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Lo que estaba por llegar

Lo que estaba por llegar

Como le ocurre a algunos discos —léase aquí cualquier otro producto cultural—, también al último libro de Nate Chinen le cuesta arrancar con esperanza, algo que nunca pierde el aficionado al jazz, a pesar de las desilusiones a las que a menudo se ve abocado debido a las inclemencias de la mercadotecnia. Pero el zorro, lo confirma el refrán, sabe más por viejo que por zorro, y ya no se deja mecer por las melodías ilusionantes o los cantos de sirena en forma de críticas indulgentísimas que alcanzan su sentido existencial cuando se convierten en altavoces publicitarios que causan tanto sonrojo como vergüenza ajena.

"Habrá quien alabe —y hará bien— la valentía de los que pretenden sumergirse y afianzarse en el proceloso terreno del jazz contemporáneo, cuando hace ya décadas que dejó de ser música popular"

Empezar el volumen arrojando luz a la figura del saxofonista californiano Kamasi Washington es jugar con trampas y anzuelos de pesca cargados con cebos bañados en ambrosía, porque ahora mismo es un must para cualquier joven que trate de afianzarse en los dominios del género que solo el tiempo y la escucha continuada lograrán confirmar. Ahora bien, siempre hay quien atiende sin orden ni concierto, degustando aquí y allá, y para el que poco importa el discurso crítico, puesto que de lo que en su caso se trata es de disfrutar de la fuente, no de enrolarse en los paratextos que ésta pudiere generar. Es la tendencia actual: música a pelo, sin créditos, sin guía de audición, sin envoltorio, sin datos ni metadatos. Están en su derecho: motivos no les faltan para el descreimiento o el enfado. Pero eso no deberá ser excusa para renunciar al conocimiento empobreciéndonos, ¿cierto?

La industria no lo puso fácil a finales del siglo XX y jugó con fuego, inflando precios y renunciando a formatos que han resultado ser más fiables en cuanto a fidelidad sonora y altamente atractivos desde la perspectiva artística (hoy el vinilo ha regresado en pequeñas dosis, más para nostálgicos de lo retro que para aquellos que llevan la música a cuestas). Con todo, habrá quien alabe —y hará bien— la valentía de los que pretenden sumergirse y afianzarse en el proceloso terreno del jazz contemporáneo, cuando hace ya décadas que dejó de ser música popular, mecida por vientos propicios al universo radiofónico, que era el caudal más voluminoso por el que se movió el jazz hasta su reinvención eléctrica. Hará bien. Hace falta abrir nuevos nichos de interés hacia la estima de un género de naturaleza fagocitadora, siempre dispuesto al cambio y riquísimo en propuestas estimulantes. Para todos aquellos aguerridos fanáticos incipientes, Playing Changes es motivo de alegría.

"El jazz lleva en su carga genética la absorción, revisitación, fusión, reinvención y cuantos sufijos en -ión se le quieran añadir"

Nate Chinen ha sido mano derecha durante varios años de Ben Ratliff en The New York Times, y sigue ejerciendo la crítica musical en publicaciones como Pitchfork y Jazz Times, al tiempo que ofrece su magisterio desde las ondas de la WBGO de Newark (New Jersey), siendo director de contenidos en ambas plataformas. Por tanto, no hablamos de ningún advenedizo, sino de alguien capacitado para poner orden en el dilatado y anguloso mundo del jazz, a menudo ciertamente endogámico. La tesis que alumbra tan interesante recorrido adolece de un error inicial de enfoque, aunque pronto se repara. Lo que defiende el ensayo de Chinen es que el jazz está en la actualidad en pleno proceso de transformación y de adaptación a los nuevos tiempos, cuando lo cierto es que la idea misma de reinvención permanente es uno de los ejes centrales del propio género, una de sus señales de identidad, junto con la improvisación y la retroalimentación de sus participantes. El jazz lleva en su carga genética la absorción, revisitación, fusión, reinvención y cuantos sufijos en –ión se le quieran añadir, con los que flirtea en su condición de terreno en barbecho a la espera de la siembra y germinación enriquecida por sus constantes nutrientes, que son ingentes y dispares. Rebelde, acomodado, festivo, elitista, liberado, identitario, orgánico, tecnológico, virtuoso, pétreo, elástico, imaginativo, complejo, combativo, resultón, doloroso, espiritual, conceptual, sublime, fresco, bailongo, osado… Muchos son los adjetivos que soporta la etiqueta «jazz». Pero ante todo es un modo de estar en el mundo.

Chinen sabe de lo que habla, tiene algo que decir y quiere contarlo (Juan Marsé estaría encantado, porque con esos tres ingredientes ya podría hacer una novela). El estadounidense, en cambio, ha escrito un libro que está entre los mejores que han aparecido hasta la fecha en cuanto al análisis y alcance del jazz contemporáneo. No olvida sin embargo la perspectiva del tiempo, los logros del género en tiempos pasados, ni tampoco renuncia a la interpretación de lo más inmediato. He ahí su valentía, siempre envuelta en un bagaje cultural que lo socorre en momentos de adversidad. Los capítulos —con excepción del primero de ellos— podrían ser perfectamente intercambiables: tanto da hablar de Brad Mehldau como de John Zorn, ni importa en exceso que Vijay Iyer, Jason Moran, Cécile McLorin Salvant, Robert Glasper, Esperanza Spalding o Steve Coleman aparezcan antes o después. Aquí lo cronológico ya viene marcado desde el mismo título: jazz para el nuevo siglo. Es jazz para, no jazz de, puesto que de lo que se trata es de una propuesta de futuro en marcha. Quiénes son y quiénes van a seguir siendo los abanderados en años venideros.

Como toda propuesta, Playing Changes se acaba convirtiendo en un canon de lo que merecería la pena poner a salvo para salvaguardar en la memoria de la humanidad (jazzística) en una cápsula del tiempo interestelar cuando los casquetes polares digan basta y haya que hacer las maletas (ténganlas a mano, consejo de amigo). De ahí que no desluzca el apéndice en el que aparecen los 129 álbumes esenciales de lo que llevamos de siglo XXI: salen siete u ocho escogidos por año, excepto en 2006 y 2011, con cosecha escasísima, tal vez por la retirada del mundo del tenis de André Agassi y del fin de la retransmisión del Oprah Winfrey Show, respectivamente, que en estos asuntos caóticos nunca sabe uno lo que acabará afectando al devenir de la inspiración planetaria. El músico de jazz es muy sensible, y el crítico de jazz ya no digamos.

La información que Chinen baraja a lo largo de los capítulos es valiosa, a menudo de primera mano (con entrevistas personales a los músicos) y con un manejo bien resuelto de la bibliografía y de las fuentes alternativas, hoy ya indispensables para acumular detalles del proceso artístico, como Twitter, Facebook o YouTube. Ofrece así al lector una suerte de paseo extraordinario por los vericuetos del jazz actual, enfocando, sin miedo a caer en la hipermetropía por lo cercano del objeto de su análisis, las muestras ejemplares de un arte camaleónico que encuentra en la deriva de cada uno de los tiempos que le va tocando vivir motivos sobrados para su inspiración y expresión permanentes. De las desigualdades sociales a la electricidad, de las guerras y diásporas a la digitalización, de los experimentos de disciplinas concomitantes a la expresión de la condición humana de los desfavorecidos. Porque el jazz será mestizo o no será, poco importa de dónde le llegue el alimento que lo haga crecer y abastecerse.

"La prosa de Chinen consigue que regresemos con la alegría del redescubrimiento, con innumerables puertas abiertas y con aire renovado, a la producción jazzística de los últimos tiempos"

Ahora bien, si algo hay que destacar del volumen, además de la cuidada traducción de Javier Calvo, es la propia voz de Nate Chinen, bien calibrada y dispuesta para ofrecer algo más que un estado del jazz de las dos últimas décadas —donde sobresale como novedad consistente la conexión con el universo del hip hop por encima de otras músicas. Le perdonaremos que su radio de alcance se circunscriba casi por entero a lo que mejor conoce como crítico, el jazz estadounidense con sus ramificaciones pertinentes. Lo hacemos por el gusto con el que se le lee y por la honestidad de su escritura, en la que fondo y forma, como reclama el jazz verdadero, construyen un todo indisoluble. La prosa de Chinen consigue que regresemos con la alegría del redescubrimiento, con innumerables puertas abiertas y con aire renovado, a la producción jazzística de los últimos tiempos y que caigamos ahora, gracias al autor, en lo que no supimos ver ni oír entonces. A veces hay pruebas irrefutables de la valía de un libro. Que el lápiz con el que se toman notas marginales y subrayados mengüe considerablemente desde el inicio al fin de la lectura es señal inequívoca de sus méritos. Quien después de todo haya sufrido una sobredosis de estímulos con Playing Changes, puede conjurarlos momentáneamente pinchando en vena y a considerable volumen “House of Jazz”, composición con la que AC/DC dieron por inaugurado el siglo XXI. Y listos.

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Autor: Nate Chinen. Traductor: Javier Calvo. Título: Playing Changes: Jazz para el nuevo sigloEditorial: Alpha Decay. Venta: Amazon

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