Foto de portada: Alberto Di Lolli
Torres Blancas es un edificio de viviendas de corte brutalista que Javier Sáenz de Oiza convirtió en todo un símbolo del Madrid burgués con ínfulas artísticas. Pero también es el escenario en el que el periodista y escritor Luis Alemany ha ambientado su primera novela: Angie de las Torres Blancas (HarperCollins). La historia tiene como protagonista a Angie Llovet, una joven solitaria que, durante el verano de 1995, se ve obligada a dar un paso hacia adelante y entrar en la vida adulta. Lo hará en un laberinto de hormigón por el que no solo transitan vecinos de muy distinto pelaje, sino también su familia, sus amigos e incluso sus esperanzas de futuro.
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—¿Qué libro, película, serie, disco y obra de arte salvaría en un diluvio o un incendio?
—Obras de arte me salen cuatro sin dudarlo: algún bodegón de Sánchez Cotán. Santa Casilda, de Zurbarán, Santa Catalina, de Alejandría de Yáñez de la Almedina, y La femme blonde, de Albert Marquet. Una película: Corazonada, pero la digo un poco por decir algo, que me estoy impacientando. Vale, está bien Corazonada. Un libro: algún libro de relatos de Conget, porque me gusta la idea de elegir algo íntimo y pequeño para esa cosa tan tremenda que tiene que ser el apocalipsis. Respecto al disco, me atasco un poco porque la música pop fue la gran expresión del instinto de fardar de mi generación, de modo que todo lo que puedo elegir me suena un poco a impostado. Elegir una ópera sería algo de lo que se burlarían algunas personas que me conocen. Mira, sí, lo tengo: la banda sonora de El cielo protector.
—Puestos a salvar, elija una actriz, un actor, un personaje histórico y un político actual.
—Ayer o anteayer dije que me derretía por Marlene Dietrich de joven. No sé, igual me dejé llevar por el deseo de dar una imagen sofisticada de mí mismo. Durante muchos años me gustó Élodie Bouchez, que es casi lo contrario que Dietrich, pero la realidad es que no veo una película suya desde hace 15 años. Algo intermedio entre Marlene y Élodie, entonces. Un actor: Mickey Rourke en El chico de la motocicleta, y lo elijo por el personaje y porque entiendo que Mickey sí que necesitaba ser salvado. ¿Un personaje histórico? Me viene a la cabeza la biografía de Cervantes de Jordi Gracia. Pensé que Cervantes me caía bien de verdad. Y respecto al político actual, me lo salto, ¿sí? Que parece que es una pregunta hecha para que nos abochornemos dentro de diez años. Bueno, voy a decirlo: el día del discurso de Davos de Macron (“miren, somos Europa, a veces somos un desastre pero nos gusta la ciencia y no la superstición, la ley y no el capricho, etc.”)… Ese día me emocioné un poco. Sé que si fuera francés tendría otra opinión, probablemente.
—¿Qué aventura real o literaria le gustaría haber vivido?
–Literaria: la de El hombre que pudo ser rey. Bueno, es que vi la película hace relativamente poco y me encantó. Preferiría ser Sean Connery que Michael Caine, si se puede elegir. ¿Una aventura real? No sé, algo de esfuerzos y riesgos limitados, algo más del tipo “tomar Lanzarote para el Reino de Castilla” que llegar hasta Tenochtitlan con cuatrocientos tíos.
—¿Y qué recuerdo personal le gustaría que jamás se perdiera en el tiempo, como lágrimas en la lluvia?
—Un enamoramiento, uno en concreto, pero debo ser pudoroso. Supongo que todo el mundo dirá lo mismo. No, espera: también está ser padre, ver a tu bebé. Digamos que: ser padre y un enamoramiento, no en régimen de igualdad pero sí como planos complementarios.
—¿Cuál es su primer recuerdo lector?
—Con mi padre leía álbumes de Astérix y con mi madre de Tintín, y eso era extrañamente coherente con la personalidad de cada uno. Mi padre me contaba que antes de leerlos conmigo, los Astérix le parecían una tontería pero que cambió de opinión a mi lado, y yo no podía estar más orgulloso.
—¿Cuál es el último libro que ha leído?
—Que estoy leyendo: Rey de reyes, el libro de Scott Anderson sobre el sha de Persia y la revolución islámica, y una novela no publicada de una amiga.
—¿Puede recomendar un libro clásico?
—Un año de escuela en Trieste, de Giani Stuparich. Y La conciencia de Zeno, de Italo Svevo. O sea que clásicos y triestinos.
—¿Y uno actual?
—Oriente, de Mathias Enard.
—¿Qué libro no ha podido acabar?
—Perdonadme que responda con una broma pare relativizar el fracaso: me dejé mi ejemplar de Ulises en un taxi en Santa Cruz de Tenerife, creo que podría encontrar hasta el momento exacto (en otoño de 2003), cuando me faltaban 80 páginas. Me di cuenta del olvido, y me dije: “Está bien así, no pasa nada, si quieres decir que has leído a Joyce, adelante”.
—¿Puede recitar de memoria un poema?
—Creo que no. Quizá alguna canción. Y creo que puedo explicarlo como una decisión moral, pero eso sería abusar de vosotros.
—¿Cuál es la canción más hermosa del mundo?
—”Baby”, de Caetano Veloso, cantada por Gal Costa, es la que más he escuchado en los últimos diez años. La que más he escuchado en el último año es “Downtown Train”, de Tom Waits.
—¿Puede decirnos una heroína y un héroe —literarios o cinematográficos— imprescindibles?
—Karim en El buda de los suburbios. Eve Babitz en la biografía de Eve Babitz y Joan Didion de Lili Anolik, aunque supongo que la elijo en parte porque es una lectura muy reciente.
—¿Y un personaje malvado que le fascine?
—Lacombe Lucian, en la película de Louis Malle escrita por Patrick Modiano (cito a Modiano porque llegué a la película desde el libro París-Modiano, de Fernando Castillo)
—¿Tiene una editorial y una librería preferidas?
—Lo de la editorial lo llevo pensando un rato. Trabajo en contacto con algunas de ellas. Mi tentación es nombrar a aquellas en las que me tratan bien, porque tampoco tengo tanta personalidad, pero la realidad es que me tratan bien en muchas y no serían justos los olvidos. Bueno, voy a nombrar una editorial en la que no conozco a nadie o sólo superficialmente: Cabaret Voltaire. Librería: Naos, en la calle Quintana de Madrid. Y Canaima en Las Palmas de Gran Canaria, por la cosa sentimental.
—¿Cuántos libros hay en su biblioteca? ¿Qué porcentaje, aproximadamente, ha leído?
—Me divorcié después de una relación larga, así que ese dato todavía no está claro. Hay libros en mi antigua casa que no sé si son míos o no (no es un reproche, la custodia es amablemente compartida). ¿Andarán por los tres mil? No es tanto mérito, los periodistas estamos bien surtidos. Obviamente, cuanto más grande es la biblioteca, más bajo es el porcentaje de lecturas completas. En la biblioteca pequeña que me ha acompañado, el porcentaje es alto, un 70 u 80%, calculo.
—¿Con qué libro se ha emocionado más? ¿Ha llorado tras la lectura de alguno?
—Recuerdo una versión novelada de Robin Hood que leí en algún momento de la adolescencia no tan temprano. Resulta que acababan muriendo todos, y yo no contaba con eso, por las películas de Robin Hood que había visto, y entonces me vino una llorera espantosa. La palabra “emocionado” es más difícil de medir.
—¿Se ha excitado alguna vez leyendo? Si es así, ¿con qué libro?
—Supongo que sí, pero el único recuerdo que me viene ahora se refiere a algo un poco más vago que la excitación: en El cielo abierto, Nicolas Mathieu escribía sobre la imagen de una sandalia que pendía del pie de su amante en una tarde perezosa y de la turbación que le causaba aquello. No sé si leí aquello con excitación pero sí que diría que recuerdo ese pasaje como la expresión perfecta de lo que puede ser el deseo.
—¿Cuál es el rasgo principal de su carácter?
—El diálogo interior en el que vivo es cordial y amistoso, nada juzgador, y la manera en que me acerco a los demás es una extensión de ese diálogo conmigo mismo. Pongo algo bueno porque he visto que después preguntáis por el defecto.
—¿Y su principal defecto?
—Mi madre dice que soy muy majo y muy cariñoso pero que hay un momento en el que pongo distancia, y que eso es un poco puñetero.
—¿Qué aprecia más de sus amigos?
—Que me perdonen por esa frialdad que es difícil de explicar.
—¿Cuál es su ocupación preferida?
—Muchas veces he pensado que sólo se me da bien trabajar, trabajar en la tarea concreta que me ha tocado.
—¿Y su sueño de felicidad?
—En El porvenir, de Mia Hansen Love, aparece una frase, creo que de Rousseau, que es algo así como que la felicidad sólo existe como inminencia de la felicidad. O sea que la felicidad nunca es tanto como lo que creemos que va a ser. Es discutible, pero la palabra felicidad me da un poco de incomodidad. También puede que escribir esto sea una ironía pedorra. Bueno: mis fantasías son convencionales: una casita blanca en el mar, libros, música, alguien amado, vino y un coche europeo de gama media-alta.
—¿Cuál es el estado actual de su espíritu?
—Muy bueno.
—¿Qué detesta más?
—Esa manera de enjuiciar el mundo que es mezcla de ironía, falta de compasión y vanidad.
—¿Qué faltas le inspiran la mayor indulgencia?
—Las de la falta de solidez, ya os imagináis por qué.
—Ojalá que no tenga que ir nunca a una isla desierta, pero si así fuera, ¿qué libro se llevaría?
—Ulises. No, es broma. Quizá algún fotolibro muy urbano y oscuro. Es que mientras escribo estas líneas veo en una estantería Manila, de Ricky Dávila, y siento su llamada.
—¿Y a qué persona?
—Es que estamos empezando.
—Si todas sus respuestas han sido sinceras, diga ahora una mentira.
—Soy absolutamente indiferente a los resultados del equipo de fútbol de mi ciudad, que actualmente ocupa puestos de promoción en la segunda división española, hoy llamada Liga Hypermotion por motivos que ignoro.
Autor: Luis Alemany. Título: Angie de las Torres Blancas. Editorial: HarperCollins. Venta: Todostuslibros.



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