Hay cuentos infantiles que sólo parecen infantiles porque hemos decidido olvidar lo que sucede en ellos. Niños abandonados en el bosque, lobos que devoran ancianas, madrastras que ordenan arrancar el corazón de sus hijastras, sirenas que aceptan caminar sobre cuchillos a cambio de un amor imposible. Y luego están las zapatillas rojas de Hans Christian Andersen.
Unas zapatillas tan hermosas que una muchacha no puede resistirse a ellas. Unas zapatillas que, una vez calzadas, no permiten dejar de bailar. Hasta la muerte.
En 1948, Michael Powell y Emeric Pressburger se basaron en ese terrible cuento de Andersen y realizaron una de las películas más hermosas de la historia del cine: Las zapatillas rojas. Lo sorprendente es que, para conseguirlo, hicieron algo que aparentemente debería resultar imperdonable en cualquier adaptación literaria: conservaron muy poco del argumento original. Y sin embargo, entendieron perfectamente el cuento.
La protagonista de Andersen es Karen, una niña pobre adoptada por una anciana rica que desarrolla una fascinación extrema por unos zapatos rojos. En el universo profundamente religioso del escritor danés, el deseo de poseerlos está asociado a la vanidad, al orgullo y a la transgresión. Karen llega incluso a llevarlos a la iglesia. Y entonces comienza el castigo.
Las zapatillas adquieren voluntad propia. Karen baila. Baila por las calles, por los campos, bajo la lluvia, durante el día y durante la noche. Quiere detenerse y no puede. Quiere arrancarse los zapatos y no lo consigue. El objeto deseado se ha convertido en dueño de quien lo deseaba. El cazador se convierte en presa.
La solución de Andersen es tan brutal como inolvidable: Karen pide a un verdugo que le corte los pies. Los pies amputados continúan bailando dentro de las zapatillas rojas. No parece precisamente el material del que estaban hechos los cuentos de Disney, ¿verdad?
Powell y Pressburger comprendieron que trasladar literalmente aquella historia al cine habría significado conservar su argumento, pero quizá perder aquello que la hacía verdaderamente inquietante. Por eso realizaron una operación mucho más sutil. Se preguntaron cuáles podían ser las zapatillas rojas del siglo XX. Y encontraron una respuesta posible: el arte.
Victoria Page, interpretada por una extraordinaria Moira Shearer, no es Karen. Es una joven bailarina que desea convertirse en una gran figura del ballet. Cuando conoce a Boris Lermontov, el despótico director de una prestigiosa compañía de danza, éste descubre inmediatamente algo en ella: talento, desde luego, pero sobre todo, más que una ambición, una necesidad. La necesidad de bailar.
En uno de los diálogos más conocidos de la película, Lermontov pregunta a Victoria por qué quiere bailar. Ella responde devolviéndole la pregunta: “¿Por qué quiere usted vivir?”. Ahí está toda la película.
Para Victoria Page, bailar no es una profesión. Ni siquiera es una vocación. Es una forma de existencia. Y precisamente por eso puede convertirse también en una condena.
Lermontov crea para ella un ballet basado en Las zapatillas rojas, de Andersen. De una forma exquisita, la película introduce así el cuento dentro de sí misma: Victoria interpreta sobre el escenario a una muchacha que se calza unos zapatos mágicos y descubre que ya no puede dejar de bailar. Pero mientras asistimos a la representación comprendemos que el ballet no es simplemente una obra dentro de la película. Es una profecía.
Porque Victoria también se ha puesto sus propias zapatillas rojas. Son invisibles, pero están ahí. Son el éxito, la perfección, los aplausos, la disciplina, la necesidad de superar cada noche lo conseguido la noche anterior.
Pero no podemos olvidarnos de su contrapartida, uno de los personajes más fascinantes que ha dado el cine sobre la creación artística. Lermontov, interpretado por un genial Anton Walbrook, no es exactamente un villano. Eso sería demasiado sencillo. Es algo mucho más inquietante: alguien que cree sinceramente que el arte está por encima de la vida. Para él no existen términos medios. No se puede ser una gran bailarina durante unas horas y después regresar tranquilamente a casa para vivir otra existencia. El verdadero artista debe entregarse por completo. El amor, el matrimonio, la familia o la felicidad cotidiana son distracciones. El arte exige exclusividad. Y sacrificios.
De ese modo, Powell y Pressburger sustituyen la moral religiosa de Andersen por una moral artística mucho más moderna. En el cuento, Karen es castigada porque desea demasiado unas zapatillas. En la película, Victoria es destruida porque desea demasiado bailar. La estructura profunda es exactamente la misma.
Eso es lo que convierte Las zapatillas rojas en una adaptación extraordinaria. No reproduce el cuento. Lo comprende.
Hay un momento en el que esta transformación alcanza su máxima expresión: el célebre ballet central de la película. Durante aproximadamente un cuarto de hora, Powell y Pressburger abandonan cualquier pretensión de realismo. El escenario deja de comportarse como un escenario. Los decorados cambian, los espacios se deforman, aparecen paisajes imposibles y el montaje nos introduce directamente en la mente de Victoria. Ya no estamos contemplando una representación teatral. Estamos dentro del cuento.
El director de fotografía, Jack Cardiff, utiliza el technicolor con una intensidad magistral. Los rojos parecen arder, las sombras adquieren volumen y los decorados de Hein Heckroth construyen un territorio situado en algún lugar entre el teatro, el sueño y la pesadilla. La música de Brian Easdale, el montaje, la danza y la fotografía dejan de funcionar como elementos independientes. Todo se convierte en cine.
Precisamente ahí reside otro de los grandes aciertos de la adaptación. Powell y Pressburger comprendieron que un cuento fantástico no tenía por qué transmitirse mediante palabras o explicaciones. Podía traducirse mediante imágenes.
El ballet hace visible aquello que Andersen había convertido en metáfora. Las zapatillas bailan. La muchacha intenta detenerlas. El público contempla fascinado aquello que para ella empieza a convertirse en una condena. Y cuando termina la representación, el espectador ya conoce el destino de Victoria, aunque todavía no haya sucedido. Porque los cuentos funcionan así. Nos advierten.
Después llegará Julian Craster, interpretado por Marius Goring, el compositor del ballet y el hombre del que Victoria se enamora. Y entonces la película planteará su conflicto definitivo: elegir entre el amor y el arte. Y, como era de esperar, Lermontov no acepta la posibilidad de conciliarlos. Julian tampoco parece comprender completamente que pedir a Victoria que abandone el ballet significa pedirle que renuncie a una parte esencial de sí misma. Victoria queda atrapada entre ambos.
Pero quizá ésa sea otra de las razones por las que la película continúa resultando tan moderna. La verdadera elección nunca es entre dos personas. Es entre dos formas de vivir. O, más exactamente, entre vivir y aquello sin lo cual sentimos que la vida dejaría de tener sentido. Las zapatillas rojas vuelven entonces a convertirse en la metáfora perfecta. Todos tenemos unas. Algo que deseamos hasta el punto de que, después de conseguirlo, descubrimos que también nos exige algo a cambio. El éxito, el trabajo, la ambición, el reconocimiento, el amor. Incluso aquello que más felices nos hace puede terminar reclamando una parte demasiado grande de nosotros.
Andersen lo sabía. Powell y Pressburger también.
Por eso el desenlace de la película recupera finalmente toda la crueldad del cuento. Victoria vuelve a ponerse las zapatillas rojas y corre hacia el escenario. Pero los zapatos parecen conducirla hacia otro lugar. Hacia la muerte.
No sabemos exactamente cuánto hay de decisión, desesperación o fatalidad en ese instante. Y quizá sea mejor así. Durante toda la película hemos visto cómo realidad y representación iban aproximándose hasta hacerse indistinguibles. Al final, Victoria Page ya no interpreta a la muchacha de las zapatillas rojas. Es la muchacha de las zapatillas rojas.
Hans Christian Andersen necesitó unas zapatillas encantadas para explicarlo. Powell y Pressburger necesitaron una cámara, technicolor, música y una bailarina. El resultado fue el mismo.
Una muchacha comienza a bailar. Y ya no puede detenerse.





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