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Lorenzo Silva

Retratar a Lorenzo fue un placer. Pude disfrutar de una maravillosa charla sobre libros y su profesión.

Conocer más a la persona que esta detrás de esas grandes historias fue un privilegio, así como disfrutar de su biblioteca y su gran amabilidad.

Para saber más sobre Lorenzo:

Lorenzo Silva nació en Madrid en 1966 y se licenció en Derecho por la Universidad Complutense. Inició su carrera como auditor de cuentas y ejerció la abogacía durante doce años. Como novelista, quedó finalista del Premio Nadal en el año 1997 (con La flaqueza del bolchevique) y recibió el Premio Ojo Crítico en 1998 (por El lejano país de los estanques, primera de la saga de los guardias civiles Chamorro y Bevilacqua), el Nadal en 2000 (por El alquimista impaciente), el Primavera en 2004 (por Carta blanca) y el Planeta en 2012 (por La marca del meridiano, también distinguido con el Premio de la crítica de la Comunidad de Madrid). Como autor de literatura infantil y juvenil ha obtenido el Premio Destino Infantil Apel.les Mestres 2002-2003 por Laura y el corazón de las cosas (ilustrado por Jordi Sabat) y el Premio La Brújula 2013 por la novela Suad (coescrita con Noemí Trujillo). Como ensayista obtuvo el Premio Algaba 2010 (por Sereno en el peligro: La aventura histórica de la Guardia Civil) y es autor de un estudio sobre el Derecho en la obra de Kafka, dos libros sobre el antiguo Marruecos español y coautor de un libro sobre la intervención española en Irak y otro sobre la lucha de la Guardia Civil contra ETA. Varios de sus 68 libros publicados han sido traducidos a doce idiomas. Colabora en prensa y radio con reportajes, artículos literarios y columnas de opinión. Como guionista de cine fue nominado al Goya 2004 por La flaqueza del bolchevique y como guionista de televisión es coautor de 20-N: Los últimos días de Franco, premiada por la Academia de Televisión de España como la mejor TV-movie del año 2009. Desde 2008 es comisario del festival Getafe Negro.

Desde 2010 es guardia civil honorario y desde 2014 cronista de la Villa de Getafe. En 2014 recibió el Premio de Cultura, en la modalidad de Literatura, de la Comunidad de Madrid, y en 2017 la Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo, también concedida por la Comunidad de Madrid.

Nos recomienda estos libros a los lectores de Zenda:

EL INFIERNO TAN TEMIDO

Juan Carlos Onetti

Compré este libro en el mercadillo de Tristán Narvaja de Montevideo. Es, que yo sepa, la primera edición uruguaya en libro del relato que le da título, una historia turbia y magnética de amor, deseo, traición y locura. Tiene la mejor descripción del amor incondicional que he leído nunca: «Todo, absolutamente todo puede sucedernos y vamos a estar siempre contentos y queriéndonos. Todo; ya sea que invente Dios o inventemos nosotros». Que luego la historia lo desmienta es lo de menos: Onetti era un maestro de la literatura y sabía que decir las cosas con belleza y precisión las hace existir, aunque no existan fuera de la página.

Tiene el cuento además uno de esos títulos que muestran hasta qué punto supo Onetti afinar la cuerda del español, o castellano, la lengua en la que también este lector sueña y escribe. Ha sido y será una referencia, en sus cuentos, sus novelas y cualquiera de sus textos misceláneos desperdigados por ahí. Siempre tenía una personalidad rotunda e infalible. Siempre era oscuro, amargo, desesperado, y sin embargo alimenta en mí, paradójicamente, las ganas de vivir y escribir. Este modesto librito de edición humilde es, por ello, una de las joyas de mi biblioteca.

HISTORIA DE LAS GUERRAS

Procopio de Cesarea

Procopio era jurista, consejero del famoso conde Belisario en las guerras que este emprendió por cuenta del emperador Justiniano, a quien debemos que el derecho romano se conservara con la integridad suficiente como para seguir siendo sustancialmente el nuestro. Quizá siento una conexión especial con él por su mente adiestrada en la interpretación y la crítica de las leyes, tarea que a mí también me tocó un tiempo, pero sobre todo la siento por su condición de testigo escrupuloso y artesano esforzado y sutil de la memoria de cuanto le fue dado conocer.

Asistió Procopio a hechos de alcance trascendental para la conformación del mundo de su tiempo y en última instancia del nuestro —vivió y escribió cuando se dibujaban a sangre y fuego las líneas primordiales del mapa de la Europa que tenemos hoy—, cuya memoria se ocupó de acopiar en un vibrante relato literario que se hace cargo de la complejidad de la condición humana y del desastre y el prodigio que desencadenan los hombres en sus pugnas y afanes. Leer los cuatro tomos —ocho libros— de la Historia de las guerras, que narra los enfrentamientos de los ejércitos de Justiniano con godos, vándalos y persas, es hacer un verdadero máster en el arte de contar. En su griego de elegantes resonancias áticas, Procopio recoge la herencia de Heródoto y Tucídides y la enriquece con la mirada de un griego del siglo VI, nacido en Palestina y al servicio del imperio romano de Oriente, que sabe de la miseria final de Grecia, de la gloria y el hundimiento de Roma, y de los apuros con que Bizancio trata de recuperar y mantener en alto el legado de ambas en un mundo que resbala hacia el caos y la oscuridad.

Sabe situarnos en el contexto, acierta a identificar las grandes fuerzas que actúan sobre los hombres que luchan y mueren, y logra acercarnos a la peripecia de los individuos con justeza y emoción, sirviéndose de sus propios discursos. Ensarta en su relato decenas de historias memorables, como la de la princesa de los angilos que acudió con una flota y cien mil guerreros a hacer cumplir por la fuerza su promesa de matrimonio al príncipe franco que la desairó. O la del anciano Besas, que con más de setenta años —edad fabulosa para la época— encabezó en persona el asalto contra la fortaleza persa de Petra. O la del expolio del mausoleo de Adriano, actual Castel de Sant’Angelo, cuyas estatuas arrojaron sobre los godos los bizantinos atrincherados en él durante uno de los asedios de Roma porque no tenían otra cosa con la que defenderse. O la de cómo Belisario convenció al godo Totilas de no arrasar Roma, antes de abandonarla a los bizantinos, porque en ella había un legado de grandeza y belleza para la posteridad — y esto en el siglo VI, es decir mil quinientos antes de la UNESCO—. O en fin, la desdichada epopeya de Gelimer, el último caudillo de los vándalos, que vivía con refinamiento exquisito en Cartago, donde tras mucho errar él y los suyos habían encontrado el paraíso, y que hubo de ver cómo Bizancio deshacía su sueño y aniquilaba a su pueblo.

Estando acorralado en una montaña, expulsado ya de Cartago, escribió Gelimer una carta valerosa y desgarradora a Faras, el general hérulo que mandaba las fuerzas bizantinas. En esa carta, recogida con todo detalle por Procopio, declina el último rey de los vándalos rendirse —o lo que es lo mismo, salvarse al precio de ser siervo de Justiniano— y sólo pide una hogaza de pan para saciar su hambre, una esponja para aliviar el dolor de su ojo inflamado y una cítara con la que poder acompañar los versos que ha compuesto acerca de su desgracia. Que las más sublimes páginas de su Historia las dedicara al enemigo muestran hasta qué punto era Procopio un narrador superior, uno de esos que en todo tiempo escasean.

Conservo estos cuatro libros como el tesoro que son, entre otras razones porque en estos tiempos Procopio no tiene lectores y están descatalogados.

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