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Los collages de una novela

Los collages de una novela

La estación de las mujeres es, de las siete novelas que he escrito, la más inesperada para mí. Comenzó siendo cualquier cosa menos una novela. De hecho, por un buen tiempo, le llamé “la cosa”, porque no tenía forma ni tampoco quería dársela. Fue un texto que surgió de un lugar diferente al de mis otras novelas, uno más libre, más desenfadado, más insurrecto, y que yo necesitaba con urgencia tocar si quería sobrevivir. Nació durante el transcurso de seis semanas en que me instalé en Nueva York para afinar detalles de la traducción y publicación de mi novela Contigo en la distancia en EEUU, pero sobre todo, para huir de la obsesión de un hombre. De hecho, el asunto de la traducción quedó resuelto bastante rápido y el resto del tiempo renté un cuarto próximo a la Universidad de Columbia y me dediqué a caminar sin rumbo, a perderme en la ciudad. Tal vez sobre todo, a perderme de mí misma. Porque si quería que ese hombre se olvidara de mí, primero tenía que olvidarme yo de él. Tomé notas, fotografías, imaginé historias, conversé con desconocidos en bares y cafés, me detuve en las esquinas con la conciencia en blanco, como si todo lo que se presentara ante mí estuviera recién naciendo. Y también muriendo. Porque lo que veía no era el NY esplendoroso de las postales, sino una ciudad donde sus habitantes, venidos de todas las latitudes del mundo, parecían perdidos, como huérfanos. En esos escenarios comenzaron a surgir los personajes. La realidad y la ficción se entremezclaron. Primero apareció Margarita, la chilena varada en una banqueta frente a las puertas de Barnard College, que aguarda ver a su marido —un profesor de física— del brazo de una de sus estudiantes para hacer estallar su vida. Fue en esa misma banqueta de piedra, tallada con los textos de la artista Jenny Holzer, que comenzó mi periplo.

“El cuerpo del otro es un lugar para descansar tu mente. Llega al límite tan frecuentemente como puedas. El asesinato tiene su arista sexual. Morir de amor es hermoso, pero estúpido”.

 

Los textos de Jenny Holzer se volvieron una piedra angular del texto que escribía. Luego surgió Anne, la conserje del edificio donde me hospedaba, una chica gorda y arisca que en mi imaginación lleva prendido un pájaro embalsamado en su solapa y que un día desaparece. Doris Dana, la joven aristócrata estadounidense que se enamora de Gabriela Mistral cuando la poeta va a dar una conferencia a Barnard College en 1946; un amor que florece y luego la asfixia, hasta que decide huir de Gabriela y ocultarse en Nueva York. Elizabeth, una joven de diecinueve años que una tarde de 1946 se escapa de la mansión donde vive con sus padres en Mastic para estudiar literatura en la Universidad de Columbia; en sus lecturas ha atisbado el amor y sabe que entraña sufrimiento, pero está dispuesta a experimentarlo, aunque le cueste la vida. Lucy, la madre de la conserje desaparecida que recuerda la noche en que, dentro de una carpa a las orillas del lago Henderson, hizo el amor con dos hombres y concibió a Anne. Y por último Juliana, la vieja pastelera amiga de Margarita que trabaja en el Hungarian Pastry Shop (el café donde yo misma pasé largas horas) y que busca a una mujer que en su infancia cambió su vida y luego desapareció. Las historias se fueron entrelazando unas con otras de una forma casi azarosa. Y mientras aquel proceso se llevaba a cabo, comencé a recolectar revistas, diarios, cortezas de árboles, piedras, pequeños objetos que encontraba en la calle, con los que empecé a hacer collages. Me di cuenta de que a través de las imágenes podía construir un universo paralelo, un discurso que dialogaba con el texto. El resultado son cuarenta collages compuestos de imágenes y textos que serán parte de un libro de artista y una exhibición el próximo año. Volví a Santiago y sí, el hombre se había desvanecido de mi mente y de mi cuerpo, y pude cerrar por fin todos los canales que lo habían conducido en el pasado a mí. Como Margarita, Doris, Anne, Elizabeth, Lucy y Juliana, me había subido al vagón de un tren sin destino aparente y había encontrado la salida.

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Autora: Carla Guelfenbein. Título: La estación de las mujeres. Editorial: Alfaguara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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