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El uniforme y la culpa

Imagen de portada: CRW Nevinson (1917) Reliefs at Dawn – Imperial War Museums / Public Domain

Estábamos en Zaragoza, de maniobras, cerca de San Gregorio, metidos en un bar cualquiera al final de una de esas jornadas en que el polvo parece quedarse dentro de la ropa. Yo era un oficial joven y aquellos soldados llevaban encima el cansancio de los días, la obediencia, el sueldo escaso y la pobreza antigua de la tropa. Veníamos de una unidad de transmisiones, más hecha de cables, antenas, vehículos y esperas que de épica militar. Un hombre bebía cerveza en la barra y hablaba alto contra el franquismo. Algunos asentían, otros añadían comentarios. No discutían con nosotros directamente, pero tampoco hacía falta. Una mujer del bar nos miraba de reojo, con esa incomodidad de quien sabe que las palabras han encontrado destinatario aunque nadie lo diga.

Lo extraño era que los destinatarios parecíamos ser nosotros.

No los herederos del poder, sino sus figurantes pobres. No quienes habían conservado patrimonio, apellido y despacho, sino unos soldados cansados que apenas poseían otra cosa que el uniforme.

"Esa fue una de las primeras lecciones incómodas que me dio el uniforme: no siempre viste a quien manda. A veces viste a quien obedece. Pero desde fuera no se ve esa diferencia"

Y digo extraño porque aquellos soldados no tenían nada de vencedores de la guerra. Eran muchachos de extracción humilde, hijos de familias trabajadoras, cuerpos disponibles para obedecer más que para mandar. No venían de los grandes apellidos, ni de las empresas fuertes, ni de las casas que habían sabido atravesar la dictadura, la transición y la democracia sin perder nunca el sitio. No pertenecían a esa España que aprendió a cambiar de vocabulario sin cambiar de mesa, que pasó de un régimen a otro conservando despachos, patrimonios, amistades útiles, prudencia pública y memoria conveniente. Esa España no necesitaba uniforme. Le bastaba con saber estar en el sitio adecuado cuando cambiaba el viento. No habían ganado ninguna guerra. A duras penas ganaban el mes. Sin embargo, allí estaban, con su uniforme, recibiendo una parte de la culpa histórica de un país.

Esa fue una de las primeras lecciones incómodas que me dio el uniforme: no siempre viste a quien manda. A veces viste a quien obedece. Pero desde fuera no se ve esa diferencia. El uniforme simplifica. Borra la extracción social, la biografía, la pobreza de origen, el sueldo modesto, el cansancio, la intemperie. Para quien mira desde una memoria herida, basta una guerrera para que aparezca una institución entera. Y entonces el hombre concreto desaparece.

Años después pensé en una escena de Los cuatro jinetes del Apocalipsis. En ella, Margarita le cuenta a Julio Desnoyers la despedida de su hermano, movilizado. Lo ha visto con uniforme de teniente y le parece otro: más hermoso, más digno, más necesario. Incluso Laurier, su antiguo marido, al que Julio intenta rebajar con sarcasmo, aparece transformado por el uniforme y por la soledad con que marcha a cumplir su deber.

"Hay una injusticia particular en ese mecanismo. Los verdaderos beneficiarios de una época rara vez llevan ya el signo por el que podrían ser reconocidos"

Esa escena me interesaba más que cualquier discurso sobre la guerra. Blasco Ibáñez no necesitaba explicar demasiado: mostraba cómo una tela, un sable, una orden de partida podían alterar la mirada de una mujer. El uniforme no hacía necesariamente mejor al hombre que lo llevaba, pero lo volvía legible de otro modo. Lo convertía en útil, en digno, en necesario, en sacrificable.

En Zaragoza, muchos años después de la guerra española, yo veía funcionar algo parecido, aunque en sentido contrario. También allí había una mujer mirando. Pero donde Margarita veía dignidad, aquella mujer parecía ver culpa. A nosotros el uniforme no nos daba grandeza; nos imponía una memoria que no habíamos elegido. No nos convertía en héroes, sino en representantes involuntarios de una historia anterior a nosotros. Aquellos muchachos pobres, que probablemente tenían más en común con los vencidos sociales que con los vencedores históricos, aparecían ante la pequeña concurrencia del bar como depositarios de una España autoritaria que no habían construido.

Hay una injusticia particular en ese mecanismo. Los verdaderos beneficiarios de una época rara vez llevan ya el signo por el que podrían ser reconocidos. Aprenden a vestir de civil, a hablar el lenguaje del tiempo, a cambiar de despacho, de partido, de consejo de administración, de bandera si hace falta. Hay familias, apellidos y fortunas que han sabido pasar de la dictadura a la democracia, de la democracia al europeísmo, del europeísmo a la modernidad amable, de la modernidad amable a cualquier vocabulario de temporada, sin perder nunca la mesa en la que se decide. Ningún poder duradero se presenta mucho tiempo con ropa vieja: aprende pronto las palabras nuevas, las causas nuevas, las cortesías nuevas, incluso las rebeldías nuevas, si con ello conserva la influencia, la herencia y el sitio en las instituciones, las empresas o los consejos donde se reparte lo importante. La culpa, en cambio, suele quedarse pegada a los símbolos más fáciles. Y el uniforme es uno de ellos.

"A veces la verdadera continuidad del poder está en otra parte, vestida de civil, sentada en mejores mesas, hablando ya el idioma de cada época"

Por eso la escena del bar se me quedó grabada. No por la discusión política, que ni siquiera llegó a ser discusión, sino por aquella mirada. La mujer sabía que las palabras del hombre habían cruzado el aire y se habían sentado en nuestra mesa. Nosotros también lo sabíamos. Nadie dijo nada. Tal vez porque en España muchas cuentas históricas se han llevado así: no con una acusación directa, sino con una frase dicha para que otro la recoja, con una mirada que reparte los papeles antes de que nadie pueda defender su biografía.

La historia no se entiende mejor cuando descarga su castigo sobre los cuerpos más visibles y no sobre los más beneficiados. Una sociedad puede acertar en la herida y equivocarse en el cuerpo sobre el que descarga la culpa. A veces la verdadera continuidad del poder está en otra parte, vestida de civil, sentada en mejores mesas, hablando ya el idioma de cada época.

Y aquellos soldados, mientras tanto, seguían allí. Con polvo en las botas. Con el sueldo justo. Con la obediencia encima. Con la pobreza antigua de casi todos los ejércitos. Llevaban uniforme, pero no llevaban la historia que otros les estaban cargando sobre los hombros.

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