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Lepisma y el cineclub de sofá

Lepisma y el cineclub de sofá

Una de las cosas que se pierden con la edad es la creencia en que quienes comparten tus aficiones son de forma automática tus amigos; anuncios en las revistas musicales tipo «Hola me llamo Nacho y mis grupos son AC/DC, Iron Maiden, Barón Rojo, Metallica y Aerolíneas Federales. Si quieres quedar conmigo vivo en ******  y mi teléfono es ******» (información oculta para preservar la identidad de Nacho 30 años después de publicado el anuncio) difícilmente eran escritas por alguien que sobrepasara no ya los 40 sino incluso los 16.

En mi caso pronto conocí gente despreciable que adoraba el cine que yo amaba y personas que no tenían mis mismos gustos pero que eran con las que de verdad me encontraba cómodo. Empecé a sospecharlo cuando mis amigos, quizás por aquello de la confianza, estuvieron a punto de lincharme en una fiesta de fin de año; durante semanas había bregado hasta conseguir encargarme de la selección musical, y…digamos que, pese a la pasión que yo intentaba transmitir, nadie quedó conforme con escuchar a Yes, Pink Floyd, Genesis o Moody Blues toda una Nochevieja, y no logré impregnar el guateque de un jolgorio generalizado pese a mis entusiastas comentarios:

—Uauuu, escucha la compenetración de esta base rítmica mágica que forman Chris Squire y Alan White.

—¿Que ponga Raffaella Carrà? No he traído ningún disco suyo, pero atento al sonido de mellotron que entrará ahora en el minuto 14 de canción. Y por si te quedas ganas de más, luego te pongo a Camel; es un disco conceptual, y como tal lo escucharemos como ha de hacerse: entero

Por supuesto, acabaron perdonándome, y yo tampoco dejé de profesarles cariño pese a su prohibición de acercarme a un equipo musical en cualquiera de nuestras reuniones. No niego que a todos nos gusta manejar las mismas referencias que nuestro interlocutor y compartir nuestras pasiones, pero eso no es lo más importante: hablamos de amistad, no de una secta.

Convivir con Lepisma Saccharina lo hace todo más sencillo… o debería. Al fin y al cabo estamos hablando de que mi compañero de piso es un insecto bibliófago que se alimenta, literalmente (y literariamente), de mi biblioteca. Compartir gustos y lecturas es, pues, inevitable. Los domingos por la tarde nos gusta ponernos un par de películas mientras yo me como unas palomitas y ella unos post its, y la pasada semana le tocó el turno a La Biblia, el film dirigido por John Huston en 1966

—¿Qué te ha parecido? —le pregunté

—Bueno, la película no ha estado mal, sobre todo el capítulo de Noé, pero me gustó más el libro.

Se me atragantó la última palomita. Yo no tenía ninguna biblia en casa, y ahora entendía el motivo de que aquella misma mañana, a la hora del vermut, Lepisma me hubiera dicho que iba a la iglesia pese a que yo sabía que era atea recalcitrante.

—¿Qué película vemos ahora? —me preguntó

Escondí, sin que ella se percatara, el DVD que tenía planeado poner a continuación: Mahoma, el mensajero de Dios, protagonizada por Anthony Quinn en 1977. El día anterior, mi compañera de piso me había dicho que iba a pasear por la mezquita, y yo ahora no quería saber cuál había sido el motivo ni qué libro se había comido durante ese paseo.

—Mmmmmh… Regreso al futuro

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