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Los hombres de Putin, de Catherine Belton

Los hombres de Putin, de Catherine Belton

Tras una importante labor de investigación, la autora de este libro desvela la historia inédita de cómo Vladimir Putin y su círculo íntimo, formado principalmente por miembros del KGB, se hicieron con el poder en Rusia e instauraron una nueva sociedad de oligarcas cuya influencia se extiende por Occidente.

Zenda adelanta un extracto de las primeras páginas de este libro.

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PRÓLOGO

Las reglas de Moscú

Ya era tarde ese día de mayo de 2015 y Serguéi Pugachev hojeaba un viejo álbum de fotografías familiares que había encontrado y que poseía desde hacía al menos trece años, si no más. En una de ellas, tomada con motivo de un cumpleaños celebrado en su dacha de Moscú, su hijo Víktor mantiene la mirada baja mientras Katerina, la hija de Vladímir Putin, sonríe y le susurra algo al oído. En otra, Víktor y su otro hijo, Aleksánder, posan en una amplia escalera de caracol de la biblioteca presidencial del Kremlin junto a las dos hijas de Putin. En un extremo del retrato, Liúdmila Putina, que por entonces aún era la esposa del presidente ruso, sonríe. Él y yo nos encontrábamos en la cocina de la residencia de Pugachev, una vivienda de tres plantas, entre medianeras, en el exclusivo barrio londinense de Chelsea. La luz del atardecer se colaba a través de los grandes ventanales; los pájaros, en el exterior, cantaban y el estruendo del tráfico de la cercana King’s Road no era más que un zumbido amortiguado. La vida de poder de la que Pugachev había gozado en Moscú en otro tiempo — los pactos, los interminables acuerdos por debajo de la mesa, los «entendimientos» entre amigos en los pasillos del poder del Kremlin— parecía pertenecer a otro mundo. Pero, de hecho, la influencia de Moscú seguía ace­chando como una sombra alargada al otro lado de su puerta.

El día anterior, Pugachev se había visto obligado a buscar la protección del escuadrón antiterrorista del Reino Unido. Sus guardaespaldas habían hallado unas cajas sospechosas con cables que sobresalían de ellas en el chasis de su Rolls-Royce, así como en el vehículo en el que se trasladaban a la escuela sus tres hijos menores, de siete, cinco y tres años. Ese día, en la pared del salón de Pugachev, detrás de un caballito mece­dor y frente a los retratos de familia, el escuadrón antiterro­rista SO15 había instalado una caja gris con una alarma que podía activarse en caso de ataque.

Hacía quince años, Pugachev pertenecía al círculo del Kremlin y maniobraba sin fin entre bastidores para llevar a Vladímir Putin al poder. Conocido en sus tiempos como el banquero del Kremlin, era un maestro de los acuerdos de tras­tienda, de los juegos de manos con que por entonces se gober­naba el país. Durante años pareció intocable, era un miembro del círculo íntimo en la cúspide del poder que había creado y retorcido las reglas según sus intereses, que había subvertido los cuerpos policiales, los tribunales de justicia e incluso las elecciones de acuerdo a sus necesidades. Pero ahora, la maqui­naria del Kremlin de la que había formado parte se había vuel­to en su contra. Aquel creyente ortodoxo, alto, de barba oscu­ra y sonrisa amable se había convertido en la última víctima de los incansables tentáculos de Putin. En primer lugar, el Kremlin se había interesado por su imperio empresarial y se lo había apropiado. Pugachev había abandonado Rusia y se había ins­talado primero en Francia y posteriormente en Inglaterra, mientras el Kremlin lanzaba su ataque. Los hombres de Putin se habían apoderado del proyecto de hotel que el presidente le había otorgado en la Plaza Roja, a un tiro de piedra del Kremlin, sin la menor compensación. Después, sus astilleros, dos de los mayores de Rusia, valorados en 3.500 millones de dóla­res, fueron adquiridos por uno de los más estrechos aliados de Putin, Ígor Sechin, a cambio de una ínfima parte de esa suma. Posteriormente, su proyecto relacionado con el carbón — el mayor depósito de coque del mundo, ubicado en la región siberiana de Tuvá y valorado en 4.000 millones de dólares—, se lo quedó un socio de Ramzán Kadírov, el presidente y hombre fuerte de Chechenia, por 150 millones de dólares. Durante todo el proceso, los hombres de Putin lo culpa-ron del hundimiento del Mezhprombank, el banco fundado hacía muchos años, en la década de 1990, que en su día constituyó la clave de su poder. Las autoridades del Kremlin presentaron una querella criminal afirmando que Pugachev había provocado la quiebra de la entidad financiera al transferir 700 millones de dólares de este a la cuenta de un banco suizo en el momento álgido de la crisis financiera de 2008. El Kremlin hizo caso omiso de Pugachev, que aseguraba que ese dinero era suyo. Parecía importar poco que la adquisición por parte de Sechin de los astilleros por una mínima parte de su valor fuera la causa principal del déficit en los fondos del banco ante los acreedores. Parecía claro que detrás estaba la mano del Kremlin. «Hubo personas del Estado que manipularon las reglas en contra de él para causar la quiebra del banco, lo que, como era de esperar, las beneficiaba a ellas», comentó Richard Hainsworth, experto de larga trayectoria en banca rusa. Se trataba de la historia típica de una maquinaria del Kremlin que se había vuelto implacable en su alcance. Primero había ido a por los enemigos políticos. Pero ahora empezaba a concentrarse en los que en otro tiempo habían sido aliados de Putin. Pugachev fue el primero del círculo íntimo en caer. Y ahora el Kremlin había trasladado su campaña contra él desde los tribunales a puerta cerrada de Moscú hasta la Corte Suprema de Londres, revestida de un barniz de respetabilidad. Allí no le costó conseguir la congelación de sus activos, al tiempo que mantenía al magnate enredado en la sala de vistas.

Desde que Pugachev abandonó Rusia, el Kremlin había ido tras él. Había recibido las amenazas de unos secuaces del liquidador del Mezhprombank en su residencia de Francia. Tres miembros de un grupo mafioso de Moscú se lo habían llevado a un yate frente a las costas de Niza y le habían exigi­do el pago de 350 millones de dólares para preservar la inte­gridad física de su familia. Era, según le informaron, «el pre­cio de la paz», la suma que debía pagar para que la querella criminal presentada en Rusia contra él por la quiebra del Mezhprombank se retirase, según muestran pruebas docu­mentales.4 En los tribunales británicos, Pugachev era un pez fuera del agua, incapaz de operar según unas normas y proce­dimientos que le resultaban del todo ajenos. Estaba demasia­do acostumbrado a los pactos de trastienda tan comunes en el Kremlin de su pasado, demasiado acostumbrado a colarse por entre la red de normas y reglamentos gracias a su posición y su poder. Él no se había concedido favores a sí mismo. Con­vencido de la rectitud de su posición, de ser una víctima del último empeño del Kremlin para apoderarse de activos, se creyó por encima de las reglas de los tribunales británicos. No se molestó en acatar las órdenes judiciales relativas a la congelación de activos, y se había fundido millones de libras de una cuenta que había mantenido oculta a la corte británica. Creía que la obligatoriedad de divulgación no iba con él, que era una minucia comparada con la calamidad que había recaí­do sobre su imperio empresarial, que formaba parte de la campaña del Kremlin para acosarlo y aplacarlo a cada esqui­na. En todo caso, el Kremlin se había aficionado a perseguir a sus enemigos recurriendo al sistema judicial británico, al tiempo que perfeccionaba la maquinaria de relaciones públi­cas para que las páginas de los tabloides británicos se llenaran de insinuaciones sobre la riqueza robada del oligarca ruso. El Kremlin observó por primera vez cómo funcionaba el sistema judicial británico a partir de la victoria de Román Abramóvich contra Borís Berezovski, el oligarca exiliado que se había convertido en el crítico más feroz contra Putin, en un caso que, según algunos, ponía patas arriba la historia de Rusia. Berezovski era un charlatán que había formado parte del Kremlin y que había intentado sin éxito demandar a su otrora colaborador Román Abramóvich, un ex gobernador general, exigiéndole la cantidad de 6.500 millones de dólares en la Corte Suprema británica. La juez encargada del caso, Elizabeth Gloster, había visto con malos ojos las afirmaciones de Berezovski según las cuales había sido parcialmente propietario de Sibneft, una de las grandes empresas petroleras de Rusia, y había tenido participaciones en Rusal, el principal gigante del aluminio de su país, en sociedad con Abramóvich, y que este le había obligado a vender sus acciones a precio de saldo. La magistrada Gloster declaró que consideraba a Berezovski «un testigo intrínsecamente indigno de confianza», y se alineó con Abramóvich, que aseguraba que Berezovski nunca había sido propietario de aquellos activos; que simple-mente se le había pagado por proporcionar su mecenazgo político y protección. El juicio fue recibido con cierta sorpresa en Rusia, donde a Berezovski se lo consideraba generalmente como uno de los propietarios de Sibneft. Berezovski protestó. La magistrada Gloster había declarado al inicio del juicio que su hijastro había representado a Abramóvich en las fases iniciales del caso. Pero los abogados de Berezovski argumenta-ron que esa implicación había sido más extensa de lo que en un principio se había revelado, aunque aun así no presentaron recurso.6 El Kremlin fue perfeccionando sus operaciones en el sistema judicial británico con la persecución contra Mujtar Abliázov, un multimillonario kazajo que resultó ser el enemigo político número uno del presidente kazajo y aliado clave del Kremlin Nursultán Nazarbáyev. Abliázov fue demandado por una agencia estatal de seguros de depósitos, que le acusa­ba de la apropiación indebida de más de 4.000 millones de dólares del banco kazajo BTA, que había presidido y que con­taba con sucursales por toda Rusia. La agencia rusa en cues­tión contrató a un equipo de abogados del prestigioso bufete londinense Hogan Lovells, que presentó once querellas civi­les por fraude contra Abliázov en el Reino Unido, así como una orden de congelación de sus activos. Unos detectives pri­vados habían seguido el rastro de los 4.000 millones hasta una red de empresas offshore controladas por el magnate kazajo.

Pero en el caso de Pugachev, no parecieron hallarse acti­vos robados u ocultos. En ningún momento se emitieron re­clamaciones por fraude en el Reino Unido o en cualquier otro país salvo en Rusia. Por el contrario, a partir de una única sentencia de un tribunal ruso, el mismo equipo de Hogan Lo­vells había conseguido que se dictara una orden de bloqueo sobre los activos de Pugachev y, hábilmente supo pasarle por encima mientras él se dedicaba a mostrar su disconformidad ante la gran cantidad de órdenes judiciales que recibía. Lo in­terrogaron en relación con la publicación de sus bienes, y lo declararon culpable de haber aportado pruebas falsas sobre si la venta de su negocio de carbón la había realizado él o su hijo. Al juez no pareció importarle que aquella venta se hubiera forzado a un precio inferior a una veinteava parte del valor real del negocio. Lo que importaba era determinar si había respetado el procedimiento y declarado todos los activos que seguían bajo su control. Pugachev fue obligado a entregar su pasaporte al tribunal y se le prohibió salir del Reino Unido durante un largo periodo de tiempo, mientras se prolongasen los interrogatorios en relación con la revelación o no de sus activos, a la vez que los abogados del Kremlin estrechaban el cerco legal contra él. Pugachev cambió varias veces de letrado, y todos ellos parecían desconcertados ante un caso que nunca había llegado a ser digno de consideración en el Reino Unido, mientras que otros lo estimaban, engañosamente, como a una presa fácil. Viciados por la avalancha de casos rusos que los magnates de Moscú, a cambio de desembolsar grandes sumas de dinero, pretendían ventilar en la Corte Suprema de Londres, los bufetes de abogados hinchaban astronómicamente sus minutas por un trabajo que, como demuestran los documentos, jamás se llevaba a cabo. Alguna empresa de relaciones públicas se ofreció a defender la imagen de Pugachev a cambio de 100.000 libras al mes. «Ahora se encuentra en nuestro territorio», comentó el socio de un bufete de abogados internacional que lo representaba.

En un primer momento, Pugachev había creído que la causa contra él la promovían lacayos díscolos del Kremlin impacientes por poner un límite a la expropiación de su imperio empresarial. Pero a medida que la campaña se ampliaba y Pugachev empezaba a temer por su integridad física, fue con-venciéndose de que la impulsaba el propio Putin. «¿Cómo ha podido hacerme esto? Si incluso lo hice presidente», me comentó aquella tarde, sentado a la mesa de su cocina de Chelsea, aún profundamente afectado por la visita del SO15 y por los dispositivos sospechosos encontrados bajo sus vehículos.8 Un examigo enviado a Londres por el Kremlin le había informado de que Putin gestionaba personalmente todos y cada uno de los pasos de la campaña en su contra, y le advirtió: «Aquí lo controlamos todo, lo tenemos todo bien atado». Hacía tiempo que Pugachev había detectado la creciente influencia en Londres del dinero procedente del Kremlin. Según contó, mucho antes de que se iniciara el ataque legal contra él, había conocido a varios lores británicos que se habían reído estentóreamente y le habían estrechado la mano antes de hablarle maravillas de Putin. En aquella época, todos ellos creían que Pugachev era «el banquero de Putin», como lo llamaba la prensa, y aun así le habían pedido que realizara donativos al Partido Conservador sin pensarlo dos veces. Todos los que habían sido amigos suyos del Kremlin tenían parientes y amantes en la ciudad, a los que visitaban los fines de semana, inundando la capital británica de dinero en efectivo. Allí se en­contraba la exesposa de Sechin, Marina, que vivía junto a su hija en una casa de su propiedad. Allí estaba Ígor Shivalov, el viceprimer ministro, dueño del apartamento más prestigioso de la ciudad, un ático con vistas a Trafalgar Square. Allí resi­dían también los hijos de Arkadi Rotenberg, el multimillonario que había sido compañero de judo de Putin, que estudiaban en una de las escuelas privadas más exclusivas del país, mientras su exesposa, Natalia, se dedicaba a comprar y a litigar por el di­vorcio de su esposo en la Corte Suprema de Londres. También estaba el viceportavoz de la Duma, uno de los patriotas más elocuentes del país, Serguéi Zhelezniak, que había despotrica­do durante años contra la influencia de Occidente pero que tenía una hija que llevaba tiempo viviendo en Londres. La lista de los altos funcionarios que residían en Londres era intermi­nable, según Pugachev. «Se han adaptado muy bien a esta pe­queña isla de clima espantoso — comentó despectivamente—. En el Reino Unido, lo principal siempre ha sido el dinero. Pu­tin envía a sus agentes a corromper a la élite británica.»

La ciudad se había acostumbrado al flujo constante de di­nero ruso en efectivo. Los precios de las propiedades habían aumentado espectacularmente a partir del momento en que los primeros magnates, por entonces altos funcionarios rusos, habían adquirido lujosas mansiones en Knightsbridge, Ken­sington y Belgravia. Varias ofertas de acciones rusas, sobre todo de Rosneft, Sberbank y VTB, ayudaban a pagar los alqui­leres y los sueldos de los despachos londinenses de caras em­presas de imagen y bufetes de abogados. A lores y a expolíticos se les pagaba unos salarios elevadísimos para que ejercieran de asesores en consejos de administración de empresas rusas, por más que se les otorgara escasa capacidad de supervisión sobre la conducta corporativa. La influencia de Rusia estaba por to-das partes. Aleksánder Lébedev, exagente del KGB y banque-ro que se había autoproclamado defensor de la libertad de prensa en su país, había adquirido el diario más leído e influyente de Londres, el Evening Standard, convirtiéndose así en un imprescindible de las veladas de la capital y de las listas de los invitados a cenas más solicitados. Otro era Dmitri Firtash, un magante ucraniano que se había convertido en el comercializador de gas de preferencia del Kremlin, y que a pesar de sus vínculos con un importante gánster ruso buscado por el FBI, Semión Moguilévich, se había convertido en mecenas millonario de la Universidad de Cambridge. Su principal compinche londinense, Robert Shetler-Jones, había donado millones de libras a los tories, al tiempo que pesos pesados del partido participaban en el consejo de administración de la British Ukrainian Society. Después estaban otros actores menos visibles. Al menos uno de ellos había pasado desapercibido y había llegado a ser buen amigo de Boris Johnson, a la sazón alcalde de Londres y miembro destacado de la élite conserva-dora. «Todo el mundo se ha acostumbrado a esos espías con gafas oscuras y aspecto sospechoso de las películas — dijo Pugachev—. Pero es que aquí se encuentran por todas partes. Su aspecto es normal. No se distinguen.»

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Autora: Catherine Belton. Traductor: Juanjo Estrella González. Título: Los hombres de Putin. Editorial: Península. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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Pepehillo
Pepehillo
6 meses hace

Está muy bien, pero también me gustaría leer sobre los Pugachev de aquí, saber qué contenían las 40 maletas de Delcy, porqué Sánchez ha cedido el Sáhara a cambio de nada, porqué cerramos las nucleares mientras compramos electricidad hecha con nucleares a unos kilómetros de la frontera, porqué todos los partidos votan a favor de gastar más de lo que se ingresa y continuar endeudándonos (a nosotros, no a ellos) con más créditos usureros, no sé, cosillas que nos afectan menos que los asuntos rusos, desde luego, claro está. Lo de Ucrania y el fútbol, eso sí es importante.