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Lepisma y la lectura compartida

Lepisma y la lectura compartida

Somos seres sociales, y hasta de un placer solitario como es el leer queremos hacer una experiencia compartida: de ahí los clubs de lectura y también lo que me pasó con doce años.

Perdón, uno más.

Pues eso, rondaría los trece y la chica que me gustaba iba a mi clase. Se llamaba Amanda, tenía pecas, ojos verdes, larga melena negra con flequillo a lo Cleopatra y la inicial de su apellido era alfabéticamente posterior a la del mío. En un aula donde nos colocaban por orden alfabético eso significaba que se sentaba detrás de mí y para poder verla tenía que hacer malabarismos oculares o fingir que se me caían los lápices del pupitre, con lo cual lograba dos cosas: mirarla aunque fuera fugazmente, y ganar una fama de patoso que seguramente dificultaría mi objetivo de seducirla. Debía actuar: recogiendo cosas del suelo y escuchando mi cassette de baladas heavy en mi habitación no lograría nada; gracias a una amiga común supe que Amanda era una fan de los cómics de Esther y su mundo, y quizás si viera que también me gustaban esas historietas, que en verdad nunca había leído, se fijaría por fin en mí. Ese fin de semana gasté todos mis ahorros en el quiosco y me empapé del universo de Esther para tener tema de conversación el lunes.

—Hola, Amanda, ¿Has leído el último cómic de Esther? Qué bueno, un poco más y se besa con Juanito.

—Anda, ¿a ti también te gustan esos tebeos?

—Claro, desde siempre. Qué rabia que llegara Doreen y lo fastidiara todo.

Y estuvimos hablando un buen rato, hasta que el timbre nos obligó a separarnos. Pero yo era feliz. Amanda llevaba la carpeta forrada con fotos de Mecano, y le pedí los discos a mi vecina para poder hablar al día siguiente con Amanda con conocimiento de causa.

—Pues sí —le dije a mi amor en la hora del patio con la mayor intensidad que pude fingir—. Sólo un auténtico genio como José María Cano podría retorcer de tal manera el lenguaje y transformar la palabra beso en bexo únicamente para que rime con flexo—. Aunque en verdad a mí se me retorcía el estómago cada vez que escuchaba ese tremendo ripio de la canción «Hawaii-Bombay». Daba igual, gracias a eso ella me iluminó con su sonrisa y eso lo compensaba todo.

—Anda, ¿también te gusta Mecano?

—Desde siempre, si aún me acuerdo cuando no eran nadie pero yo los vi participando en el concurso Gente joven y me dije: «Estos chicos llegarán lejos».

Aquello parecía funcionar: comencé a seguir la serie Candy, Candy para comentar cada capítulo con Amanda, a leer los libros de la colección Elige tu propia aventura para fingir que había elegido el mismo final que ella, a proclamar que el azul celeste era mi color preferido y que casi toda mi ropa fuera de ese color, a… tantas cosas que al final pensé que era el momento, me armé de valor y le dije:

—Amanda, ¿quieres salir conmigo?

Momento de silencio, pausa dramática.

—Me dejas de piedra, y me halagas, pero no; entiéndelo, es una pasada, tú y yo tenemos los mismos gustos… por eso nunca nunca podrías aportarme nada.

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