Solo el ser humano es capaz de proezas mayúsculas en cualquier ámbito de nuestra vida, y al mismo tiempo solo nosotros somos capaces de autodestruirnos. No hay otra explicación para ese dualismo que los siglos y siglos de tropiezos en las mismas piedras, seguidos de aprendizaje, de saltos cualitativos y cuantitativos en la ciencia.
Regresaba hace unos días de mi querida Cerdeña, a la que acudo a menudo siempre atento a descubrir nuevas historias, viejos lugares que son nuevos para mí, pero la misma hospitalidad y el buen mordisco o trago del querido Mare Nostrum.
En esta ocasión disfrutaba de rincones de la provincia de Oristano y de la región del Medio Campidano, donde aún suenan palabras en castellano que el sardo ha conservado durante siglos. Allí la mesa es la mesa, no la tavola. Aquí nacieron al calor de la autarquía de Mussolini algunas poblaciones con vocación minera y agroganaderas: Carbonia, cuyo nombre lo dice todo; Fertilia, que lo sugiere; o Arborea, en su día bautizada como Mussolinea o Villa Mussolini.
En lo que hace apenas cien años eran tierras pantanosas, donde el paludismo casi impedía vivir a causa de la malaria, una asociación de empresarios empezó ya desde finales del XIX a soñar con ganar ese territorio de marismas y lagunas de la llanura de Terralba a la naturaleza.
La transformación paisajística hoy puede parecer una animalada, pero lo cierto es que vista en su contexto supuso un reto mayúsculo por la gran inversión y trabajo de miles de trabajadores. De otras partes de Italia, pero especialmente del Veneto y el Friuli, llegaron italianos que después de la Primera Guerra Mundial eran tan pobres que salir de su territorio para ir a una isla no les parecía tan desesperado.
Hoy en muchas casas los dialectos norteños se siguen hablando, y pese a que muchas parejas de la segunda generación se mezclaron con los sardos, la impronta trasciende el espectro lingüístico hasta el folclore o la gastronomía. Dimos cuenta de ello comiendo polenta y otros manjares que, importados hace cien años, suman un color extra al arco iris gastronómico sardo.
Con la derrota de Mussolini los aliados establecieron bases en diferentes partes de Italia, siendo Cerdeña un lugar ideal para la estrategia de los años cincuenta y sesenta, con la Guerra Fría y el telón de acero en el otro lado del ring mundial.
Paralelamente, en una Cerdeña con unos niveles de paludismo y muertos de malaria muy altos, el primer ensayo a gran escala usando DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano) lo organizó el ejército de Estados Unidos, de la mano de la Fundación Rockefeller, entre 1946 y 1951. En 1946 los casos de malaria en la isla eran setenta y cinco mil, y en 1955 quedaban nueve pacientes de malaria.
No tardaron mucho en darse cuenta que el uso de DDT no solo mataba a los mosquitos, y después de prohibirse por su alta toxicidad para humanos —y todo bicho o planta—, al menos los mosquitos solo zumban en las orejas y dan pequeños pinchazos sin peligro de transmitir la malaria en la isla.
Andaba el que suscribe impactado por la cuestión de la Bonifica, cuando me ha venido a la mente la noticia de la desastrosa situación de los ecosistemas fluviales de la Antigua Mesopotamia —por supuesto obsoleta cuando usted lea esto—. Básicamente la antigua Mesopotamia se seca a causa de represar el agua de los ríos, de una mala o interesada gestión, y del cambio climático. Hasta ahora no se notaba tanto, o mejor dicho, no se hablaba tanto de los siempre fértiles Tigris y Éufrates, estudiados siempre como ejemplo del desarrollo del tránsito del nomadismo hacia el control de la agricultura.
Ese caudal informativo me ha llevado río arriba a mi niñez. En aquel tiempo, los ríos que nutrieron esa pasión por el pasado fueron los mapas y la geografía, o las banderas y capitales de los países que nos servían para retarnos adivinándolas. La lectura de clásicos como la La Isla del Tesoro, las hazañas de Sandokán, las aventuras de Julio Verne o libros adolescentes como Vania el Forzudo también contribuyeron.
Recuerdo con gran estima las horas aferrado a la Historia de los momentos —fueron muchos, en diferentes lugares y en diferente arco cronológico— en los que el ser humano se rascó la cabeza y a base de supervivencia —y menos épica ni actos heroicos— pensó que se podía vivir mejor pensando.
Así llegó uno de esos hitos, la agricultura, además de la domesticación de especies, el comercio y otras tantas cosas que ahora nos parecen tan asumidas y lógicas. Para llegar a eso hubo que cruzar y seleccionar animales, elegir las semillas o las plantas más robustas y productivas, y en definitiva darle al botón de prueba y error hasta que —a veces por casualidad y otras por intencionalidad— sonaba la flauta.
El problema vino cuando de la supervivencia el humano pasó a domeñar no solo a otros congéneres, queriendo controlar las lluvias, el viento, o el sol a su antojo. De ahí se pasó a privatizar las playas, a sembrar toneladas de basura en los picos del mundo o a esquilmar el mar dibujando fronteras invisibles sobre el agua.
De todo eso somos todos partícipes. No solo esos ricos o gobernantes a los que nos gusta señalar para sentirnos ajenos a la barbarie colectiva. Todos, cambiando de ropa con cada moda o temporada, de móvil con cada nueva versión, de bolso, mueble, tele o cualquier utensilio, surfeamos esa ola de consumismo depredador del que luego cuesta desengancharse como la peor adicción.
Desde la Revolución Industrial ese incremento de producción, de necesidad, de dependencia, ha ido creciendo de forma exponencial. Y de forma pantagruélica aspiramos recursos sin conocimiento. Da igual si es derrochando agua, exprimiendo las minas de cobalto o litio, o enfriando servidores para calmar la sed insaciable de pedir a la Inteligencia Artificial —vaya oxímoron la definición— que nos resuelva lo que a los mesapotámicos les costó prueba error y mucho sentido común.
Después de ese viaje temporal de ensimismamiento mi mente regresaba a la lectura de la noticia. Y cuando terminaba de leerlo, a medio camino entre iracundo y triste, ora resignado y ora enaltecido, casi siempre indignado como el libro de Stéphane Hessel —maravillosamente prologado por mi añorado José Luis Sampedro—, y sobre todo harto de que algunos quieran secar la Historia; he sacado la cimitarra del viejo ropero y le he dado al teclado del ordenador un mandoble dibujando unas letras en la pantalla. ¡MESOPOTAMIA NI TOCAR!


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