Entre los diferentes Rimbaud que existen (fue múltiple por ímpetu, pero no llegó a ser un poeta completo, el fulgor prematuro de su talento, una novedad insostenible, como un capitel sin fuste, lo consumió) hay un Rimbaud diríamos… novelesco. Un Rimbaud de novela que canta su condición de personaje de camino, un Rimbaud alegre, abierto, romancesco, que cuenta las andanzas presentes y futuras de su peregrinar. Es el Rimbaud en verso, el primero dentro de su carrera apretada, el del otoño del 70, el que va y vuelve sin llegar del todo a París. El Rimbaud de Sensación (escrito en la primavera), el de Novela, Mi bohemia, Soñado para el invierno, La pícara, el Rimbaud de En el Cabaré Verde.
El protagonista de estos poemas es una versión de sí mismo, un joven vagabundo por los caminos, a ras de cielo o en estancias de viaje (el vagón del tren, los bares, las posadas). La errancia en ocasiones es mínima, casi imaginaria, como de ensueño (un enamoramiento de verano que aparta de la farra con los amigos). El rasgo que lo caracteriza es la soledad y la pequeña aventura (un Robinsón provinciano). Su novela consiste en fantasear en un horizonte cotidiano, un “ir soñando” dichoso mientras el viento le revuelve el pelo o, a refugio, se come un plato de pueblo y se bebe una jarra de cerveza que parece una puesta de sol.
Abundan en estos pocos versos los romances frágiles, casi etéreos, hechos con besos traviesos, robados o fantaseados. Romances de noche de verano o al abrigo de la oscuridad. Pero, sobre todo, en ellos hay dicha y una celebración al modo de los antiguos poetas chinos (de un modo particular en Sensación y Mi bohemia), una celebración de la vida que muy pronto se esfumará.
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Nota con motivo de la reciente edición en español de la Obra reunida de Rimbaud


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