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Lepisma y el boicot

Le encantaba reciclar vidrio por el ruido que provocaba, y tiraba las botellas de una en una procurando hacer el mayor estruendo posible para que lo escucharan los vecinos. ¿De qué servía comportarse como un ciudadano concienciado y comprometido con el medio ambiente si nadie se percataba de ello? Disfrutaba promoviendo el boicot de películas que de todas formas no iba a ver, y era feliz si un film fracasaba, fastidiando el trabajo de todo un equipo de profesionales, si las opiniones de uno de sus miembros eran contrarias a las suyas. No dudaba tampoco en exigir la retirada de ejemplares de las librerías si existía una mínima sombra de sospecha hacia la moralidad del autor.

—No me importa que un jurado le haya declarado inocente, no me lo creo: si es blanco y en botella es que es leche —solía afirmar mientras saboreaba una horchata.

La mayoría de habitantes del “mundo real” era ajena a esas movidas de Twitter que tanto le consumían, y rara vez el éxito o el fracaso de un producto era fruto de un boicot seguido por cuatro hiperventilados, sino de su calidad intrínseca. Daba igual, era un revolucionario de change.org, confundía su burbuja mediática con la realidad, y eso llegó hasta tal extremo que tuvo que ser ingresado en un psiquiátrico.

En Carfax, por supuesto.

Allí prosiguió con su espíritu combativo, y aprovechando una de las tradicionales jornadas de reconstrucción histórica que se llevan a cabo en esta institución, en ese caso dedicada a la Revolución Francesa, se hizo con el mando del manicomio (creo que ya cité ese hecho en Lepisma y la Prehistoria) Eso ocurrió muchos años antes de mi ingreso, tiempo durante el cual asumió otra identidad e incluso, aposentado ya en el poder, otro carácter.

Ahora se hace llamar doctor Seward y es mi “psiquiatra”.

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