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El coprotagonista, de Vanessa Montfort

El coprotagonista, de Vanessa Montfort

Un relato turbio, una inversión perversa del mito de Pigmalión: así define Rosa Montero en su prólogo El coprotagonista, de Vanessa Montfort. A continuación lo reproducimos.

Hombres (y algunas mujeres) es un libro no venal editado por Zenda con once cuentos extraordinarios de escritoras hispanoamericanas que celebran el 8 de marzo, día internacional de la mujer.

En este volumen, ideado, coordinado y editado por Rosa Montero, participan Elia Barceló, Nuria BarriosEspido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia PiñeiroMarta Sanz, Elvira SastreKarla Suárez y Clara Usón.

 

Has dejado el platito suelto de la vajilla antigua sobre la cómoda de la entrada para que lo vea nada más abrir la puerta con todo lo necesario para la operación: cortaúñas, alcohol, lima de tres grosores, aceite de coco, algodones para separar los dedos, enduceredor, laca negra y esmal­te muy brillante. Nunca sabrás que me ha provocado un terror parecido a cuando era niño y encontraba el plato que mi madre preparaba al practicante: inevitable, inelu­dible, inapelable, fatal sentía que era mi destino… Todo ello también te define a ti puesto que en mi destino te has convertido.

Querías dejarme claro que sabías que iba a volver. A aceptar este pacto grotesco. Que nunca encontraría la puerta de salida. No tuviste ninguna duda. Nunca dudas, en realidad. En nada. Profesionalmente, emocionalmente, existencialmente. ¿Cómo iba a hacerlo un demiurgo ante un mortal?, ¿un director ante un actor?, ¿un alpha ante un omega? No, no está en tu naturaleza. Me he sentado en la cama a contemplar uno a uno los dibujos exóticos de los cojines que escogiste de un solo vistazo cazador, sobre los que te recostarás en un rato mientras te hago la pedicura. Y me darás instrucciones precisas. Como el día en que nos conocimos.

Siempre me ha parecido curioso recordar el momento en que conoces a alguien. Porque no lo conoces. Ni lo harás en mucho tiempo. O nunca. Dicen que sólo necesi­tamos siete segundos para hacernos un primer bosquejo de la persona, y un minuto y medio para comunicarnos. Y una mierda. Ese es el tiempo que necesitamos para empe­zar a inventarnos al otro, en todo caso.

Cuando caminé hacia el interior de la sala de ensayos estaba más nervioso de lo habitual. El éxito hace que pier­das práctica en algunas cosas, como ir en metro, consultar los extractos bancarios y acudir a pruebas. Hacía mucho tiempo que los trabajos me llegaban por una llamada de teléfono y que nadie me felicitaba por ello. Se daba por hecho porque siempre eran el mismo papel, de alguna for­ma. Mi agente tuvo la culpa. A partir de ahora mi carrera podía dar un giro: le has gustado mucho, Antonio, mucho, me lo ha dicho la productora, y repitió mucho, mucho, mucho, varias veces. Luego continuó entredientes como si hubiera una letra pequeña, minúscula incluso, y me explicó que a Viola Kerr le gustaban los casting, también cuando se trataba de actores de “mi calibre”. Necesitaba vernos en acción. Trabajar con ella era una cuestión de prestigio y tenía sus métodos. Yo sólo respondí que me parecía extravagante en mi posición pero, en fin, ella era la estrella, demiurgo e hija de su propio dios. Ella, la artista integral: autora, directora, intérprete y orquestadora de su propio universo en busca y captura de su coprotago­nista en el Olimpo. Sólo esperaba que no fuera decepcio­nante. A menudo, los mitos, lo son.

Lo cierto es que me había olvidado de esa oscuri­dad. La nada aséptica, inestable sobre la que caminas en una prueba. La sala era, como siempre, innecesariamen­te grande: una primera declaración de intenciones de la magnitud del espectáculo y, tras la mesa de dirección, pude verte por primera vez, alumbrada por una ridícula lamparita que ofrecía sólo fragmentos cubistas de tu ros­tro: el garabato de unos labios tensos y rojos, el pelo fosco podado en forma de pirámide, los ojos no, tus ojos per­manecían al abrigo de una estudiada sombra. Con el dedo índice estabas arrancándote la laca de la uña del dedo pul­gar. A derecha e izquierda, asistente y productora, como dos perros rabiosos y leales. La primera, una sombra lán­guida con un rojo de labios corporativo, que imitaba el tuyo; la segunda, pantalón militar, cuello grueso y aires de francotirador, apostada tras una cámara encendida.

El silencio se hizo sólido.

Al rato, cuchicheaste algo a tu asistente sombra y ésta escribió a cámara lenta en su libreta.

—Buenas tardes… —mi garganta era un desierto—, ¿hay algún texto que deba…?

—No, Antonio, gracias —me cortó tu voz limpia de bisturí, y sólo entonces la luz hizo brillar el acero de tus pupilas.

Levantaste el cuerpo de la silla hueso a hueso, cami­naste hacia mí con pasos de jirafa y por primera vez me llegó tu olor a almizcle.

Viola Kerr me estaba mirando y eso suponía existir.

El César capaz de decidir el destino de un gladiador, Medusa a punto de transformarme en sal o Selene otorgándome el sueño eterno, pero la gran dama del teatro había posado sus ojos sobre este mortal.

—Encantada… Marco —respondiste, bautizándo­me para siempre con el nombre de tu próximo y esperado personaje.

Y me ofreciste tu mano con tal solemnidad que es­tuve a punto de besártela. Sin embargo la estreché con delicadeza y tus cariátides aplaudieron con un contenido entusiasmo. Antes de despedirnos sólo dijiste:

—Vas a tener que trabajar mucho —frotaste tus pal­mas contra el pantalón negro—. A Marco Villar no le su­dan las manos.

El día del primer ensayo fue desconcertante. Un cole­ga me había recomendado unas toallitas de farmacia que inhiben el sudor y fui en el taxi frotándome las manos todo el camino como un imbécil. Incluso ensayé cómo darte la mano. No me habían enviado aún el texto así que me sentía como si fuera a embarcarme en un océano desconocido sin GPS. Según mi agente, Viola quería traba­jar con improvisaciones. Nunca he discutido los métodos de un creador. Corres el riesgo de que te respondan con una cita de Eva al desnudo: “¿Cuándo se dará cuenta el piano que no escribe el concierto?”. La convocatoria era a las cuatro de la tarde y a esa hora estaba clavado en la puerta del teatro. Era un lunes con el aspecto apocalípti­co de un día de descanso: las puertas de madera cerradas a cal y canto, un par de furiosos mendigos discutían re­fugiados bajo la marquesina por un saco de dormir, una vendedora de lotería ciega y obesa me chilló que me daba un premio. Pero yo ya tenía el mío. Qué suerte…, habían coreado mis compañeros antes de abandonar la sala de es­pera del casting arrastrando los pies, qué suerte que Viola se había fijado en mí.

Recibí un mensaje en el móvil. “Viola pregunta si te has olvidado del ensayo”. En ese momento confirmé angustiado en mi agenda la dirección: Plaza de las Des­calzas, 9. Mierda. Por lo menos estaba cerca. ¿Por qué había dado por hecho que era en el teatro? Cuando llegué a la dirección crucé una cochera antigua y un patio con olor a cocido en el que una anciana con muletas cacareaba con el portero. ¿A qué piso va?, preguntó el hombre con pocos modales. Dudé unos segundos. ¿Era un piso? Le contesté que tenía una cita con Viola Kerr. El portero me pasó revista como si necesitara su aprobación y llamó a “la propietaria”, por su versión automática. Se encendió un piloto azul que indicó que nos observaba. Cuando pasé esa segunda prueba me pareció que el portero y la vecina intercambiaban una mirada maliciosa.

La puerta estaba entreabierta y era extrañamente larga y alta, como hecha a la medida de su dueña. Te encontré sentada en el salón, sobre una butaca de raso azul con for­ma de concha que subrayaba tu aspecto mitológico y ves­tías de negro de pies a cabeza como si fueras una bailarina en un descanso. Tus sesenta flexibles años te permitían tener una pierna cruzada sobre la otra en un nudo impo­sible. La punta de uno de sus pies descalzos casi rozaba la alfombra como si no te decidieras a probar un agua demasiado fría. Dijiste:

—Siéntate, Marco…

Y al pronunciar su nombre y no el mío, diste por co­menzado el ensayo.

—¿Esperamos a alguien más? —dije, animado y di un paso adelante alargando la mano.

—No —respondiste, y yo frené en seco. Derramaste té en un vasito árabe de cristal pintado—. No quiero que nadie nos desconcentre, por ahora —levantaste la tetera, que tosió un vapor perfumado—. ¿Quieres?

—No, gracias —un paso atrás y quedé encajado en un puf que ventoseó ridículamente—. Soy más de café que de té.

Tú frunciste los labios, dos pétalos secos de rosa, y anunciaste:

—Qué extraño… Marco adora el té.

Te observé durante unos segundos tratando de desen­criptar tu juego. Cada autor tenía sus obsesiones; cada director sus métodos; cada actriz sus manías; y tú formabas esa trinidad. Paciencia. Me mirabas retadora y tu cuerpo se había tensado como el de un depredador cuando no sabe si abalanzarse o no sobre su presa. Por un momento sentí que podías despedirme, hacerme desaparecer como un mago, borrarme del mundo por completo. Decidí alzar mi vaso y me serviste complacida sin perder de vista mis ojos. Bebí el té disimulando las arcadas que me provoca el agua caliente desde niño.

No, no necesitábamos a nadie más, aclaraste, sólo tú y yo, Marco, el espectáculo, en realidad, éramos nosotros. Los demás eran nuestra pequeña comparsa. Aquello me halagó pero no te lo dije.

Pasaron las horas como fantasmas de un tiempo que ya no era nuestro. Le pertenecía a nuestros personajes. Mientras leía mis parlamentos de cada hoja que escupía tu impresora, me contemplabas como Dios habría mirado a Adán, tanto que me sentía violento y me costaba concen­trarme. Hasta que dijiste:

—Esto no está funcionando, Marco, relájate —te acercaste a mí, levantaste mi barbilla con tu dedo índice—. No tienes ni idea de hasta qué punto eres él, ¿verdad?

Y me besaste. Con la complejidad que encierra un beso que no viene a cuento.

—El próximo día tendremos que besarnos —anun­ció—. Y no me gusta cómo sabes. Marco fuma esto —y me tiraste una bolsa de maría.

Era cierto, no lo sabía aún, aunque durante nuestra tercera sesión fui haciéndome a la idea de hasta qué punto me habías escogido. Antes de subir me fumé un porro. Me los había hecho en casa torpemente, nunca te dije que no fumaba, ni siquiera en la facultad, y que la mariguana me marea. La calefacción de tu apartamento era sofocante y sólo llevabas una camiseta interior negra sin sujetador que me dejó ver por primera vez los exagerados huesos de tus clavículas, los pezones puntiagudos y cabizbajos. Estabas nerviosa porque no te gustaba el cartel que habían diseñado para la función. Llamaste a tu asistente. Era la­mentable, te escuché decir afilando la voz como el cuchi­llo de un carnicero. Apoyada en la barandilla del balcón, proseguiste sin piedad: sólo una lerda podría haber dejado pasar ese poster. Y luego, al colgar, a mí, en un tono más dramático:

—No te hace justicia, Marco…, tú nunca sonríes en las fotos. Pareces estúpido.

Y supe que no era cierto, yo sonrío siempre, pero a partir de ese momento traté de agravar mi semblante a toda costa. Mi mente se convirtió en una máquina de abortar sonrisas y ensayaba frente al espejo todo un catá­logo de gestos ceñudos e interesantes.

Los días que siguieron nunca llegó la escena del beso pero su expectativa hizo que contemplara absorto tus la­bios mientras corregías la entonación de cada uno de mis parlamentos. Cada palabra que colabas en mi boca la degustaba como una sagrada forma, comer tu cuerpo, beber tu sangre, me hacía sentirme más inteligente, más seguro, especial, hasta que llegamos a lo que llamaste “un punto de giro trascendente”:

—Aquí los protagonistas comienzan una relación dolorosa.

Te levantaste para calentar tu cuerpo como una atleta.

—No entiendo por qué tiene que haber dolor —le dije, deseando que mi demiurga cambiara el destino de nuestros alter ego—. Por qué no pueden amarse sin más.

Me miraste desde muy lejos a pesar de que te habías dejado caer en el sofá de enfrente.

—¿Qué quieres decir con amarse? —te reíste, casi despreciativa—. ¿Cómo explicarte…? Desnúdate.

Aunque el resto de mi cuerpo se quedó inmóvil ante la sorpresa, parte de él respondió por mí y tuve una erec­ción inmediata, imposible de disimular. Tú, aún sentada, me atrajiste hacia ti, agarrándome de los bolsillos de mis pantalones y de un tirón diestro quedé desnudo de cintura para abajo, como si hubieras despellejado a un conejo. Durante horas pellizcaste, arañaste y cabalgaste mi cuer­po, hasta que sentí que podía desfallecer.

—Eres patético —dijiste sacándome de tu cuerpo cuando el mío ya no reaccionaba—. Marco tiene que ser un animal.

Yo te observaba exhausto intentando reanimarme; quería decir cada una de las líneas que querías escuchar; captar todos los matices que exigías a mi comportamiento.

—Quiero estar a la altura de tu coprotagonista. Dime qué tengo que…

Entonces me abofeteaste. Las lágrimas, por la violen­cia y la sorpresa, se asomaron a mi rostro.

—¿Estás temblando? —te alzaste de pie y desnuda.

—¿Por qué…?

—¿Es que no vas a devolvérmela? —tu voz era fría como la de una estatua—. Marco lo haría.

Tu olor a almizcle se hizo insoportable. Me gritaste que no me esforzaba lo suficiente. Que no, que te habías equivocado, que nunca estaría a la altura. Lamiste mi cara grotescamente, colaste tu cabeza entre mis muslos y me mordiste. Chillé de dolor. Y entonces sí, te abofeteé, con tal furia que acabaste derrengada sobre la alfombra como una muñeca rota. Un riachuelo de sangre se deslizó desde tu nariz hasta la desembocadura de tus labios. Gateaste hasta mí y en ese momento, me besaste por primera vez.

—Esto es lo que pretendía explicarte —te incorporas­te con esfuerzo—. Así saben sus besos.

Durante aquel mes de ensayos dejé de dormir. Mi vida entera era un paréntesis vacío hasta llegar a tu casa. Un día decidiste que me encontrabas ridículo con mi ropa y me pediste que vistiera siempre con la que me habías comprado; me confiscabas el móvil antes de cada sesión; dependiendo de la escena que ensayábamos a veces pasábamos al sexo sin más preámbulos, otras me prohibías que te tocara y mientras soltaba los parlamentos que me habías preparado, casi todos diálogos de pareja, a veces interesantes, otros intrascendentes y cotidianos, hacía la­bores domésticas: preparaba unas tostadas con aguacate, te hacía la pedicura, o te daba una conferencia sobre un autor teatral de tu gusto. Tuve que aprender qué aceites de gustaban, el de coco era para tus pies, el de argán para relajar tu espalda…, memoricé tus horarios para respetar tus horas de sueño, aprendí a discutir en un tono apropia­do, a llegar a las manos cuando me lo demandabas y a pedirte perdón dramáticamente hasta humillarme. Mar­co era un personaje muy complejo al que a menudo no comprendía pero al que no podía cuestionar ni una sola reacción o palabra sin que tu mirada de decepción me resultara insoportable: así que terminé por acatar tus nor­mas sin rechistar hasta el estreno. Pero también, secreta­mente, empecé a odiarle. Profunda, visceralmente. Por cómo le mirabas. Por cómo apretabas sus glúteos contra ti. Por cómo le necesitabas. ¿Sentirías lo mismo alguna vez hacia mí? Pero, a pesar de estar dando alas a mi rival, quise darte ese regalo: crear el Marco que parió tu ima­ginación, con la esperanza, supongo, de que me amaras por eso.

Hasta que llegó el día en que pediste que se nos uniera el actor secundario. Su personaje era un estúpido, me habías dicho. El clásico tipo sin conversación, que se echa un bote de una colonia que no le pega y juega al squash. Por eso no lo consideré un peligro. Cuando llegué esa tar­de ya estaba en tu casa, sentado en el sillón en el que solía sentarme y tú a su lado, subrayándole el texto del día. El salón entero olía a él.

—Este es Daniel —me dijiste, recogiendo las piernas en el sofá, a su lado, en un gesto que yo ya sabía interpretar.

Estreché su mano y cuando te fui a dar un beso en los labios, me ofreciste la mejilla. En esta escena nosotros no nos tocábamos.

—A Marco le gusta hacerme estos regalos —eso dijiste.

Al actor secundario del que nunca supe el nombre pareció divertirle la situación. Era veinte años más joven que yo y treinta más que tú. Su brioso rodeo sobre tu cuerpo, machacón y sin técnica, no fue un espectácu­lo del que hubiera cogido primera fila. Pasé de las ganas de abrirle la cabeza a sentir náuseas. A la mitad de la se­sión hice un amago de levantarme pero abriste los ojos y me susurraste que a Marco le gustaba mirar.

Cuando terminó el ensayo, la habitación era un campo de batalla desasosegante. Recuerdo tu ropa por el suelo, los condones flotando en el wáter, la madrugada destem­plada, la música desafinada y tú…, aún desnuda y pálida, caminando por la habitación, a media luz, la carne de tus muslos moviéndose como una gelatina mientras buscabas tu ropa… Estaba tan mareado que cuando te volviste tuve la sensación de que el dragón bordado de la bata te trepaba por la espalda. Y entonces me atreví a suplicártelo: que no volvieras a hacerme pasar por eso, que no podría sopor­tarlo. No te giraste pero tu voz llegó hasta mí de puntillas.

—No sé de qué estás hablado. Eres tú quien me lo ha pedido.

El texto final no me lo entregaste hasta tres días antes del estreno y admito que tuve miedo. Mucho miedo. Pero para mi sorpresa, en él no se explicitaban las escenas que habíamos improvisado en tu casa. Dijiste que la violencia, la sangre y el sexo eran poco escénicos y el público muy convencional, pero que la intensidad de lo que ha­bíamos trabajado debería fluir bajo las palabras como un río subterráneo. El actor secundario me lanzó una mirada chulesca desde su camerino compartido antes de que yo cerrara la puerta del mío. El resto me deseó mucha mierda y alguno reiteró la suerte que había tenido. Trabajar con Viola Kerr debía de haber sido apasionante.

Tú estabas en el camerino de enfrente. Habías puesto música, un concierto de violín que sonaba a ruso. Antes de salir a escena llamé a tu puerta y abrí. Estabas descan­sando en el sofá con los pies apoyados en un taburete. Me miraste con aquel gesto deslumbrado de quien admira a su propia obra en movimiento, y ensayé mentalmente cómo decírtelo: que te detestaba tanto como te amaba, desespe­rada, brutalmente. Que necesitaba que me conocieras de verdad.

Pero tú te anticipaste cogiéndome la mano con una sonrisa que me pareció tierna:

—¿Sabes de lo que me acabo de dar cuenta?

—Lo sé, mi Viola, por eso venía a decirte…

—Sí, que no te ha dado tiempo a hacerme las uñas. Qué fallo.

Hubo un silencio que rompió la campana de comien­zo del espectáculo.

—Quiero que me llames Antonio, ahora —cogí aire—, para desearme suerte.

Levantaste la vista y te soltaste de mi mano:

—¿Y por qué iba a querer llamarte por un nombre tan mediocre?

Algo me estalló por dentro. Me imaginé agarrándo­te por el cabello hasta levantarte de la silla mientras mi voz rota se estrellaba contra las rocas impenetrables de tus oídos: me llamo Antonio, me llamo Antonio, entérate de una puta vez, y no, no me gusta abofetearte, ni que me humilles cuando no se me levanta, no me gusta mirar, ni que te rías de mis celos, me llamo Antonio y me sudan las manos y no me gusta la mariguana, ni cocinar y quizás tampoco me gustes tú, jodida loca, ni el olor que despren­de tu cuerpo cuando está abierto. Quizás a tu Marco sí, quizás a él.

No abrí la boca. Fui consciente de no tener un buen personaje que ofrecerte para sustituir al gran Marco Vi­llar. Mi vida no tenía un gran argumento. Ni yo un mejor discurso. Tú me observabas indiferente, anclada a la ob­viedad de tu silencio. El murmullo de panal del público se fue extinguiendo en la sala. El mundo se detuvo por una fracción de segundo hasta que el regidor me tocó el hombro, ¿es que estaba sordo? Fue entonces cuando fui consciente de que llevaría un buen rato voceando mi nom­bre y no fui capaz de reconocerme en él. Una poderosa luz cenital fue la escogida para alumbrar a Marco Villar sobre el escenario.

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Coordinadora editorial: Rosa Montero. Autoras: Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia Piñeiro, Marta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón. TítuloHombres (y algunas mujeres). Editado por Zenda con el patrocinio de IberdrolaDescarga gratuita en Amazon.