Imagen de portada: La muerte de Séneca, Luca Giordano
Ayer soñé que amanecí en un mundo sin palabras. Fue aterrador. Habíamos perdido la herramienta más poderosa que poseíamos frente al conflicto y nos encontramos de nuevo con nuestro salvajismo elemental, con aquella parte de nosotros que sustituye lo humano. La comunicación se volvió tan básica y primitiva que la realidad se tornaba desconocida cada vez, tan reciente que para referirla había que señalarla con el dedo, al igual que en Cien años de soledad. Sin embargo, como saben, los motivos que merecen la pena no pueden indicarse, razón por la que se escaparon sin remedio amor, verdad, belleza y justicia, entre otros. Nadie podía decirse ahora «soy libre» ni podría experimentarlo jamás. Peor todavía: nunca se podría luchar por ello.
Verán, el poder de las palabras reside en que pueden nombrar lo abstracto. Desde Aristóteles, el ser humano se concibe como un «animal que habla». Su condición es el phoné semantike, es decir, la capacidad de emitir sonidos con significado, que dicen y nombran: una voz que es instrumento del pensamiento. Y pensar, como defendió Gustavo Bueno recordando a Croce, no solo es pensar contra alguien —de manera que afirmar la libertad sería negar las cadenas—, sino que además es el medio perfecto para la imaginación y la creatividad, una forma de caminar hacia el progreso, un modo de ir hacia la utopía que puede y debe ser alcanzada. «La ciencia debe comenzar con los mitos, y con la crítica de los mitos», sostiene Karl Popper. Solo así se comprende que no habría submarinos surcando el océano sin el Nautilus de Julio Verne, ni helicópteros sin la Albatross imaginada en Robur el Conquistador y que encendió la vocación de Igor Sikorsky; tampoco el programa Apolo existiría sin la profunda huella que Luciano de Samósata y la obra de H. G. Wells dejaron en pioneros como Robert Goddard.
Pierre Grimal defiende que, si bien el mythos es narración, el logos es el que otorga razones a lo que sucede en el mundo. No hay dialéctica entonces entre ambos conceptos. El segundo no desplazó al primero. Solo coexisten unidos por el verbo, siendo ambos absolutamente necesarios: el mythos ocupa la inspiración y el logos interpreta la realidad.
No es de extrañar que el poder, como buen sofista, atesore los secretos de la palabra mientras nos roba nuestro derecho a utilizarla, legislando lo que se puede decir, censurando lo que no, desnaturalizando su significado, empobreciendo nuestras dotes comunicativas y limitándolas, por ejemplo, en los caracteres de las redes sociales. La paradoja del lenguaje es que las palabras son necesarias para pensar, pero debemos pensar las palabras para decir. Solo interrogándolas, conociéndolas, evitamos que nos manipulen, nos engañen y nos «ignorantifiquen» como subraya Emilio Lledó.
No es casual el desprecio que sufren las lenguas clásicas. Tampoco que la depauperación del vocabulario se promueva incluso en el ámbito educativo y editorial. Michel Desmurget, en La fábrica de cretinos digitales, ilustra cómo se ha puesto en marcha una enorme operación de reescritura para suprimir o mudar tiempos verbales en «desuso» y palabras que se escapan de lo «ordinario». A veces incluso se procede a la castración y a la deturpación por fines morales e ideológicos: un insulto a nuestra inteligencia, a nuestra esencia pensante y crítica.
Pero el horror y la tiranía tampoco son nuevos bajo el sol. Ya Tucídides nos avisaba de esto: «Cambiaron incluso el significado de las palabras en relación con los hechos, para adecuarlas a su interpretación de estos. La audacia irreflexiva pasó a ser considerada lealtad al partido; en cambio, la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada y la inteligencia capaz de entenderlo todo se consideró incapacidad para la acción. El irascible era digno de confianza, pero su oponente resultaba sospechoso».
Quédense con lo último, la irascibilidad aparece cuando el verbo se extingue, y, con ella, la violencia. Sin un modelo dialógico para resolver conflictos, se impone siempre la voluntad de la fuerza. He ahí el peligro de animalizar al «enemigo», de arrebatarle su derecho a decir y ser escuchado. Y, por si fuera poco, el malo de la película siempre lo decide el interés del que manda. En ese sentido, nadie está a salvo.
Dicho lo cual, es primordial proteger nuestro apero de pensamiento, alimentarlo, ampliarlo, indagar en sus orígenes, bucear en las profundidades de sus formas y conceptos, descender a la Atlántida que guarda todas las respuestas, recordar que la verdad es un acto de desolvido.
Creen, inventen, hablen, escriban, interpreten, lean, imaginen, aprendan, piensen. Hagan lo que sea, pero no dejen al mundo sin palabras. Háganlo por la persona que tienen al lado.


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