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Lepisma y el Libro Segundo de la Poética

Lepisma y el Libro Segundo de la Poética

Yo te untaré mis obras con tocino fue el verso que el inmortal Quevedo le dedicó al sólo un poquito más mortal Góngora y fue también el pensamiento que tuvo mi madre al verme tan extremadamente delgado y sólo pendiente de leer de manera febril todas las novelas que rondaban por casa.

—Hijo, tienes 11 años, deberías salir a la calle a jugar y que te diera un poco el sol.

—Madre, pero si ya estoy A pleno sol —recuerdo que le respondí, enseñándole la portada de la obra de Patricia Highsmith en la que estaba enfrascado en esos momentos.

Así que lo que comenzó siendo un alocado pensamiento mi madre lo transformó en una realidad: mientras yo dormía cogió todos los ejemplares de nuestra biblioteca y, literalmente, los untó con tocino. Bueno, únicamente las esquinas, con la intención de que así, al humedecerme los dedos para pasar las páginas, de manera inconsciente llevara a mi lengua la grasienta y porcina sustancia, nutriendo mi alma pero también mi cuerpo.

Ajeno a todo, al hecho de que cuanto más leía más engordaba, ajeno incluso al más que evidente aumento de la población de moscas en mi hogar, yo seguía leyendo

devorando

toda nuestra colección. De tal manera que, cual perro de Pavlov, era pasar por delante de una librería o una biblioteca pública y ponerme a salivar compulsivamente. Viendo las cosas en perspectiva, a nadie debería extrañarle que muchos años después, ya adulto, me hiciera amigo de un pececillo de plata devoralibros: teníamos muchas cosas en común.

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