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Los dedos del diablo: La leyenda del rock nació en un cruce de caminos

Los dedos del diablo: La leyenda del rock nació en un cruce de caminos

Esta historia nace en un cruce de caminos en el Delta del Mississipi, a medianoche. Allí tenemos a un músico mediocre, un negro pobre del Sur, nieto de esclavos, que espera impaciente con una guitarra. Alguien, en un antro de carreteras, le ha pedido que lo haga así si de verdad quiere aprender a tocar el blues como los grandes maestros. Y justo a media noche, puntual como una maldición, un hombre bien trajeado se le acerca y le afina las cuerdas sin decirle nada. Cuando el músico mediocre vuelve a su casa de Robinsonville, después de dos años desaparecido, lo hace convertido en un virtuoso. Un hombre celoso de su talento, que toca de espaldas al público para que nadie descubra su secreto. Y si le preguntan quién le ha enseñado a tocar la guitarra de esa forma tan sugestiva, tan hipnótica, responde:

—El diablo.

Así comienza la leyenda de Robert Johnson, el Rey del Delta Blues, el abuelo del rock, que murió envenenado en un antro de carreteras a la edad de los 27 años. Y así comienza también Los dedos del diablo, la novela de relatos encadenados donde narro los orígenes del rock and roll, desde la aparición de los primeros cantantes negros y la irrupción del fenómeno de Elvis Presley, hasta el triunfo de los Beatles, la aparición de los Rolling Stones, de Janis Joplin y de los Doors y el final del sueño del amor libre.

"Pero Los dedos del diablo se hace otras preguntas. Y escarba en otros asuntos más hondos cuando narra los vínculos del rock con la música negra, con el blues y el góspel"

Los veintisiete años de Robert Johnson, enigmático músico de blues convertido en una de las leyendas fundacionales del rock, fueron la edad maldita a la que murieron otros ángeles tocados por un talento infernal y por el fantasma de las drogas; Jimi Hendrix, que invocó al diablo cuando quemó su guitarra sobre el escenario del Festival de Monterrey; Janis Joplin, metamorfosis de Big Mama Thornton, que cantaba blues y era negra, y era gorda, y era fea, pero tenía una voz poderosa; o Jim Morrison, el cantante de los Doors, que antes de morir en Paris, retirado de los escenarios, viajó a España junto a su novia en un Peugeot alquilado para ver el tríptico de El Jardín de las Delicias, del Bosco, en el Museo del Prado, y para seguir, fascinado, el vuelo de un halcón en la Alhambra de Granada.

Todos ellos forman parte de Los dedos del diablo, un libro que empezó a gestarse hace ahora diecisiete años y que por fin llega a las librerías con la apariencia de un doble álbum de canciones y una sorpresa. Y la culpa de todo la tiene Jim Morrison. Allá por 2006, una nueva hipótesis sobre la muerte prematura del líder de los Doors me llamó la atención. Y de ese hilo nació el primero de los cincuenta relatos encadenados (más un bonus track) que forman parte de Los dedos del diablo, editado por Mueve Tu Lengua (la de los Stones…) con ilustraciones de la artista peruana Daniela de los Ríos. ¿Murió realmente Jim Morrison de un ataque al corazón en la bañera del piso que compartía con su novia, Pamela Susan Courson, en el barrio de Le Marais de París? La respuesta está en Los dedos del diablo, seguro, aunque no sea la única versión que circula sobre la última noche de Jim Morrison.

Pero Los dedos del diablo se hace otras preguntas. Y escarba en otros asuntos más hondos cuando narra los vínculos del rock con la música negra, con el blues y el góspel, con el jazz y el r&b, con el hillbilly y el country. Incluso el folk.

Habla del racismo, de los negros linchados en el Sur; extraña fruta que cuelga de los árboles, cantaba Billie Holiday, otra figura trágica que le da sentido al libro.

"Porque el rock es sexo, una moneda que entra en la ranura de una jukebox con todas las connotaciones que tiene ese gesto en el lenguaje callejero"

Habla de mujeres maltratadas, escondidas, que emergen con desparpajo. Ahí está Aretha Franklin, la cantante de Respect, que tenía dos hijos con 15 años. Ahí están Las Ronettes, que se ligan a Los Beatles sin complejos en una fiesta. Y ahí está Priscilla, la niña que Elvis tuvo en barbecho hasta que se hizo mujer. O Marianne, la mujer abandonada por Leonard Cohen tras su historia de amor en una isla de Grecia.

Habla de una revolución cultural, de un cambio de costumbres; Elvis, el eterno Rey, es el fruto prohibido, un sex symbol para las chicas, por fin, al que es mejor enfocar de cintura para arriba cuando actúa en televisión, no vaya a ser que sus movimientos pélvicos inciten a la fornicación.

Porque el rock es sexo, una moneda que entra en la ranura de una jukebox con todas las connotaciones que tiene ese gesto en el lenguaje callejero (que se lo digan a Chuck Berry), un grito de liberación como el estribillo de una canción de Little Richard. El rock es una metáfora del cambio. De la vanidad y del éxito. De la fortuna fugaz. La decadencia. La inocencia perdida. La eterna juventud. Y todo eso tiene un precio. El diablo siempre se cobra sus deudas. Aunque sea en un antro de carreteras, ¿verdad, Robert?

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Autor: Carlos Fidalgo. TítuloLos dedos del diabloEditorial: Mueve tu lengua. VentaTodostuslibros

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