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Los Lara, de José Martí Gómez

Los Lara, de José Martí Gómez

Pocas familias han marcado de manera tan notable la vida social y empresarial española en el último medio siglo como los Lara. José Manuel Lara Hernández fundó e hizo de Planeta un gran grupo editorial que llevó, como nadie, el libro a millones de hogares. Su continuidad, fallecido prematuramente su hijo Fernando, recayó en José Manuel Lara Bosch. Este consolidó el grupo editorial, irrumpió en los medios de comunicación y tomó posiciones relevantes en diversos ámbitos empresariales. Su poder económico avanzó en paralelo a su influencia en la España del siglo XXI.

Tan amante del poder como curioso intelectual, su personalidad desbordante se desarrolló en múltiples ámbitos, desde la empresa a la política, de la educación al deporte, o de los medios de comunicación a las instituciones de la sociedad civil. Con su fallecimiento en 2015 se perdió la mirada, a veces impertinente, sobre la sociedad española y catalana de un hombre al que no le gustaba callarse.

El autor de este libro, José Martí Gómez (Morella, 1937), a partir de entrevistas, testimonios y una variada documentación, traza un completo retrato de la vida de los Lara, desde la llegada a Barcelona de José Manuel Lara Hernández al final de la Guerra Civil hasta nuestros días.

Zenda publica las primeras páginas de Los Lara (Galaxia Gutenberg).

Así empezó todo

(José Manuel Lara Hernández)

Del diario inédito de los primeros años de posguerra en Barcelona escrito por la adolescente Carme Ribé, de adulta bibliotecaria en la Biblioteca de Cataluña:

No sé cuántos años debe tener. Infinitamente más que yo, que sólo tengo dieciocho. De momento por lo único que me ha interesado es porque me ha invitado a merendar. Hemos ido a un bar. Él sólo ha bebido. Yo he devorado unos bocadillos. Hacía siglos que no había comido un pan tan bueno. Él ha reído mucho con mi hambre. Ha llegado a Barcelona con las tropas de Franco y me lo presentó un vecino de escalera. Ha hecho unas bromas sobre los rojos que nos mataban de hambre.

[…] Toda la mañana he hecho cola para conseguir un litro de aceite. Mi madre se había levantado a las cinco de la madrugada para coger sitio en la cola y yo he ido a relevarla hasta las nueve. Quizás las cosas se irán normalizando, pero por ahora sólo comen los sinvergüenzas. Yo, que siempre había estado desganada, ahora sólo pienso en el pan.

[…] Los días oscuros, tristes, sin primavera, sin otoño, sin verano. Sólo días de invierno. Un invierno duro, frío, interminable, con continuas restricciones eléctricas.

[…] Hace frío, mucho frío. Mi amiga Elvira va muy poco abrigada. Sus brazos son demasiado largos para las mangas de su abrigo. Elvira tiene sus manos llenas de sabañones. Es larga esta noche, que empezó el 26 de enero del 39. Elvira tiene, como yo, dieciocho años. Tiene ganas de vivir, pero no puede.

[…] Hoy, paseando por las calles, mirando si por casualidad descargaban carbón en alguna carbonería o aceite en algún colmado para de inmediato ponerme en la cola, me he encontrado con Francesca, una compañera de instituto. Al principio no la he reconocido. Iba vestida con el uniforme de Falange. No le faltaba nada: falda negra, camisa azul oscuro, el escudo bordado sobre el bolsillo de la camisa y la boina roja. En un primer momento se ha avergonzado de que la viera con aquel disfraz. Al poco de hablar sobre qué había sido de las amigas del instituto, la Francesca, como si quisiera disculparse ante mí, ha tratado de involucrarme en el cambio de rumbo de sus ideas. «En Falange me pagan un sueldo y siempre tienes algo de comida extra; si quieres yo te avalaré y así podrás ganar algo de dinero y comer un poco más.» Me he sorprendido a mí misma diciéndole que bueno, que sí. Debo de tener mucha hambre.

[…] En la escalera vive una vecina que durante la guerra recibió un comunicado diciéndole que su marido había muerto en el frente. Al cabo de poco tiempo se unió a otro hombre. Ahora ha comparecido el primer marido porque el ejército se equivocó al decir que había muerto. En el piso de la vecina se ha armado un gran escándalo y los dos hombres han llegado a las manos. Como con el segundo no estaba casada pese a haber tenido con él un hijo, la mujer se ha quedado con el hombre dado erróneamente por muerto, con el que sí había contraído matrimonio. El segundo hombre ha dejado el piso soltando improperios a la mujer y al recién llegado y este, una vez se ha hecho dueño del piso y de la mujer a juzgar por los gritos que pegaba, la ha tratado de todo y ha terminado diciendo que con una puta no quería vivir y se ha marchado dejando a la mujer sola con su hijo. Es una historia bestia, escuchada a través del tabique.

[…] Por la noche, después de la triste cena de gachas que hice en casa con mi madre, me fui a la cama y antes de dormirme pensé en la comida a la que me habían invitado al día siguiente dos jefes de Falange para celebrar mi incorporación como camarada. Soñé con pan, no con el incomible pan de racionamiento, sino con el pan que sólo se puede comprar de estraperlo y a unos precios prohibitivos para las finanzas de mi casa. Pero al día siguiente nada más entrar en el restaurante el alma se me ha caído a los pies: el dueño les ha dicho a mis dos nuevos amigos falangistas que era el día del plato único. Toda la noche soñando con esta comida y resulta que hoy es el día en el que se impone el sacrificio de un solo plato a la hora de comer. Maldije mi mala suerte, pero mi disimulado mal humor no duró mucho ya que vi que el dueño del restaurante, que conocía mucho a mis amigos, les hacía un sutil gesto de complicidad y que todos empezaban a reír enseñando los dientes. El camarada Francisco parece que tiene bula para el día del plato único y esa bula se hacía extensiva a los que le acompañábamos. La trampa consistía en servir de todo, pero en el mismo plato. En casa me llamaban nena y hacía poco que en la Falange habían empezado a llamarme camarada. Mientras nos servían fue la primera vez que me llamaron señorita. Me ha sonado raro, pero me ha gustado.

[…] En la casa de mis dos nuevos amigos, Lourdes y Francisco, los dos hermanos que son jefes de Falange, se merienda siempre copiosamente. Cuando me han invitado ya no he tenido que cenar al llegar a casa y así mi madre tiene más comida. Algunas veces incluso he podido robar algún panecillo de estraperlo, el sabroso pan blanco, para llevárselo a mi madre. No me resulta fácil robar ese panecillo. En un momento en el que me dejan sola cojo el pan y lo coloco en el interior de la boina roja que he dejado en un rincón, sobre mi chaqueta. Me da miedo pensar que un día Lourdes o su hermano decidan que la chaqueta es mejor que esté colgada en el perchero del recibidor y que al colgarla caiga el panecillo oculto en el interior de la boina doblada.

[…] Las calles siguen oscuras pese a que la guerra ha terminado. La gente va mal vestida y todavía peor calzada. Eso sí: de tanto en tanto se ven unas personas muy elegantes, señoras con sombrero y abrigo de piel y señores con unas gabardinas estilo alemán que les dan un aire entre marcial y opulento.

A esa Barcelona hambrienta, triste y oscura llegó en enero de 1939 José Manuel Lara Hernández. Entró en la ciudad con las tropas de Franco como teniente de la Legión, trabajó en la Pirelli y se ganó la vida a salto de mata hasta que en 1941 se casó con María Teresa Bosch. Lara siempre explicó que ella le había cambiado la vida.

En De todos los colores, Fabián Estapé rememora sus años jóvenes teniendo como vecina a María Teresa Bosch:

Al finalizar la Guerra Civil volvimos a instalarnos en el paseo de San Juan, 11, principal segunda, pero con gran tristeza por mi parte vi que allí ya no vivía mi amiga de años anteriores, María Teresa Bosch, que sería la esposa del Lara de Planeta. Que recuerde, en mi vida nunca he recibido tantos trompazos como de María Teresa Bosch y su hermana. Tenían dos años más que yo y cuando me sacudían las dos quedaba muerto, todo y que, internamente, me gustaba un poco. Ahora, cuando lo recuerdo, sonrío pero en aquella época sus agresiones no eran tan bien intencionadas como me parecen ahora.

¿Cómo se conocieron la joven Bosch y el teniente legionario Lara? La leyenda dice que paseando por la Rambla de Cataluña vio a dos jóvenes sentadas en la terraza de una cafetería y se enamoró de una de ellas tan pronto vio su rostro. Apoyado en un árbol, sigue diciendo la leyenda, el joven teniente legionario esperó a que las dos jóvenes dejaran la cafetería y las siguió para averiguar dónde vivía la muchacha que lo había enamorado. Las dos chicas vivían en el mismo sitio porque eran hermanas. A partir de ese día Lara trató de saber cosas de aquella mujer que le había robado el corazón sin ella saberlo y, cuando las supo, la abordó. Se llamaba María Teresa. Leyenda o no, así ha quedado fijado en la memoria familiar el momento en el que entró José Manuel Lara Hernández en la mujer de su vida, siguiéndola desde la terraza de una cafetería en la Rambla de Cataluña hasta su casa. El padre de María Teresa, el señor Bosch, catalán educado, culto y discreto, nunca sintió afecto por el apuesto y dicharachero galán andaluz que se llevó a su hija.

Carlos Plaza trabajaba en Buenos Aires cuando conoció a la pareja años después. Germán Plaza, su padre, le había encargado potenciar el mercado de la editorial en Latinoamérica. Planeta y Plaza eran dos editoriales jóvenes que se abrían paso con dificultad. Carlos Plaza y el matrimonio Lara-Bosch conectaron de inmediato. De aquel primer contacto en Buenos Aires Carlos Plaza retiene la imagen de una María Teresa discreta y elegante y de un Lara, así lo siguió viendo con el paso de los años, inseguro cuando estaba fuera de su ambiente. Chocaba escucharlos hablar. El acento tan catalán de María Teresa, tan andaluz el de su marido. Las palabras mesuradas de ella contrastando con el lenguaje chulesco de él.

Así siguieron siendo los dos hasta el final de sus días.

Entrevista a José Manuel Lara Hernández

–¿Cuántas cosas ha sido usted en la vida?

–Muchas. He sido estudiante para cura, carpintero y droguero y estudiante en Madrid. Después me enfadé con mi padre porque quería que regresara al pueblo, a El Pedroso, donde nací el día de Nochevieja de 1914. Me negué a volver y para ganarme la vida bailé con Celia Gámez en una revista. Celia se fue a veranear a Estoril, que era la moda, y me tuve que poner a vender galletas María y en eso vino la guerra. Al acabar, entré a trabajar en Pirelli. Me pagaban bastante bien, pero como yo soy así, cuando me fui a casar dejé el empleo porque sabía que con un empleo estaría toda la vida cortando la pequeña longaniza para que me llegase a fin de mes. Entonces monté las Academias Lara. No tenía dinero y las pagué a plazos. Mi mujer daba clases de Literatura y yo de Matemáticas, que es de lo que realmente entiendo. Las academias no daban para pagar los plazos y ganaba lo que me faltaba para vivir leyendo en los anuncios clasificados de La Vanguardia todo lo que se vendía y todo lo que se compraba y rematando operaciones me ganaba mil, mil quinientas pesetas diarias, que en los años cuarenta no estaba nada mal. El día que tuve que agudizar más el cerebro fue cuando no vi ninguna operación a realizar y necesitando urgentemente dinero compré una máquina de escribir Underwood usada y la vendí a otra casa de compraventa ganando trescientas pesetas en la operación. Cuando llegué a convencerme de que las academias daban mucho trabajo y muy poco beneficio me enteré de que se vendía la editorial Tartessos. Fui a verla y vi que vendiendo parte de los libros a cualquier saldista se sacaba lo suficiente para pagarla. Compré la editorial por 100.000 pesetas, vendí parte de los libros a la Librería Central y con lo que me dieron monté Editorial Lara, que marchó muy bien hasta que con el dinero que gané, para mí mucho en aquella época, unos tres millones, monté un almacén de papel, pero por cosas que pasan en los mercados el papel que se compraba en fábrica a 22,50 en cuestión de días se puso a 11,50 de precio de venta al público y perdí todo el dinero que tenía. Planeta la monté con menos de 100.000 pesetas.

–¿Por qué dejó el seminario?

–Porque no tenía ninguna vocación. Fue cosa de las abuelas. Yo me había escapado, pero me pilló el rector del seminario y me preguntó adónde iba. «A mi casa», le respondí. Me dijo: «Te está tentando el demonio». Le dije: «No, el que me está tentando es usted, que si no fuese así yo ya estaría en la estación».

–Celia Gámez ¿estaba tan buena como se dice?

–Sí. Estaba fenomenal. Era la atracción de toda España y ganaba el dinero que quería, aunque nos pagaba regular. Empezó pagándome diez pesetas por dos funciones diarias y después me subió a quince.

–¿Entiende más de matemáticas que de literatura?

–Indiscutiblemente. Creo que el éxito de la editorial se debió a que cumplió una condición que considero sine qua non: para montar una editorial lo primero que hay que hacer es no tener dinero.

–Vaya…

–Si se tiene dinero hay mucha alegría, se publican libros muy malos y se acaba perdiéndolo todo. Cuando no hay dinero se piensa tanto en lo que se va a publicar que el peligro es muy reducido. El primer libro que publiqué en Planeta fue Mientras la ciudad duerme, de Frank Yerby. Este libro vino a España con el título Débil es la carne en la época en la que no se encontraba carne en los mercados y no sé si la gente se lo tomó como una ofensa, pero el caso es no se vendió ni un solo ejemplar. Cuando leí la obra me di cuenta de que era muy importante, compré los derechos, le cambié el título y se llevan vendidos más de un millón de ejemplares.

–Con la revista Opinión tiene usted asustada a la competencia…

–Estoy asustado hasta yo. Mis cálculos con la revista indicaban que tendríamos que estar dos años perdiendo cinco millones de pesetas cada mes, única manera de hacer una revista digna. Cuando di luz verde para que se hiciera la revista una agencia de publicidad muy importante, sin que Opinión hubiese salido al mercado, nos hizo una oferta de contrato exclusivo de publicación durante cinco años, garantizándonos un mínimo de noventa millones anuales. Esto para mí ya no tiene interés.

–Usted se define como franquista…

–Vamos por partes. Yo he sido franquista, y lo seguiré siendo toda mi vida, porque considero que en 1936 la situación era completamente caótica, no se podía vivir, no se podía hacer nada. Yo, que no me había metido nunca en política, recuerdo que fui con unos amigos a un baile y dijeron «Que pare la música, que entran los fascistas». Se paró la música y nos hicieron la vida imposible. Eso, a mí, que no me he metido nunca en política y nunca aspiré siquiera a ser guardia municipal. La situación era caótica y el único que consiguió aunar esfuerzos fue Franco. Los primeros años fueron muy malos, pero a partir de los años cincuenta las cosas fueron cada vez mejor, hasta que llegamos a un punto álgido y ahora estamos de nuevo empezando la bajada y Dios quiera que esta bajada se pare y que todos unidos volvamos a remontar, porque de no ser así se seguirá bajando hasta que lleguemos de nuevo a la situación de 1936 y haya otro golpe militar. Para quien dude de todo esto voy a editar las memorias del general Mola a su paso por la Dirección General de Seguridad y verán cómo la situación del 36 era parecida a la que se está produciendo ahora. Quizás hoy estemos más preparados y creo que podemos llegar a un acuerdo. En política tengo mucho miedo a los extremos, soy completamente contrario al comunismo, pero también a la extrema derecha, que quizás tenga más responsabilidad que los comunistas porque está más preparada tras haber estado muchos años, miles de años en el poder sin haber sabido hacer las cosas para que vayamos mejor de lo que vamos.

–Con los palos que han recibido los editores durante el franquismo es una ironía que, aunque sea entre comillas, un editor se reconozca franquista.

–Cela y Gironella siempre han dicho una cosa que es verdad: que un escritor tiene que ser, siempre, mucho más inteligente que un censor. Los escritores inteligentes, con buena pluma, han escrito siempre lo que han querido.

–No será tanto…

–Hay que saber contar las cosas. Cuando publiqué Los cipreses creen en Dios nadie se atrevía. La tuvo Destino, la tuvo Ruiz Castillo… Cuando leí la novela me dije: «Adelante, no pasará nada». Ahora esto es de risa, pero en aquel momento…

–Y era un libro, con muchas páginas…

–Sí. Muchas. Me gustan los libros con muchas páginas porque se venden bien y eso da más dinero al autor y a la editorial. Además, siempre digo que quien escribe muchas páginas tiene más oportunidades de decir alguna cosa interesante que el que escribe unas cuantas páginas menos.

–Usted está siempre en los jurados de los premios que organiza.

–Sí. Por la sencilla razón de aprender de las discusiones del jurado aquello que no sé de literatura.

–Lo que nos fascina de usted es que se lleva bien con Emilio Romero y con Ramón Tamames, con Franco y con las autoridades soviéticas. Y con Alberti acaba de firmar la continuación de sus memorias. ¿Cómo logra usted todo eso?

–Siendo honrado como editor. Puedo tener mis ideas políticas, las que quiera, pero si me llega un libro que está escrito correctamente y es bueno no debo fijarme en la ideología del autor. En los años cuarenta me venían novelas en las que todos los de derechas eran unos tíos cojonudos y unos mal nacidos todos los de izquierda. Me negué a publicar ese tipo de libros y recibí muchas presiones de ministros en activo. Pero me negué porque no eran libros justos.

–¿Qué dice la familia de Franco al ver que salen tantos antifranquistas?

–Creo que está tranquila, sobre todo su hija Carmen, que es con la que mantengo contactos, sabiendo que su padre cumplió con su deber. Lo de tanto antifranquista que antes fue franquista, la familia ya se lo imaginaba. He estado últimamente en alguna cena política, porque me han obligado a ir, y me hace mucha gracia ver a tíos que estaban con las camisas azules hasta hace cuatro días y ahora resulta que son de izquierdas. Esto es una cobardía y una falta de seriedad que no se puede admitir. Yo soy de derechas. No soy del búnker, contra lo que ha dicho la BBC, pero siendo de derechas estoy más en contra de la extrema derecha que de la extrema izquierda. Diría que soy de centroderecha, entre Fraga y Pío Cabanillas. Creo que tenemos que dialogar y para ello cada uno de nosotros tiene que estar en la posición que estaba, sin cambiar de camisa.

–¿Por qué dijo la BBC que usted es del búnker?

–Estaban hablando del editor que vendía más en España y Latinoamérica y comentaron que su único defecto es ser del búnker. Cuando le dijeron a Alberti que yo era el único editor que podía venderle bien sus memorias preguntó: «Pero ¿no es franquista?». «Sí», le respondieron. «¿Cómo es posible que cumpla todo lo que pacta?», insistió Alberti. «Pues lo hace», le dijeron. No hay nada que una más a un editor y a un escritor que un gran éxito y sólo los separa un gran fracaso.

–¿Y a un hombre y una mujer qué les une?

–Ahora ya no lo sé. En mis años jóvenes era precioso eso de convencer a una mujer para que se dejase coger la mano, besar… Eso era muy bonito. Ahora… Paseo mucho de noche, hago una caminata de dos horas con mi mujer, nos cruzamos con muchas parejas y le apuesto a mi mujer, y le gano todas las apuestas, que el que tiene la espalda sobre la pared, o sobre un banco es el hombre y es la mujer la que va al ataque.

–Usted ha estado siempre muy enamorado de su esposa…

–Mucho. Mi mujer es muy equilibrada y eso me ayuda a equilibrarme a mí. Yo era un hombre excesivamente agresivo y violento y ella consiguió frenarme. Siempre he dicho que al lado de un hombre que triunfa siempre hay una mujer que vale mucho. Una vez vino una periodista a pedirme declaraciones sobre el Año de la Mujer. «Si este es el Año de la Mujer el próximo puede ser el de las Cabras Locas; son cosas que no tienen ningún sentido», le dije. Y va la periodista y me pregunta qué me gustaría ser. «A mí me gustaría ser una mujer a la antigua», le respondí. Cuando una mujer era una señora de verdad entraba en un sitio y se sabía que era una señora.

–Se pondrán buenas las feministas al leer esto…

–La mujer debe ser mujer y punto. Y estar en su sitio. Entonces los hombres estarían como estábamos antes: locos buscando a una mujer. Ahora es al revés. Ahora hay una abundancia de mercado que así cualquiera.

–¿Cuál es su gran defecto?

–Que sólo sirvo para ganar dinero. Por lo demás, admiro a los que saben madrugar porque yo me levanto a las once y media los días que madrugo. También admiro a los que son capaces de hacer un esfuerzo continuo y a los que pasándolo mal saben vivir con dignidad. A toda esa gente yo la admiro extraordinariamente. Y eso sí, quizás sea mi mayor virtud, tengo un sentido extraordinario de la amistad. Creo que un amigo es más que un hermano. En mi vida he tenido tres y ya murió uno: Manolo del Arco.

–Se levanta a las once y media, pasea mucho, juega al bridge… ¿Cuándo trabaja?

–¡Cuidado! A mí me gusta trabajar en el sentido de pensar. Hay muchos editores que creen que trabajar es corregir las galeradas y leer libros. Eso no es verdad. Las galeradas hay 20.000 señores que las corrigen mejor que yo y para leer tenemos un gran equipo. El editor está para pensar qué va a editar y cómo lo va a enfocar.

–¿Cuánto ha cotizado a Hacienda?

–Mucho.

–¿Cuánto?

–Creo que no hay derecho a que esté entre los veinte primeros cotizantes de España. Me parece una inmoralidad terrible. Creo que por delante de mí tendrían que haber cuando menos doscientos.

–¿Por qué no están?

–Porque no declaran la verdad. Creo que hay un error de base en lo de los impuestos en España. No se declara la verdad porque no se puede. Un 40% de la mayoría de los negocios se irían a pique. ¿Qué hacen? Declaran menos. Unos con más sentido común, otros a la brava. Yo, como ministro de Hacienda, diría: «A partir de ahora vais a pagar el 10%. Ahora bien: todo lo que estáis pagando hasta ahora no sirve para nada porque sabemos que es mentira». Y entonces sí: cazar al que no pague. Y con las exportaciones igual. Les he dicho a varios ministros que es una tontería que den desgravaciones a la exportación. «Denles el doble de lo que ustedes dan, pero no a la exportación sino a los dólares que lleguen y así no se perderá ningún dólar por el camino», les vengo diciendo.

–Si le hacen ministro de Hacienda arregla el país…

–Algunas cosas haría. Otra cosa que no permitiría es que toda esa gente sin trabajo viviese cobrando del paro.

–¡Hombre!

–Haría industrias nuevas. Durante un año, los que estén al paro, a trabajar en esos nuevos proyectos. Pagándoles, naturalmente. De manera que en vez de criar vagos estaríamos produciendo. A mí me ocurrió una vez, estando en Andalucía en casa de Rafael López Sánchez, que una de sus empleadas le dijo: «Don Rafael, a ver si me encuentra trabajo para mi hijo, el Antonio, que se ha quedado sin empleo». Al cabo de tres o cuatro días don Rafael le da una tarjeta a la mujer y le dice: «Vaya de mi parte a ver a fulano de tal que le dará trabajo a Antonio», y la mujer le respondió: «Muchas gracias, don Rafael, pero ya está resuelto porque mi hijo se ha colocado en el paro». Y así vamos.

–¿Daría dinero a un partido político?

–Ya lo estoy dando.

–¿A quién?

–Si los capitalistas fuesen lo suficientemente inteligentes para sacrificar todos un 10% de sus beneficios en el bien del resto de España no tendríamos tantos problemas. Lo que pasa es que cada uno piensa en lo suyo.

–¿Y usted se sacrifica?

–Sí. En lo que haga falta.

–¿A quién lo da?

–En este momento estoy en la línea de Fraga y Pío Cabanillas.

–¿Ha visto alguna vez a Santiago Carrillo?

–No. Pero fui a Rusia y estuve tres horas con La Pasionaria.

–¿Qué le pareció?

–Es una mujer mayorcita que se crispa demasiado pronto y entonces da golpes sobre la mesa, pero por lo demás me pareció muy bien, muy correcta. Y hay una cosa que le agradece todo español que va a Moscú. Se come tan mal que ella se gana el corazón del que invita a su casa y le hace una tortilla de patatas. Lo pasé muy bien con ella. Pero de lo que pasaba políticamente en España no tenía ni idea. Hablamos de su marido, que estaba en España. «¿Sabes que está cobrando la pensión de minero jubilado?», le dije. No lo sabía. Franco tampoco lo sabía cuando se lo comenté. «Tu marido ha hecho unas declaraciones», le expliqué a La Pasionaria. «¿Qué dice?», me preguntó. «Que en tu vida has tenido muchos hombres pero que él fue el primero. » Dijo: «Si él lo dice…».

–Cuando Franco le recibía, ¿de qué hablaban?

–De muchas cosas. Un día entré a la una en su despacho y a las dos y cuarto tuve que decirle: «No tengo nada más que contarle, Excelencia». A Franco le gustaba mucho que le explicasen cosas. Le encantaba que le hablase de Rusia. «¿Y las tiendas cómo son?», me preguntó. «No hay nada que comprar», le dije. «Me parece que exagera», comentó. Le dije: «Le voy a poner un ejemplo: uno de los días en los que yo tenía entrevistas dejé a mi mujer en el coche con la intérprete y un montón de rublos. Pasó toda la mañana dando vueltas y regresó con el mismo dinero que le había dejado ». Franco me dijo, al escuchar esto: «Es una prueba convincente».

–Usted se debe divertir horrores…

–Yo lo paso en grande.

–Tiene fama de hablar mucho, pero de callarse siempre lo esencial.

–No es verdad. Si no me gusta la política es porque me he ganado fama de bruto por decir siempre las cosas como las pienso. Un hombre se puede equivocar, pero estoy harto de esos políticos que repiten me equivoqué. Oiga: si usted se equivoca tanto, márchese a su casa.

–O sea que usted de embajador, nada.

–Nada, nada. Además, si fuese embajador los actos tendrían que empezar a la una del mediodía.

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Autor: José Martí Gómez. Título: Los Lara. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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