso conocido en la historia de la literatura en el que un lector logra salvar a un personaje.

Para qué seguir jugando

"El nombre de José Avello no sonaba en ningún sitio porque él mismo había decidido apartarse de la primera línea y repartía los días entre sus clases universitarias y una escritura callada"

Me hablaba Lorenzo el otro día en Madrid de José Avello. Estábamos cenando en una terraza al lado del Retiro y, no sé por qué, apareció en la conversación Jugadores de billar, esa novela prodigiosa que fue la última de las dos que dio a imprenta su autor y que pocos han leído, pese a tratarse, al entender de muchos —incluido el mío—, de una obra fundamental dentro de la literatura española de este siglo que transcurre. Apareció publicada en Alfaguara hace ahora dos décadas y no fue ningún éxito de ventas, pero los lectores que fue encontrando por el camino la ensalzaron de tal modo que se acabó convirtiendo en una especie de secreto que viajaba de boca en boca. Tuve yo así noticia de su existencia allá por 2008 o 2009 y ya sólo pude encontrarla en una página de segunda mano de Internet, porque en nuestra época los libros sobreviven más en la memoria que en las librerías y corre el tiempo veloz allí donde más debiera detenerse. Para entonces, el nombre de José Avello no sonaba en ningún sitio porque él mismo había decidido apartarse de la primera línea y repartía los días entre sus clases universitarias y una escritura callada de la que no acababa de ofrecer más muestras. En 1983 había quedado finalista del Nadal con su primera y magistral novela, La subversión de Beti García, y tardó casi diez años en dar a imprenta ese monumento que se terminaría convirtiendo en su legado. Entre una y otra, silencio; después, nada. Tuve ocasión de conocerlo en Oviedo, con ocasión de una de sus escasísimas apariciones públicas, e intercambiamos unas pocas palabras en un anochecer lluvioso al pie de la plaza del Fontán. Yo trabajaba entonces en la Consejería de Cultura y le propuse recuperar Jugadores de billar en una nueva edición que la relanzara con los galones merecidos. A él le hizo ilusión y dejó en mi ejemplar ajado una dedicatoria y su dirección de correo electrónico apuntada a bolígrafo. El propósito no salió adelante porque, contra todo pronóstico, la muerte lo visitó a los pocos meses y truncó aquella conversación que apenas había comenzado. No mucho tiempo después, la editorial Trea reeditó las dos novelas y me invitó a participar en una tertulia donde quisimos recordar a su autor con los honores que merecía. Recordé entonces una frase que me dijo aquella noche y que me viene a la cabeza con frecuencia. Fue cuando le pregunté a qué venía su reticencia a publicar, por qué en veinte años había dado a conocer únicamente dos novelas, si era porque su escritura discurría por cauces lentos o porque él mismo se imponía una exigencia que le costaba satisfacer. Avello, que al igual que sus personajes era un gran aficionado al billar, dio una respuesta tan lapidaria que ante su eco sólo cabía agachar la cabeza y batirse en retirada: «Si en una partida has conseguido hacer dos carambolas perfectas, ¿para qué seguir jugando?»

Patria (doce de octubre)

"A Borges el patriotismo le parecía la menos perspicaz de las pasiones"

Ahora que la palabra «patria» acostumbra a pronunciarse en esferas públicas con insistencia y fervor, veo cómo se ratifica mi sospecha de que el amor a la patria es el único recurso que queda disponible cuando fallan o se agotan todos los demás y esconde bajo su enunciación el propósito perverso de implantar por decreto aquello que, en buena ley, debería ser cuestión de cada uno. Benito Jerónimo Feijoo, que agitó los primeros aires ilustrados desde su celda del monasterio de San Vicente, buscó en los hombres aquel amor a la patria que tanto se celebraba en los libros y sólo halló «un afecto delincuente que, con voz vulgarizada, se llama pasión nacional». George Bernard Shaw definió el patriotismo como «el convencimiento de que tu país es superior a los demás porque tú naciste en él», mientras que para Bertrand Russell no era más que «la disposición de matar y dejarse matar por razones triviales». El general Patton, más pragmático, supo expresarlo con elocuencia: «Se trata de conseguir que otro desgraciado muera por su país antes de que consiga que mueras tú por el tuyo». Fue más o menos lo mismo que vino a decir Bolívar cuando dictaminó: «Formémonos una patria a toda costa, y todo lo demás será tolerable». A mí, como a Pacheco, me resulta inasible el pretendido fulgor de la patria, porque sólo puedo entender ésta como una abstracción subjetiva bajo cuyo paraguas uno va reuniendo todo lo que, para bien o para mal, lo define. Dijo Rilke que la infancia era la única patria verdadera, pero a mi entender se quedó corto porque la patria se va construyendo día a día e incluye cuanto quiera abarcar su propietario. Que a menudo ese concepto lo hayan sacado en procesión los artífices de revoluciones fallidas y dictaduras victoriosas, enmascarando tras la rotundidad de su significante la omisión de ciertos significados —ciudadanía, bien común—, debería mantenernos en guardia ante quienes pretenden abusar de la retórica para sumergir a la razón en un sueño manso del que emerjan, una vez más, los monstruos conocidos. Elvira Lindo ha citado alguna vez una máxima memorable de su padre: «Donde de verdad se nota el patriotismo es en la declaración de hacienda». En estos últimos años hemos ido viendo cómo a algunos presuntos defensores de la patria se les evaporó el amor, de tanto usarlo, en paraísos fiscales, y a otros ni siquiera les llegó para evitar una complementaria. Dirán que no es la economía la que mueve el corazón, y hasta habrá quienes acudan prestos a reír la gracia. A Borges el patriotismo le parecía la menos perspicaz de las pasiones y Quevedo, que vio los muros de la suya venirse abajo, deslizó un veredicto clarividente al respecto: «El amor a la patria siempre daña a la persona». No es una apreciación banal. La historia nos enseña que, cada vez que se esgrime la palabra «patria», suele haber alguien detrás empuñando una pistola.

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