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Lepisma y el Punto Borde

Gabriel fue uno de los primeros pacientes que me encontré el día de mi ingreso en San Humbértigo.

—Hola —le dije, sin obtener más respuesta que el ulular del viento que pasaba por entre los coloridos y afilados vidrios rotos que culminaban los muros del psiquiátrico y que debían contravenir decenas de normas de seguridad—. Hola, me llamo…

—No obtendrá respuesta —me interrumpió el doctor Tovar, siempre tan solícito a la hora de explicar, sin que nadie lo demandara, las dolencias de sus pacientes: era evidente que el psiquiatra disfrutaba con todas las facetas de su profesión, excepto la de la confidencialidad—. El cuerpo de Gabriel está aquí, pero no así su alma, que se encuentra en un lugar muy lejano, en una…

—…dimensión no sólo de la vista y el sonido sino también de la mente. Una tierra maravillosa cuyos límites son los de la imaginación: la dimensión desconocida— le interrumpí, y él no pudo ocultar su fastidio. Pronto descubriría que yo, ante cualquier situación incómoda, como podía ser mi primer día en un manicomio, me refugiaba en la ficción, y eso le ayudó mucho en su diagnóstico.

—Reconozco su cita a The Twilight Zone, y quizás algún día le explicaré cómo Rod Serling, el creador de la serie, se inspiró en algunos de nuestros pacientes para varios episodios, pero ese día no será hoy. Como le comentaba —el médico recuperó el hilo y el tono pretencioso— en realidad Gabriel habita en un lugar que, exista o no, parece ser muy real para determinados individuos; lo he bautizado como el Punto Borde. A partir de ahora, cuando en un autobús suba un anciano o una embarazada, fíjese en toda persona que desvíe su mirada para fingir que no se ha percatado y así no ceder su asiento: ineludiblemente siempre mirará a un punto situado a 45 grados de la estrella polar. Es el mismo punto en el que centran la vista las personas que, al entrar en un comercio, evitan saludar al empleado; también es allí donde mira quien finge no ver al mendigo que le está pidiendo una limosna o al perro abandonado, a la chica que realiza encuestas a pie de calle o al joven que intenta captar socios para una ONG; el mismo punto que buscan los ojo del espectador de un espectáculo de ilusionismo que intenta desaparecer de la vista del mago antes de que este lo pueda sacar al escenario. Usted mismo, si se encuentra con ese ex compañero de colegio tan pesado al que no quiere ni decirle Hola, buscará inconscientemente ese punto para no cruzarse con su mirada.

Yo estaba anonadado, pero aún más estupefacto me dejó comprobar que todo aquello era cierto. Porque si en el patio me cruzaba con un interno que me debía cinco euros, éste desviaba la mirada hacia el mismo lugar que yo buscaba si me topaba con Lola, a la que yo por mi parte debía una cajetilla de tabaco: el Punto Borde.

Cuando por fin me dieron el alta no tardé en ver que más allá de los límites de San Humbértigo los supuestamente cuerdos se comportaban igual. Al referírselo a Lepisma Saccharina fue cuando me explicó la anécdota que refleja la ilustración de esta semana, y tuve que darle la razón: con sus excepciones, la especie humana era una especie bastante maleducada y no parecíamos mejorar.

—Dínoslo a los pececillos de plata, que siempre que nos asomamos para saludaros nos respondéis con un pisotón.

Meses más tarde, mientras que por razones que no vienen al caso iba a comprarme una sandía, me encontré con Gabriel, al que habían dado el alta; me alegré, sobre todo al comprobar que su mirada ya no estaba fija en un mismo punto, sino que ahora era ágil y llena de vida.

—Oye, cuánto tiempo, cómo me alegra ver que… —no acabé la frase, ya que ipso facto sus ojos encontraron el Punto Borde y allí se plantaron para no tener que verme, y pasó por mi lado sin darme los buenos días.

Por supuesto no se lo tuve en cuenta: aunque hubiera superado su problema, posiblemente no quisiera tener contacto con nadie que pudiera recordarle esos años de ingreso, y debía respetarlo. Y no volví a pensar en él hasta que recibí su solicitud de amistad en Facebook: inconfundible su rostro en la foto de perfil, pero ahora con la mirada al frente, directamente a los ojos del espectador y con una franca sonrisa. Fuera como fuese, como el hecho es que por x razones necesitaba con urgencia cinco sandías más, volví a ir a la frutería antes de responder a su requerimiento virtual. A la vuelta me encontré con un mensaje privado de Gabriel: 

ASÍ QUE NO ME RESPONDES, ¿TE CREES MEJOR QUE YO? IMBÉCIL, QUE ERES UN IMBÉCIL 

Y en cuanto comprobó que yo acababa de leer su nota, procedió a bloquearme de inmediato.

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