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Lecturas de verano

La ciudad duerme cuando me siento a corregir este artículo en la terraza de casa, envuelta en el aroma de un verano que este año se ha colado en nuestros calendarios con cierto sigilo. La noticia de la reciente muerte de Belén Bermejo revolotea sobre mis letras, la busco entre mis escritos y sonrío cada vez que alguien la recuerda con palabras generosas. Qué somos sino palabras en el recuerdo de los que no sobreviven.

Belén era una gran lectora. Me pregunto si para ella encontrar el libro del verano era algo tan especial como lo es para mí. Algún día se lo preguntaré… Llevo días deseando recibir ese título en la librería, pero está tardando más de la cuenta. Parece que nos va a seguir costando inventar recuerdos bonitos en este tiempo raro. Durante los últimos meses, la nostalgia ha abandonado su lugar solitario y algunos estamos regresando al pasado sin miramientos. Nuestra vida está carente de novedades y de futuros recuerdos, los días se han repetido y se han olvidado y, en este letargo sin fecha de caducidad, algunos hemos elegido despertar en los días en los que fuimos felices. O que recordamos felices. Por eso, ante la falta de novedades literarias que me conquisten, he retrocedido en mi tiempo vivido y he rescatado de mi estantería los libros de veranos pasados. Aquellos en los que fui feliz. Mi cronología literaria es mi mejor memoria y me recuerda dónde estaba y quién era entonces. Diminutos granos de arena saltan de algunas páginas que han envejecido acartonadas.

"Ante la falta de novedades literarias que me conquisten, he retrocedido en mi tiempo vivido y he rescatado de mi estantería los libros de veranos pasados"

Hace unos días, charlaba con un lector acerca de esto que ahora cuento, y le recomendé Los felices días del verano, de Fulco di Verdura (Ed. Errata Naturae), una de las novedades del verano pasado, que nunca dejaré de recomendar y cuya portada ya huele a época estival. Un recorrido por la Sicilia que relata en primera persona el joven duque di Verdura, primo de Tomasi di Lampedusa. Una ventana abierta a la quietud y a las evocadoras descripciones de un paisaje en el que la vida late a un ritmo pausado y cálido. Otro de mis libros rescatados es El verano muere joven, de Mirko Sabatino (Ed. Sexto Piso), uno de los relatos más extraordinarios que he leído en los últimos años y cuya lectura, lejos de su aparente belleza, tuve que interrumpir en un par de ocasiones por la crudeza de alguna de sus escenas. Un homenaje a las pandillas de jóvenes cuya vida se presume valiente y divertida, hasta que la maldad irrumpe por la puerta trasera de sus hogares tranquilos.

“El verano de 1963 yo me enamoré y mi padre se ahogó”. Así comienza la novela de Charles Simmons Agua salada (Ed. Errata Naturae), un comienzo que despertó envidia y sorpresa en mí, porque en uno de mis cajones guardo un escrito de hace años que comienza con la frase: “Si hubiera podido elegir, habría elegido nacer en el verano del 69”. Quizá no tenga nada que ver, pero para mí supuso mucho, y me adentré en la lectura de esta novela con la sensación de saber adónde iba. Estaba equivocada. Charles Simmons crea unos personajes que te atrapan en su viaje hasta terminar convirtiéndote en un reflejo de su propia vida. Puede que los primeros amores no siempre nazcan en el verano, pero los amores de verano nunca se olvidan.

"Cuando ya no era joven y, como los personajes de esta historia, me pasaba la vida recordando los años vividos"

A medida que pasan los años, uno echa la vista atrás y tiene la sensación de que, aunque los días estivales nos pertenezcan a todos, las noches son de los adolescentes. Como si suyas fueran las brújulas de las felicidades ajenas. Tal y como le sucede a Cécile, la protagonista del que considero uno de los libros obligatorios para leer, al menos, una vez cada tres años, Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan. Esta novela corta, tan deliciosa como inolvidable, es una lectura de la que uno sale removido por los recuerdos, inventados o no, y envuelto en el aire de un lugar desconocido en el que pasa una horas conviviendo con el resto de los personajes. Olores y colores que, sea cual sea el destino perfecto en nuestro imaginario, evocan un idealismo del que deseamos formar parte. “Nada es más inhabitable que los lugares en los que fuimos felices”, decía el narrador sin nombre de otra de las novelas de un verano pasado, La playa (ed. Altamarea), escrita por uno de los escritores más grandes de la historia universal, Cesare Pavese. Esta novela bien merece un artículo entero, pero no podía dejar de recordar uno de los paseos más memorables que di por las colinas del Piamonte y las playas de Liguria años atrás. Cuando ya no era joven y, como los personajes de esta historia, me pasaba la vida recordando los años vividos, hablando de frivolidades y de asuntos vacíos. El narrador dice que de aquel verano del que habla en esta novela sobre todo recuerda el olivo que había frente a su ventana. Yo, sin embargo, no puedo olvidar esa placentera soledad que le acompaña y que te pertenece tanto como a él a medida que avanza el relato.

Las cronologías vitales de cada persona son curiosas. La mía, hoy, es literaria. Descubrí a Patricia Highsmith en Formentera, hace ya dos décadas, gracias a El talento de Mr. Ripley. Muy apropiado en aquel tiempo, en aquel momento. En la vida que vivía entonces. Tan pronto regresé a Madrid, una de las primeras cosas que hice fue ir a comprar más libros de la sublime escritora. Escogí El grito de la lechuza, pero su historia pertenece a otra estación…

"Hay tres veranos que mi memoria confunde, porque en ellos escogí la misma novela, puede que fueran cuatro"

Hay tres veranos que mi memoria confunde, porque en ellos escogí la misma novela, puede que fueran cuatro. La leí por primera vez a principios del septiembre de mis diecisiete y, desde entonces, algunos septiembres he regresado a ella con la esperanza, quizás, de volver a ser aquella joven… El libro en cuestión es Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Cuando la autora murió en el año 2016, la orfandad de la pequeña Scout Finch nos conmovió a muchos. Querríamos haber correteado por las calles de Maycomb junto a ella, y algunos estamos convencidos de haberlo hecho. Esta es, sin ninguna duda, una novela imprescindible. También quiero hablar del verano de Calendas griegas, de Gesualdo Bufalino, porque no podría haber leído nada más acertado por aquel entonces. Este es uno de los libros de fondo que nunca debería estar descatalogado, pero el mercado editorial tiene sus prioridades. Si algún día quisiera poner negro sobre blanco la historia de mi vida, junto a la libreta y el teclado, escogería mi ejemplar manoseado de esta obra maestra. Otro día hablaré de los libros tristemente descatalogados.

La editorial Lumen publicó En manos de las furias, de Lauren Groff, hace no mucho. Aquel sí que fue un buen verano, y su recuerdo incluso mejora gracias a la historia de sus protagonistas, Lotto y Mathilde. A veces pienso en ellos, pero en segundo plano, porque lo que me dejó esta novela es un viaje que necesitaba hacer en ese momento, una escapada a un lugar al que de vez en cuando regreso en secreto y del que nadie, salvo los lectores que conozcan la historia, sabe nada.

Y, para no dejar un espacio en blanco en mi cronología literaria, escogeré el título que acabo de terminar de leerme y que creo que será mi apuesta de este verano: La playa y el tiempo, de Ernesto Calabuig (ed. Tres Hermanas), una selección de relatos intimistas que el autor enmarca en ese tiempo estático en el que nos quedamos suspendidos en algún momento de nuestra vida. Una lectura embriagadora y llena de matices en los que el lector se encontrará e incluso se descubrirá en los espejos de las páginas.

Quizá este verano haya llegado para ser olvidado, de la misma manera que el olvido nos arrebató algunas semanas, pero, tal y como dice uno de los personajes de mi último libro, “todo resulta más fácil cuando uno escapa a las páginas de una novela”.

Escapemos.

Seguro que Belén estaría de acuerdo conmigo.

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