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La propiedad del paraíso, de Felipe Benítez Reyes

Publicada originalmente en 1995, la editorial El Paseo recupera para su serie ‘Ópera Prima’ la novela La propiedad del paraíso, de Felipe Benítez Reyes. A esta nueva edición se le añade un epílogo, un apéndice de poemas y unos collages del autor, todo ello realizado para la ocasión. Además, en la novela se incluye un prólogo inédito de José Manuel Caballero Bonald.

La propiedad del paraíso, elogiada por los lectores y por la crítica, constituye una de las principales obras del escritor gaditano. En esta novela, Benítez Reyes recrea las memorias del niño que fuimos, con sus aventuras, con sus pensamientos, retratando los lugares en los que vivió y creció. Ese paraíso perdido de la infancia que todos rememoramos. Todo ello narrado con una prosa magistral, llena de emoción, humor y ternura, entre los diferentes personajes que se van sucediendo a lo largo de los capítulos: Fernando y Carmelo, el sargento Arruza, el Duende, entre otros.

Zenda adelanta el prólogo de Caballero Bonald.

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PRÓLOGO

No sé hasta qué punto La propiedad del paraíso es un libro autobiográfico, estrictamente ceñido a la infancia. Supongo que sí, que algo de eso hay, entre otras cosas porque muy rara vez puede hablar el escritor de la infancia sin referirla a su propia memoria y, además, porque el niño que anda por el libro incluso se asemeja bastante al adulto que lo escribió.

Quiero decir que ya a los diez años Felipe Benítez Reyes parecía estar adiestrándose astutamente para contar tiempo después lo que le estaba pasando. Lo cual, aparte de imposible, resultaría de una precocidad por lo menos mozartiana. De todos modos, esta serie de sutiles y seductoras estampas infantiles, adornadas con todas las mitologías y aventuras sensoria les propias del caso, funcionan aquí como fragmentos de evocaciones entresacadas de la propia experiencia y modificadas, remodeladas luego a través del proceso creador.

Felipe Benítez Reyes se vale normalmente de su óptimo aparejo de poeta para rebuscar en el pasado de un protagonista que si no es Felipe Benítez Reyes, muy bien podría serlo. Y eso —el aparejo de poeta— se nota sobre todo en el primor metafórico, digamos que en la vibración imaginativa.

Cada uno de los breves capítulos que componen este libro está elaborado efectivamente con una prosa que se afianza a partir de ciertas energías poéticas. Es posible que el autor haya elegido adrede esa entonación para acentuar el aliño retórico de las descripciones, para dar una mayor consistencia ilusoria a los argumentos. Pero ese presunto lirismo no es, sin embargo, un trámite uniforme. Hay otros elementos que definen más regularmente el carácter estilístico del libro y que, en  cierta medida, relegan a un segundo término cualquier insinuante preminencia poética.

Me refiero sobre todo a la ironía, cuyo empleo me parece especialmente efectivo por cuanto desplaza del campo argumental todo lo que pudiera deslizarse hacia unas reflexiones demasiado solemnes o demasiado ampulosas. Es una ironía que se genera también a través de la sintaxis y que suma un nuevo atractivo a la elocución. Felipe Benítez Reyes consigue así un equilibrio expositivo sumamente airoso. Las fantasías infantiles quedan muy bien dosificadas dentro de esos soportes irónicos que estabilizan la realidad. A lo que habría que añadir la manifiesta singularidad operativa de la prosa, donde comparece de pronto como una exquisitez en el fraseo que viene quizá de Gómez de la Serna, incluso de ciertos modales posrománticos, pero que incide en lo que podrían ser los anticipos teóricos de un nuevo realismo sentimental.

El procedimiento narrativo usado por Felipe Benítez Reyes en La propiedad del paraíso denota una lucidez más bien enemistada, por lo serena, con el ávido desorden que se le podría  suponer a un escritor tan joven.

Como bien se sabe, el punto de vista del autor que escribe  sobre el niño que fue suele ser bastante enrevesado. Aparte de  que se produzca como una trampa dialéctica, puesto que mal  puede ocupar ya quien escribe el sitio del personaje evocado, también habría mucho que hablar del autor como protagonista o de los reajustes del tiempo para conseguir esa confrontación ambigua en la suplantación de la personalidad. Claro que, en términos propiamente literarios, nada importa aquí la falta de veracidad o las meras invenciones que puedan ir adosándose al recuento más o menos fidedigno de los hechos.

Hay un momento del libro muy revelador en este sentido. En el capítulo 14, y en el último, por ejemplo, Felipe Benítez Reyes interrumpe la búsqueda de su real —o simulado— personaje infantil y se sitúa en el tiempo del que escribe, sintetizando desde la perspectiva del presente lo que hasta entonces había sido un selectivo sondeo en el pretérito.

Creo que esa pirueta aporta una nueva verosimilitud al relato. Aunque la verdad es que nada de eso tiene mayor relevancia. Lo que a la larga prevalece es el hecho literario consumado. Y Felipe Benítez Reyes ha escrito un libro por muchas razones delicioso, de una ostensible alianza con el ingenio, un acabado ejemplo de narrativa cuidadosa, severa y divertida a la vez, integrada en esa elocuente tradición donde se practica la literatura como un producto placentero para el lector.

Espero que esta «propiedad del paraíso» haya pasado equitativamente a ser de dominio público.

José Manuel Caballero Bonald

(1995)

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Autor: Felipe Benítez Reyes. Título: La propiedad del paraíso. Editorial: El Paseo. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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