El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl no son sólo dos volcanes, son las bocas de entrada al infierno. En Cuernavaca lo sabe todo el mundo, y por esa razón Malcolm Lowry ahogó en mezcal a Geoffrey Firmin. Perdida la ilusión por la vida, el cónsul decidió esperar al destino aciago en las barras de las tabernas. En Han cantado bingo (Reservoir Books) también hay un volcán —inventado—, el Ahorcado; y un juego —de subrayados, cursivas, minúsculas, mayúsculas y corchetes— para intentar eludir la amenaza telúrica que quiere devastar a las protagonistas. La novela de Lana Corujo es mucho más que un relato hermoso —trágico y contradictorio como lo son los volcanes—: estamos ante un brillante homenaje a la creación artística. En tiempos de urgencias, afortunadamente, las orfebres consiguen triunfar en las listas de ventas. Que le pongan otra al cónsul, y que la anoten en la cuenta de la escritora canaria.
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—Al leer su novela, el lector descubre que no sólo hay una escritora detrás de la narración, sino también una editora, casi una orfebre, que va encajando cada pieza de forma artesanal.
—Sí. Me hace muy feliz que lo comentes, porque es verdad que ha sido un trabajo poliédrico. Al ser directora de arte, no puedo ver mis proyectos como una estructura plana. Cuando escribo me pasa lo mismo. A la hora de la creación del libro busco esa arquitectura que sostiene toda la historia. Como lectora, me interesa más cómo me cuentan las cosas que lo que me están contando. Al final los temas son universales, y lo que más me interesa es la forma. Eso está muy presente en mi obra: no sólo en la estructura saltarina, sino también en la idea de qué implicaría una relectura, cómo amplificaría la capa de la primera lectura; que el libro pueda ser un objeto vivo, y que el lector no sea alguien pasivo, sino que esté involucrado y complemente el libro.
—Cuando terminé la última página me puse a pensar en qué me iba a encontrar si volvía a leerlo.
—Sobre todo en esa primera parte, en la que se van dando como pistas de lo que estaba pasando, y que, al conocer el desenlace, vas a volver a leer con una mirada más abierta. Esto es algo que me interesa mucho como lectora; me entusiasmo mucho cuando encuentro un libro así.
—¿Cuándo surge su obsesión con los volcanes? ¿Cuándo descubre que la están mirando?
—La obsesión surge de chiquitita, al haber nacido en una isla volcánica, a pesar de haber vivido más cerca del mar que de los volcanes. El germen de la novela sucedió cuando dejé Madrid después de nueve años y volví a la isla. Ese regreso supuso tener que volver a casa de mi madre, dejar de tener un trabajo fijo y sentir en cierta manera que había fracasado. Ese volver a tu territorio tiene una parte de reconciliación. Y durante ese proceso, al observar el paisaje, empecé a cuestionar que siempre observamos el territorio, lo romantizamos, lo cambiamos, lo destrozamos, lo intervenimos, bajo nuestra experiencia humana, pero ¿qué pasaría si fuese el paisaje el que nos mirase a nosotros? ¿De qué manera sería esa intervención? ¿Nos juzgaría? Esas preguntas me llevaron a sacar el móvil y hacer una foto del volcán y dibujarle dos puntitos a modo de ojos. Ahí comenzó una obsesión que duró un año en mi mente. La novela vivió todo ese tiempo en mi cabeza sin escribir una línea. Había una imagen del volcán que se repetía tanto que, al final, comprendí que ahí había una historia.
—Hay muchos volcanes en la literatura, además del de Lowry: Julio Verne, Susan Sontag, Mónica Ojeda… ¿Por qué nos fascinan tanto?
—No atrae porque es algo que está como dormido, no es como una montaña. Cuando viví en Francia lo hice cerca del Mont Blanc, que es muy impresionante. Cualquier cosa que te haga sentir pequeño, ponerte en tu escala, te atraviesa de alguna manera. En el caso del volcán no es tierra muerta, sino dormida. Puede presentar una amenaza, un peligro, si se produce un temblor o una erupción. Creo que ahí es donde está esa fascinación. Estamos ante un cacho de tierra que puede responder, no es sólo un decorado. Me asusta esa quietud de los volcanes.
—Ha mencionado las montañas y me vienen a la cabeza las novelas de Fernanda Trías e Irene Solà. Relatos con toques mágicos.
—Una cosa es el territorio, que existe per se, y otra el paisaje, que lo hace por la mirada humana. La relación con el paisaje da pie a una capacidad inventiva muy fuerte. Cuando dicen que Han cantado bingo es realismo mágico yo no estoy de acuerdo con esa etiqueta, porque creo que estamos muy alejados de ese movimiento. En Canarias existe una tradición telúrica que da pie a aspectos mágicos. He crecido escuchando historias de los volcanes. Hay historias muy locas, como cuando mi padre me decía que había que hablar en voz baja para no despertar al volcán. Esa imagen mental ya desata tu imaginación.
—Ahora parece que todo es realismo mágico. Pero al margen de la etiqueta, lo que sí puede haber en la literatura es magia.
—Completamente. A mí esa capacidad de ficcionar la realidad me viene de mi trabajo como ilustradora. Al crear para niños, abres mucho la imaginación. Tienes que generar imágenes visuales que no encontrarían en la vida real. A mí me parece increíble que eso lo puedan generar el arte y la escritura, pero no todo está bajo la etiqueta de realismo mágico.
—Esta es una novela insular. ¿Cómo es su relación con Lanzarote?
—Pues ha sido cambiante, porque al final siempre he intentado colocar a Lanzarote en una disyuntiva: o amo u odio a esta isla. Siempre he estado atravesada por sentimientos contradictorios: me atrapa su belleza increíble o me dan ganas de irme. Soy de una generación que creció escuchando: “Vete fuera, estudia fuera”. Y eso es lo que hice. Crecer creyendo que tu isla está vacía te coloca en una posición en la que piensas que Lanzarote no es el mejor lugar. Al volver a la isla me dio un poco de miedo, porque me conocía de chiquita y de adolescente pero no de adulta. Me ha dado mucho miedo enfrentarme al fracaso de no ser la adulta que yo quería ser por las limitaciones de la isla. Soy una persona a la que le gusta mucho la contradicción. La busco en la pintura y en la escritura, y esto fue una manera de reconsiderarme con la isla. Lanzarote era tanto un límite como una oportunidad. Esa complejidad me ha llevado a poder crear desde aquí y a explorar esa parte en mi obra artística.
—Esa transición entre la infancia y la adultez, en la que se encuentran las protagonistas de su novela, es tratada en demasiadas ocasiones con paternalismo en la vida y en la literatura.
—Totalmente. Se quita importancia al hecho de poder explicar el mundo de los niños con recursos mágicos. A ciertas edades no hace falta explicarles todo de manera adulta. Esos recursos mágicos enriquecen mucho esa explicación del mundo a esas primeras miradas que hacen. En mi escritura se cuelan de manera natural esos recursos fantasiosos que me permiten explicar algo tan trágico como una pérdida.
—Cuando rascamos sobre esa primera capa más naíf sale a relucir lo oscuro. Usted ha hecho llorar a muchos lectores.
—Ahora soy consciente, pero es algo que me ha sorprendido mucho. No escribí la novela para hacer llorar a los lectores. (Risas) Sobre todo porque no espero nada de mi escritura. Sí que busqué establecer una limitación del lenguaje. Se trata de una novela pequeña que se estructura mediante fragmentos porque me interesa mucho la construcción del lenguaje. Vengo de la academia del diseño donde te enseñan que menos es más. Esto se asocia mucho con los tiempos actuales y con TikTok, pero esto se lleva haciendo mucho tiempo, en el siglo pasado ya se hacía. Mis referentes pictóricos son gente como Miró, que limitaba el lenguaje. Me preocupó mucho más tratar la estructura que el trasfondo emocional, que al final ha sido muy importante para el lector.
—Su novela es una reivindicación de la narración fragmentaria.
—Como ilustradora estoy acostumbrada a trabajar sobre una mirada que ya existe. A mí me encanta lo fragmentario porque permite jugar con la arquitectura de la propia novela. Quería que mis lectores apreciaran la construcción formal. Me da un poco de pena que se asocie lo fragmentario con algo de fácil consumo.
—Al contrario, nos exige pensar.
—Sí. Durante la escritura no dejé de tener en cuenta cómo el lector iba a entender los silencios, cómo iba a seguir las normas que plantea la novela. En el libro el lector tiene un papel activo.
—Leo en su libro: “No hay animal más peligroso que el que está herido”. ¿Es ésta una novela de una herida que no consigue curar? ¿Es el relato de un duelo que no puede superarse?
—No se supera, sino que se transforma. Una pérdida nunca se olvida, toma otro tipo de forma. Eso es algo que quería transmitir. Cuando la protagonista es mayor no deja de pensar en su hermana. El duelo simplemente ha tomado otra dimensión, a veces toma otro espacio; ocupa menos. Lo que me fascina de este proceso es que la pérdida te acompaña toda la vida. Y esto no tiene por qué ser algo negativo. No desaparece, simplemente se coloca en otro lado.
—Terminamos. Después de triunfar en las listas de ventas, ¿cómo enfrenta su siguiente reto literario?
—Ahora mismo estoy intentando enfocar lo que ha pasado con Han cantado bingo. Estoy intentando ir paso a paso. Me gustaría poder bajar el ritmo el próximo año. Ahora mismo tengo una idea puesta en un tarro de cristal a la luz del sol. No sé qué vendrá después. Estoy muy bien acompañada, por mi familia y el equipo editorial, y esto es clave para que no tenga tanto miedo. Lo que le pido a mi yo del futuro es que siga siendo honesta con lo que vaya a hacer.




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