Ha pasado más de un mes del Celsius 232 y aún tengo resaca del festival. Lo de la resaca es algo que llevo oyendo desde que volví en multitud de perfiles; las redes están que arden. Las olas de calor y el fuego que alimentan los dragones lo están salpicando todo con esa lava ardiente que arrasa los campos yermos de las ideas. La fértil imaginación de creadores y entusiastas, regada con el cáliz de la fantasía, aún alimenta esas larvas que dormitan en nuestros cerebros, ansiosas por el frío del invierno o acaso la caída de hojas del otoño.
Todos los lugares suelen llevar a Roma. No en aquellos días. Todos los caminos mágicos confluían allí, todos los portales y agujeros de gusano. Los viajeros apretaban sus mochilas cargadas de libros contra la espalda, tensando aquellos músculos hasta la extenuación. Los más experimentados, guerreros de otras batallas, extendían sus alfombras y asientos con un leve gesto de sus dedos, usando un sortilegio sencillo para desplegar sus herramientas y disponerlas ante sí. Lo hicieron sin apenas despeinarse. Los orcos sudorosos y los goblins malvados se escondieron a sabiendas de que no había nada que pudieran hacer contra aquella muchedumbre enfervorecida, ávida de placer y conocimiento, enredados en la hebra de aquel hilo de plata que los unía a todos a una única aventura. Herederos paganos de una religión más poderosa que cualquiera de las conocidas, se apostaban con sigilo como siervos de aquella verdad que sus ídolos, los creadores, habían configurado entre muros de papel impregnados con la tinta de su sabiduría. Aliento de sus sueños y azote de sus pesadillas, los presentes alabaron las hazañas de los hacedores en contra de la negritud, la sangre oscura mediante la cual habían exorcizado aquellos demonios del dolor. Los mismos que habían hilvanado temores y desasosiegos con ahínco y que, ellos, inteligentes y habilidosos paladines de la prosa, habían conseguido desbrozar, apresar, someter y reorganizar en sus obras. Aquellos a los que, después de todo, habían dotado de un camino de luz que alumbraba la mente y el corazón de los osados lectores, haciendo su guardia temporal de los reinos abiertos en el momento.
Me sorprendió la agilidad con la que los hechiceros calibraban sus plumas y preparaban sus sortilegios. Grady Hendrix recibió a sus aquelarres con la yema de sus dedos manchada de tinta negra y carbonilla; Joe Hill, embutido en el traje del muerto, había llegado al volante de su Rolls-Royce Wraith de 1938 para llevarse a los más jóvenes a su particular parque de atracciones antes de que le brotaran los cuernos; Chuck Palahniuk, encorvado sobre los libros que su editor depositaba ante sí con furia ladina, recitaba en voz baja las ocho reglas del club de la lucha mientras imponía su rúbrica allí donde le habían dicho; Ted Chiang miraba con avidez a sus pupilos a la espera de una revelación y asentía calladamente mientras miraba aquel cielo en el que no tardarían de brotar las estrellas; Matt Dinniman no dejó de sonreír imaginando hasta qué nivel de su mazmorra llegaría cada uno de aquellos que se plantaban ante él (no creía que ninguno superara el primero); Joe Abercrombie, combatiente asiduo de las batallas que se libraban en aquellos campos, se mantenía confiado, acodado en la empuñadura de su espada mientras apuraba su hidromiel entre chascarrillos. No fueron los únicos: Becky Chambers y su planeta iracundo, Sarah Waters y su falsa identidad, Samantha Shannon y su priorato del naranjo, Kingfisher y su fortaleza de espinas, la lengua negra del ladrón de Christopher Buehlman y la maldad de John Gwynne. Todos estaban allí aguardando a sus fieles, sonrientes y solícitos, maquinando mientras sus manos se deslizaban sobre la hoja en blanco.
No me sorprendió para nada encontrarme con dos expertas brujas, duchas en el dominio del verso maldito y la doma de tempestades demoníacas. Lola Llatas y Amparo Montejano compartían secretos en la cabaña de Numak hasta que alguien las interrumpía y ellas, astutas como nadie, sobornaban sus memorias y su seso con hipnóticas sonrisas y palabras cargadas de bondades. Poco hay que fiarse de aquellas que tienen tan buen manejo de la palabra. Yo me dejé seducir por ellas. No. No me arrepiento. Ojalá cada Celsius estuviera bañado por su magia. Obnubilado por el poder y aún sometido al influjo del hechizo, vagué por los bosques de Isabel del Río buscando aquello que no se deja ver y me envolví con el manto de todos esos lugares ocultos que pervivían suspendidos bajo la gran carpa del desvelo.
No eché de menos más que el tiempo, siempre escaso. Ni los cócteles cornudos de la medianoche ni la inducción por shock de la primera hora de la mañana hicieron que me agrietase o desapareciese enrollado en mí mismo como un bicho bola. Anoto en mi cuaderno de hechizos particular, entre otras tareas pendientes, la de aprender el dominio de la bilocación; no hay otro modo de aprehender todo lo que un lugar como este puede ofrecer. Habré de cuidarme entonces de los seductores vampiros y los dientes afilados de las benévolas hadas, de las cosas ignotas e innombrables que habitan bajo los adoquines y en el ángulo de las esquinas empedradas de Avilés, de las fuentes con cara de diablo que escupen aguas engañosas que revisten de ambrosía en los días más aciagos y calurosos. Trampa segura para los incautos que recién aterrizan en la ciudad. Una vez los labios se humedecen con esa miel cristalina, ya uno no vuelve a ser el mismo. Añoro beber de ellas. Besar de nuevo esas fauces diabólicas. No poder hacerlo ha contribuido a esta sensación de vacío y tristeza. Supongo que forma parte de la resaca. Emocional. Y también física.
Aún recuerdo las palabras. Sólidas y certeras. Agitando sus alas, volando entre la gente, solapándose en idiomas que solo expertos como Diego eran capaces de descifrar. Palabras cuyo néctar supo tan bien libar Jorge. Recuerdo las lágrimas, los suspiros, las risas y los aplausos. Jamás he visto una energía tan poderosa bañando una masa tan heterogénea y, al mismo tiempo, tan igual. La de un público hermanado. Por la ficción y todos esos ríos paralelos sobre los que navega. Las voces prendidas en la cámara del tiempo hicieron que nuestros oídos se embargasen de nostalgia y los llenaron de cientos de rostros. Ellas susurraron y declamaron y nosotros, sometidos por completo, solamente pudimos cerrar los ojos para ver. La magia se derramó sobre nosotros con una pasión que nos desbordó y llenó nuestros corazones de una feliz melancolía. Estuvimos ebrios hasta que se disolvió la congregación. Aún hoy se sienten sus efectos.
Anhelo con fuerza la llegada del próximo año. Volver a cruzar las puertas de ese reino y beber nuevamente de sus ácidas aguas con sabor a manzana. Hasta entonces, muy a mi pesar, me toca revivir el recuerdo y forjar con tinta las mimbres de nuevos universos. Puede que así, tal vez, algún día mis pasos de tinta me lleven al otro lado y pueda lidiar con los sueños, las huellas y las historias de mi propio séquito.


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