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Lepisma y el cazador de libros

Lepisma y el cazador de libros

Como un Lucas Corso transmutado en insecto, pero a la búsqueda de libros perdidos con el único ánimo de leerlos y no de traficar con ellos, Longyonsilver Saccharina era una eminencia entre los pececillos de plata. Llegó incluso a protagonizar un reality en el que visitaba librerías donde los ejemplares se conservaban en mal estado, los estantes se cubrían de polvo y los trabajadores trataban de malas maneras a los lectores: Pesadilla en la biblioteca. Sin embargo los bibliófagos suelen huir de los focos, y dejó la vida pública para concentrarse en su obsesiva cacería de ejemplares descatalogados, inéditos o únicos. Además, huir de los mass media era condición sine qua non para que volvieran a aceptarle como miembro del Cementerio de los Libros Olvidados. Quizás no sepas que Carlos Ruiz Zafón escribió una tetralogía sobre esta necrópolis para que así el mundo creyera que era un lugar ficticio; el mejor escondite siempre es guardar algo a la vista de todos.

Allí, entre anaqueles rebosantes de letra impresa o manuscrita, Longyolsilver pudo delectarse con la lectura (que no ingesta) de obras tales como Celsius 232 (la respuesta española a Fahrenheit 451), de Raimundo Bravucón, Jazz entre abrigos: La fracasada gira antártica de Miles Davis, de Claudi Fonts, o aquel diario que escribiste en plena adolescencia y donde explicabas lo que te hacía sentir tu gran y eterno amor que olvidarías en un año y que iba a tu misma clase. Sí, tu diario, y quizás te sorprendería saber que es uno de los manuscritos más consultados; ahora ya sabes a dónde iban a parar las cosas que perdías cuando tu madre ordenaba tu habitación sin tu permiso. Enhorabuena: a pequeña escala, pero ya tienes un best seller. 

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