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Lola, de Elvira Sastre

Un relato con un protagonista tierno y conmovedor: así lo define Rosa Montero en su prólogo. A continuación reproducimos Lola, de Elvira Sastre.

Hombres (y algunas mujeres) es un libro no venal editado por Zenda con once cuentos extraordinarios de escritoras hispanoamericanas que celebran el 8 de marzo, día internacional de la mujer.

En este volumen, ideado, coordinado y editado por Rosa Montero, participan Elia Barceló, Nuria BarriosEspido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia PiñeiroMarta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón.

Hubo algo que se rompió para después rearmarse cuando todo aquello ocurrió. Lo digo ahora que los días son más amables y el tiempo, de alguna manera, se ha suavizado. Si alguien me hubiera preguntado entonces, habría puesto en duda la capacidad de resiliencia no sólo de las personas, sino también de las cosas. Mi propia casa se deformó, adquirió un aspecto viciado y contaminado. Los rincones acumularon polvo, los sofás cansancio y la cama era una grieta por la que me caía todas y cada una de las noches. Vivía en ruinas. Y lo peor es que no pude hacer más que aceptarlo sin oponer resistencia.

Lola era joven cuando ocurrió, tenía cuarenta años. Sus ojos, verdes, no habían salido mucho de casa. Apenas conocíamos tierra más allá de nuestro pueblo, pero tampo­co teníamos interés por hacerlo. Hay cosas que se asumen como si formaran parte de un destino previamente escrito.

Nos habíamos conocido en el baile. Ella era hija del panadero y yo del guardia civil. Esa noche, un amigo me empujó hacia ella, una amiga la empujó hacia mí y así cho­camos en mitad de la plaza: como dos bolas de billar que se quedan suspendidas en el tablero, rozándose, sin caerse ninguna de las dos. Ese día supe que siempre estaríamos al borde del abismo, a punto de perder el equilibrio. Al final eso también es lo que le hace a la vida ser vida.

Aquel baile nunca terminó. Nos dejamos mecer por la música y pronto nos fuimos a vivir juntos. Yo conseguí plaza para la policía y ella se quedó en casa, cuidando de nuestro primer hijo. Su hermano mayor había hereda­do la panadería y alguien tenía que ocuparse del hogar, como venía sucediendo en esa época. No recuerdo una conversación al respecto, ni siquiera una duda en la deci­sión. Nunca, pienso ahora, llegué a valorar el acto de una esposa que renuncia a su vida a favor de la de su marido y su hijo. Simplemente lo di por hecho, como algo presu­puesto. No se me ocurrió compartir los papeles, aprender juntos cómo se cambian los pañales, saber qué lejía se le pone a la ropa según el tipo de material, cuánto tardan en cocerse unas lentejas. No me di cuenta de que mi trabajo sólo me satisfacía a mí y el suyo, en cambio, que ni si­quiera se consideraba un trabajo sino ocupaciones propias del día a día, siempre viraba a favor de los dos. No quise aprender nada de eso porque pensé que ese era su deber, lo justo, la parte de un trato nunca firmado, y nunca le pregunté si realmente era feliz así, si lo había elegido por sumisión o por preferencia.

Hoy reflexiono sobre aquello y me parece cobarde culpar a la sociedad del momento. ¿No somos nosotros los habitantes? ¿No es nuestra forma de entender el mun­do la que describe la cultura a la que tanto culpamos de lo que no entendemos cuando pasa el tiempo? ¿Por qué la mayoría de nosotros nunca preguntó a sus mujeres por sus sueños ni les ayudaron a cumplirlos igual que lo hi­cieron ellas con nosotros? Somos los únicos responsables. Pasamos de ser hijos a ser esposos y nos olvidamos de ser compañeros. Confundimos la palabra mujer con la pala­bra esposa, y no podemos estar más equivocados.

Lola era una chica menuda, pero tenía un genio que atravesaba paredes. Yo no me quedaba corto: cuando dis­cutíamos aquello se convertía en una lucha de titanes para ver quién tenía la cabeza más dura. La suya, sin duda, era preciosa. Siempre lo fue. Llena de recuerdos, cuen­tos, imaginación. Lola nunca aprendió a leer y a escribir en condiciones, pero no le hizo falta. De joven, cuando trabajaba en la panadería de su padre, se encargaba de atender a los clientes y de dar las vueltas. En eso sí que era buena: en los números. Era una experta en el cálculo men­tal, rápida como una gacela. Además, se llevaba de calle a todos los clientes con su carácter, firme pero arrebatador. Se ganaba las propinas y no dejaba pasar ni una. En casa, Lola, claro, era la encargada de la economía familiar. Ella sabía cuánto dinero entraba y cuánto salía. Era majestuosa en hacer malabares con mi sueldo, que era ya el único que entraba en casa. Algunos compañeros se burlaban porque fuera mi mujer la que manejara el dinero, pero ni aunque quisiera habría podido ser diferente: ella sabía y yo no. A veces es así de simple y sólo hay que reconocerlo.

Fuimos muy felices, Lola y yo. Éramos una pareja nor­mal que se quería de igual manera. Tuvimos a nuestro hijo Manuel muy pronto, tal y como ordenaba entonces el curso de las cosas. Nos casamos, lo concebimos y nos fuimos a vivir juntos a una casa heredada de mi abuelo. Nos reía­mos mucho juntos, muchísimo. Éramos jóvenes y estába­mos enamorados. Nuestro único proyecto de vida era estar juntos, no necesitábamos nada más. El amor era un motor eléctrico, como los de ahora, que se recargaba de energía de manera automática, con el propio devenir de las cosas que nos iban ocurriendo. La vida era tan sencilla y tranqui­la que me cuesta pensar ahora en qué momento exacto se complicó, qué detalle fue el que nos hizo tropezar.

El embarazo de Lola tuvo muchas complicaciones en la recta final y todo estuvo a punto de salir mal. Los mé­dicos pudieron salvar a Manuel y a la madre, por suerte, pero algo se quedó mal dentro de ella y no se dieron cuen­ta. Secuelas invisibles. La segunda vez, la de nuestra Lo­lita, no fue bien. Nuestra bebé nació sin vida, con el ros­tro apagado y frío, tan pálida que parecía una muñeca de porcelana. Cuando nos lo dijeron, paralizado, miré a mi mujer y lo noté: un crujido, imperceptible, silencioso, inacabable. Una fractura insoldable. Su rostro cambió. Me di cuenta al momento: Lola nunca volvería a ser la misma.

El tiempo pasó, la vida también y nosotros con ella, aunque parte de lo que habíamos sido se quedó en esa habitación de hospital, al lado de nuestra hija muerta. Lola sacó carácter para protegerse y continuó cuidando de Manuel y de la casa, como había hecho siempre. Yo me recuperé más rápido, gracias al trabajo, y nuestra ru­tina se fue restableciendo poco a poco. Apenas hablamos de ello. Entre los dos se estableció una distancia que ni nos alejaba ni nos separaba: sólo nos mantenía unidos. El dolor a veces te debilita y otras te protege, como un es­cudo. Pero el dolor es peligroso cuando se asienta dentro de uno, cuando se acomoda y decide quedarse, porque entonces se extiende, como aire contaminado, y no hay viento suficiente que lo limpie.

Al principio fueron pequeños despistes: la sal en las judías, recoger la ropa del tendedero, comprar leche en el mercado. Después, recados algo más importantes: pagar la factura de la luz, ir a las reuniones del colegio, retirar la sartén del fuego. No quise, o no supe, prestarle atención. Lola llevaba tiempo taciturna, se había vuelto una persona reservada, algo susceptible. No me di cuenta del tiempo que llevaba sin salir de casa, sin coger el teléfono a sus amigas. Inmerso en mi propio proceso de recuperación, distraído en el trabajo y en la calle, había descuidado a mi esposa. Fui incapaz de reconocer y adelantarme al daño tan profundo que puede causar en una mujer el hecho de ser casa de un cuerpo amado y sin vida.

Un día, me llamaron al trabajo desde el colegio. Eran cerca de las seis de la tarde y estaban sorprendidos, ya que Lola no había ido a recoger a Manuel y no lograban localizarla en casa. Me asusté. Fui a por el crío, lo dejé en casa de mis padres y me marché corriendo a casa, preocu­pado. Efectivamente, Lola no estaba allí. Tardé cerca de tres horas en dar con ella. Era noche cerrada. La encontré sentada en el banco del parque de un pueblo, con la mi­rada perdida, tan asustada, como una niña pequeña. Lo recuerdo perfectamente. La llamé y giró la cabeza. Esa fue la primera mirada de muchas que recibiría a partir de ese momento. Lola no me reconoció, no sabía quién era. Le cogí la mano con suavidad y la posé sobre la mía, tran­quilizándola. De repente, como un calambre, recuperó la consciencia y recordó: a mí, a ella, a los dos. Entonces, el susto se convirtió en miedo, como pasaría siempre en cada ataque. Yo tuve que asumirlo y Lola lo olvidaría para volver a recordarlo todas y cada una de las veces.

Cuando una enfermedad irrumpe en la vida de al­guien, no sirve de nada pensar en la culpa. Hay enfermedades evitables, por supuesto, pero una vez llegan el hecho de pensar en qué podría haber pasado, en qué po­dríamos haber hecho de esta o de esa otra manera para evitarlo, en por qué no nos ha pasado a nosotros en vez de a los que queremos y necesitamos cerca, es inútil e inclu­so dañino. A veces es pura lotería genética y otras veces es una respuesta del propio cuerpo ante situaciones que no logramos controlar, como si el cuerpo dijera «basta» y enfermara de preocupación, de tristeza, de cansancio, de emoción mal gestionada. Un enfermo se preocupa por la salud de los que le rodean antes que por la suya. El acom­pañante sólo se preocupa por la del doliente, olvidando la suya, agravando sin querer la preocupación de su com­pañero. A mí, con el tiempo, la enfermedad de mi mujer me enseñó a ser más consciente de mi propia salud, de lo importante —y difícil— que es mantenerse estable mientras la persona que más amas en el mundo se desequilibra.

Me preparé para convivir con Lola y su Alzhéimer precoz. La vida nos cambió los papeles: todo lo que ella empezaba a olvidar, yo comencé a aprenderlo. Lo hice con cariño, con paciencia, con toda la información que pobremente sabía. Cada mañana le daba su medicación, preparaba la comida y llevaba a Manuel a clase antes de que llegara mi madre para que pasara con Lola la mañana y yo pudiera irme a trabajar. Fue en esa época en la que me di cuenta del trabajo tan duro que había realizado mi mu­jer sola todos esos años. Ella y todas las demás: mi madre, mi hermana, mis vecinas. Yo había dado por cumplido mi deber para con la familia con mi trabajo de policía. De alguna manera, lo sentía sobradamente realizado, ya que era yo el que llevaba el sueldo a casa. Eso me convertía en alguien más importante dentro del núcleo familiar. Sin mí, todo se iría al traste. Pero no me había parado a pensar que mi labor tenía un horario de comienzo y de fin y que el de mi esposa, en cambio, nunca terminaba. ¿Cuándo descansaba ella? ¿En qué momento del día podía parar y desconectar de verdad, como el que sale del despacho y echa la llave, si su tarea —cocinar, limpiar, planchar, hacer las cuentas— no acababa nunca, era diaria, era constante? ¿De qué modo se sentía Lola valorada si nadie en el mun­do reconocía su trabajo, ni económica ni socialmente? Lo peor no es que no se lo reconocieran, sino que se asumía como algo obligado, esperado por ser mujer y por ser es­posa. De nuevo, el destino que nadie se atreve a reescribir.

Los primeros años fueron duros. Asumir que mi mu­jer se iba poco a poco de los lugares en los que aún nos re­conocíamos fue tan doloroso como la pérdida de mi hija. Al principio, la cocina se me resistía, el polvo se acumu­laba y algunas cuentas no cuadraban. Pensé en todas las amas de casa que hacen frente a situaciones similares y cuyas casas siguen impecables. A mí la mía se me caía encima, todo era un desastre y yo no sabía cómo hacer bien las cosas. Estuve a punto de tirarlo todo por la borda, de abandonarme a mí también, de dejarme ir con ella, con ellas. Pero Manuel merecía un padre despierto, capaz de armarse y cuidar de él, y de dejar cuidarse, también, así que aprendí de todo lo que Lola me había enseñado sin pretenderlo y tiré para adelante. Nuestro hijo era el único sitio en el que Lola y yo existíamos y que no iba a desapa­recer. Era mi responsabilidad y debía cuidarlo.

Forzado por la situación, aprendí en los años que duró la enfermedad todo lo que a ella se le había dado como asumido. No tuve que pedir ayuda a nadie. Manuel, ya mayor, cocinaba conmigo y me ayudaba en el aseo a su madre. Había heredado de Lola la pericia con los números y entre los dos nos hicimos cargo de la economía fami­liar que tan bien había llevado mi mujer. Quisimos a Lola como nunca, tratamos de hacer del mundo que ya le era extraño un lugar confiable, cómodo, seguro.

Mi Lola se fue, años después, sin hacer ruido. Nos dejó un poso de calma, la que nunca perdió hasta que llegó la enfermedad. Tristemente, me enseñó a ser padre cuando ella no pudo seguir siendo madre. Me enseñó a ser marido cuando ella no pudo seguir siendo esposa. Me enseñó todo lo que ella desaprendió. Me enseñó, también, a valorarla, a reconocerla, a poner en valor su vida desde que el médico le dijo a su madre: «Es niña». Me enseñó que hay cosas que ni se ven ni se perciben, sólo se obser­van si uno quiere. Me enseñó a vivir despierto. A amar despierto, con toda la importancia que eso tiene.

Es así. Mi Lola sólo ocurrió una vez, pero dentro de mí es para siempre.

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Coordinadora editorial: Rosa Montero. Autoras: Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia Piñeiro, Marta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón. TítuloHombres (y algunas mujeres). Editado por Zenda con el patrocinio de IberdrolaDescarga gratuita en Amazon.

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