Cambio el escenario habitual de estas crónicas desde El Cabo, mi casa rodeada de campos amarilleados por el sol del estío, los grillos cantando al atardecer y el aroma de la hierba seca, resina de pino y tierra caliente por el olor a coco de la bruma solar del ocupante de la toalla de al lado, de las algas mojadas y de la salitre en el aire. Estas vacaciones he vuelto al lugar al que mi madre me traía de niña cada verano para que jugara con las olas y el sol tostara mi piel hasta volverme del color del bronce. Tan dorada yo como blanca siempre fue ella, que transformaba su albura en una rojez coronada con finas pecas.
Mientras yo me limpiaba los pies con cuidado, ella recogía mis juguetes de plástico y los guardaba en la gran bolsa que acarreaba, no fuera a quedarse atrás el molde de Mickey Mouse, o aquel otro para hacer estrellas de mar, o la pala con un pez dentro del mango que subía y bajaba al ritmo de mis movimientos cuando cavaba agujeros al borde del agua. Eran días de verano que parecían no tener fin, tardes de aventuras pescando cangrejos, trepando por las rocas, conociendo a otros niños que no eran los del colegio de siempre. Tesoros con los que se fue construyendo una infancia feliz.
Ella, siempre vigilante: que no me faltara protección solar, que no me alejara demasiado de la orilla aun con aquel horrible flotador amarillo y azul que me obligaba a llevar, que no se nos hiciera tarde para coger el penúltimo autobús de la tarde. Nunca el último, que iba siempre demasiado lleno y nos quedaba todavía un buen trecho por caminar hasta casa, mi madre cargada con todos los bártulos de la playa. Luego venía mi baño, la cena, limpiar las cosas para el día siguiente y mil pequeñas tareas más. Hace ya tiempo que las tornas se han cambiado.
No recuerdo la última vez que pisé esta playa, pero estoy segura que fue con ella. Dicen que no se debe volver allí donde una vez fuiste feliz. Tras una mañana nadando y al sol, me limpio bien los pies de arena para regresar junto a mi madre. Le cuento dónde he estado, qué he hecho, lo que he visto. Ella no me presta atención, está atenta a su programa favorito en la televisión, lo que le cuento no le dice nada. A mitad de mi relato me interrumpe para preguntarme si ya hemos comido, aunque acabamos de hacerlo. Unos segundos después vuelve a mirar la televisión, como si mis palabras se hubieran desvanecido antes de llegar a ella.
Solo al cabo de las horas, cuando ya lo había olvidado todo, vuelve a aferrarse a lo único que permanece: “¿Te has limpiado bien los pies de arena antes de venir a casa?”.
La miro sonriendo, con esa mezcla de ternura y desgarro que se aprende con el tiempo, y respondo: “Sí, mamá, me los he limpiado”.


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