Acompañado de un par de amigos, hace unos días volví a ver Irma la Dulce, de Billy Wilder. Hay películas que uno revisita buscando confirmar un recuerdo y otras que terminan revelando algo distinto de aquello que conservábamos en la memoria. Con esta sucedieron ambas cosas.
La conversación derivó entonces hacia otra cuestión, mucho más propia de nuestro tiempo que del suyo. ¿Podría rodarse hoy una película como esta?
La respuesta fue un silencio.
Porque Irma la Dulce resulta, todavía hoy, sorprendentemente provocadora. No por mostrar la prostitución, algo que el cine contemporáneo ha tratado en innumerables ocasiones, sino porque se permite convertirla en el escenario de una comedia romántica sin pedir disculpas por ello. Billy Wilder jamás pretende dictar una lección moral. Sus personajes son contradictorios, absurdos, profundamente humanos, y el director los contempla con esa mezcla de ironía y ternura que solo poseen quienes comprenden que las personas nunca caben del todo dentro de una etiqueta.
Quizá ahí resida su mayor atrevimiento.
Pocos recuerdan que la película nace de una obra literaria destinada al teatro. Antes de que Jack Lemmon y Shirley MacLaine inmortalizaran a Néstor Patou e Irma en la pantalla en 1963, existía el musical francés Irma la Douce, estrenado en París en 1956, con libreto de Alexandre Breffort y música de Marguerite Monnot, colaboradora habitual de Édith Piaf. Aquella obra, convertida muy pronto en un éxito internacional, tenía ya todas las virtudes que Wilder supo reconocer: personajes inolvidables, diálogos brillantes y una extraordinaria capacidad para hacer convivir el humor con la melancolía.
No deja de resultar curioso que una de las películas más libres de Hollywood proceda precisamente de un escenario teatral. Quizá porque tanto el teatro como la novela comparten una virtud que el cine, a veces, parece olvidar: la confianza en el público. La historia no necesita subrayar constantemente qué debemos pensar. Basta con presentarnos unos personajes y dejar que convivamos con ellos.
Hoy esa confianza parece más escasa. No porque exista censura en el sentido clásico del término, sino porque determinadas historias llegan rodeadas de advertencias, de interpretaciones preventivas o de la obligación tácita de posicionarse moralmente sobre cuanto sucede en la pantalla. Da la impresión de que el espectador ya no puede limitarse a observar; debe ser guiado continuamente hacia la conclusión supuestamente correcta, lo cual desconozco si es una nueva forma de censura o auto censura o como quiera que pueda llamarse ahora. Lo que si es, desde luego, es lamentable.
Irma la Dulce pertenece a otro tiempo. A uno en el que un policía podía enamorarse de una prostituta, inventarse un aristócrata inglés para monopolizar su amor y construir, a partir de una premisa completamente inverosímil, una de las comedias más elegantes de la historia del cine. Todo ello sin convertir la película en un manifiesto sobre la prostitución, el amor romántico o la desigualdad. Simplemente era una historia. Una magnífica historia. Ya está.
Quizá por eso continúa funcionando más de sesenta años después. Porque las buenas historias sobreviven mejor que las modas y corrientes que las puedan juzgar. Y porque Billy Wilder entendía algo que hoy conviene recordar: el espectador no siempre necesita que le expliquen el mundo; a menudo le basta con que le cuenten una buena historia.
Al despedirnos aquella noche, uno de mis amigos resumió la conversación con una frase tan sencilla como reveladora: «Afortunadamente, entonces pudo hacerse esta película». Me gustaría pensar que ahora también podría rodarse, pero sospecho que tendría que justificarse antes de empezar. Y eso, precisamente eso, es lo que la hace tan extraordinariamente moderna: que nunca sintió la necesidad de pedir permiso.



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