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Luis Sepúlveda, a orilla del río de la vida

Conocí a Luis Sepúlveda hace veintisiete años, tres después de publicar yo mi primer libro y sólo unos pocos meses después de que su novela Un viejo que leía novelas de amor fuera publicada en Francia. Desde entonces, nuestra amistad creció en paralelo al desarrollo de nuestras literaturas, lo que me permitió ser testigo del fulgurante y extraordinario éxito que sus obras obtuvieron en el mundo entero. Un éxito rotundo, sin paliativos. A la antigua, es decir, fruto del entusiasmo espontáneo de los lectores, no de los planes de ningún departamento de marketing. Unos lectores que lo acompañaron fielmente hasta el último momento, hasta el día de su muerte, el 16 de abril de 2020, en plena pandemia del Covid-19.

En esos veintisiete años, Luis Sepúlveda se convirtió en una referencia obligada de la literatura en lengua española de nuestro tiempo. Recibió distinciones, protagonizó debates y cosechó millones de lectores. Creó festivales literarios y colecciones literarias, escribió guiones de cine y dirigió películas. Fue reconocido por la crítica y por los lectores. Y en algunos países, particularmente en Italia, se convirtió en un autor famoso, con esa fama que trasciende el dominio de la lectura para entrar en el del conjunto de la sociedad. Un autor al que la gente paraba por la calle para saludarlo, como si fuera un actor de Hollywood. Algo que no es frecuente en el mundo de la literatura.

"Esa combinación de proximidad y distancia, de empatía y ensimismamiento, era la que hacía que la personalidad de Luis Sepúlveda fuera en cierto modo un misterio"

Su figura era imponente, alto, fornido, con una negra mata de pelo indiferente al paso del tiempo, huella de la sangre mapuche que corría por sus venas, la voz grave, el gesto firme del hombre de ideas y la sonrisa explosiva del bon vivant; todo ello ofrecía del autor una imagen reconocible, que mezclaba convivialidad con un cierto retraimiento. Cuando se le veía por primera vez, uno tenía la sensación de que podría irse con él a tomar unas copas y a dar cuenta de un buen chuletón de buey a la brasa, pero también de que había una parte de su vida y de su carácter a la que difícilmente se tendría nunca acceso, de no mediar una amistad profunda. Y esa combinación de proximidad y distancia, de empatía y ensimismamiento, era la que hacía que la personalidad de Luis Sepúlveda fuera en cierto modo un misterio. Como un misterio fue el triunfo apoteósico de su obra.

José Manuel Fajardo y Luis Sepúlveda. Foto Daniel Mordzinski

¿Qué hace que un libro, más aún, una obra entera, despierte el entusiasmo de millones de personas? No hay respuesta clara para esa pregunta. Y los alquimistas del marketing, que se han hecho con el control mayoritario del mundo editorial, se esfuerzan en vano en encontrar la fórmula lanzando libros al mercado como si fueran productos cosméticos, sin lograr, cuando logran algo, más que éxitos fugaces, esplendores de ventas que duran un cierto tiempo y se desvanecen. Porque los verdaderos éxitos literarios, los que perduran y van más allá de un libro, siguen siendo hijos de los lectores, no de los directores de marketing. Por desgracia, el esfuerzo de éstos últimos por dar con la fórmula mágica está desertizando el panorama literario en su apuesta suicida por exigir a cada libro publicado la condición de best seller (¿hace falta explicarles que sin libros de venta normal no existiría el término de «superventas», que un best seller sólo lo es en relación a la gran mayoría que no lo son?). Por fortuna, la obra de autores como Luis Sepúlveda, Javier Cercas, Rosa Montero o Mario Vargas Llosa mantiene viva esa otra manera de conseguir el éxito: mediante una sagrada alianza con los lectores que no pasa por el dinero, sino por la literatura.

"Se puede describir su escritura como el fruto de una visión optimista de la Humanidad, pero eso sí, de un optimismo escarmentado"

Sin embargo, yo sospecho que en el caso de Luis Sepúlveda la razón del éxito de su obra se encuentra en el propio misterio de la personalidad del autor. Porque en la literatura de Sepúlveda vida y obra están mezcladas de una manera indistinguible. No quiero decir con ello que la obra de Sepúlveda sea autobiográfica. Tampoco que practique la llamada autoficción. La suya es una tercera vía a la que, si hay que buscarle una referencia en el acervo de la historia de la literatura, podría vincularse con la obra y la figura de Ernest Hemingway, un autor por el que Luis Sepúlveda sentía devoción y con el que compartía muchas cosas: la apuesta por una escritura desnudada de manierismos, la preocupación por los problemas sociales y políticos de su época, la defensa de un heroísmo cívico frente al poder establecido. En definitiva: una escritura impregnada de una pasión de vida.

Los héroes de las novelas de Sepúlveda son héroes desgarrados. Ya sean detectives como el Juan Belmonte de Nombre de torero, delincuentes como el asesino de Historia de un killer sentimental o antiguos revolucionarios como los protagonistas de La sombra de lo que fuimos. Bordean la línea de la ley, a veces de un lado, a veces del otro, conscientes de que justicia y ley no sólo no van siempre de la mano sino que, en no pocas ocasiones, son términos antitéticos. Eso hace de la escritura de Sepúlveda una puesta en cuestión ética de la realidad, una literatura moral que, sin embargo, no resulta moralizante porque partía de la autocrítica de los propios errores cometidos por aquellos que se han enfrentado al poder establecido, porque se acompañaba siempre de humor e ironía y porque nunca perdió de vista la dimensión humana de sus personajes, en el dominio de la ficción, ni la memoria de los gestos de dignidad y solidaridad acumulados por la Historia, en el dominio de la vida. Por ello creo que bien se puede describir su escritura como el fruto de una visión optimista de la Humanidad, pero eso sí, de un optimismo escarmentado.

"La ficción fue la gran herramienta con la que Luis Sepúlveda moldeaba la realidad de una vida que muchas veces le disgustaba"

La ficción fue la gran herramienta con la que Luis Sepúlveda moldeaba la realidad de una vida que muchas veces le disgustaba. Sus ficciones eran el territorio en el que las injusticias son reparadas, los crímenes, vengados; los dolores, vencidos; la soledad, compartida. Sus ficciones mejoraban el mundo y, al hacerlo, nos decían que el mundo es mejorable. Anticipaban premonitoriamente la realidad. Tiraban de ella. La impulsaban. Son ficciones contagiosas, que entusiasman y calientan el corazón. Y lo hacen porque el propio autor se sumergía en ellas como un nadador y las abanderaba en su propia vida, apoyando causas, ejerciendo la crítica, reclamando los sueños y limpiándolos de la escoria de la mezquindad y del tiempo, con los escobazos certeros de sus argumentos. ¿Cómo no iba a cosechar lectores?

En Patagonia express, uno de los libros de Sepúlveda que más me gustan y en el que la vecindad entre su literatura y su vida es más patente, se afirma, hablando de las gentes de esa Patagonia geográfica y sentimental protagonista de buena parte de su literatura, que “en esta tierra mentimos para ser felices. Pero ninguno de nosotros confunde la mentira con el engaño”. No creo que haya una definición más afortunada de lo que fue la actitud de Luis Sepúlveda ante la vida y ante la escritura literaria: crear ficciones que no engañan, sino que se convierten en una paradójica forma emocional de conocimiento. Mentiras verdaderas frente a los engaños del poder.

Claro que para lograr oponer esas ficciones a los engaños del poder hay que saber enraizar la escritura en el mundo. Extraer de la savia del planeta la fuerza que nutra la imaginación. Y Sepúlveda demostró tener un oído fino para escuchar las voces del mundo. Por lejanas, pequeñas, débiles, ocultas u olvidadas que fueran. La voz de la Amazonia, por ejemplo, resuena en las páginas de Un viejo que leía novelas de amor, una voz que tuve la suerte de poder escuchar en el gran teatro de Trieste, en boca de Vittorio Gassman el 4 de octubre de 1996, cuando éste leyó un breve texto que Sepúlveda había escrito expresamente para él, titulado Noche en la selva aguaruna. Gassman leyó el texto en el silencio de un teatro en penumbras convertido en ribera amazónica por la magia de las palabras, y su voz se tornó en la voz de Sepúlveda, y la de Sepúlveda en la voz de todos los presentes, cuando decía:

“No conozco a ese hombre que se detiene a la orilla del río, que respira hondamente y sonríe al reconocer los aromas que viajan en el aire. No lo conozco, pero sé que ese hombre es mi hermano”.

"Si la escritura de Sepúlveda supo dar cuenta de la sombra de lo que fuimos, también sigue siendo hoy un potente foco que proyecta la luz de lo que seremos"

Esa fraternidad contagiosa de su literatura es el secreto de su éxito. Sepúlveda era un explorador de la experiencia humana que sabía escuchar a orillas del río de la vida las historias de otros que éste la traía y, filtrándolas a través de su imaginación, darles la voz pública de la que tantas veces carecen. En la presentación de su libro Historias marginales hablaba de su visita al antiguo campo de concentración de Bergen Belsen, en Alemania, y de la inscripción que uno de sus reclusos dejó grabada en la superficie de una piedra: “Yo estuve aquí y nadie contará mi historia”. Sepúlveda se encargó de que esa trágica profecía no se cumpla, porque él estaba dispuesto a contarla, aun sin conocerla. Estaba dispuesto a reinventarla, a recrearla en el territorio de la ficción para convertirla en una mentira verdadera, para nombrar aquel dolor cierto mediante una historia imaginaria.

La empresa literaria de Luis Sepúlveda estaba, pues, inevitablemente abierta al mundo. Nacía de su condición de chileno, hijo de un país vertical que se hunde hacia el sur en el continente americano, como poderosa metáfora de introspección, pero es también un hijo exiliado por el horror de una dictadura, un peregrino de la libertad que fue haciendo amigos en otras tierras. Su literatura tenía que tener, lógicamente, un rasgo apátrida. No hay frontera política que él no se saltara. Sus preocupaciones no sabían de pasaportes. Su propósito era el de un panhumanismo que encontró justo eco en un reconocimiento mundial a su obra. No en vano contribuyó con un relato a un libro cuyo título es casi una declaración de principios y cuya estructura refleja esa permanente apertura hacia los otros en la que se incluye también el diálogo con los autores de su tiempo: Cuentos apátridas, una obra colectiva en la que, junto a Sepúlveda, tuve la suerte de participar en compañía de otros tres autores: el colombiano Santiago Gamboa, el mexicano Antonio Sarabia y el vasco Bernardo Atxaga.

Si la escritura de Sepúlveda supo dar cuenta de la sombra de lo que fuimos, también sigue siendo hoy un potente foco que proyecta la luz de lo que seremos. Un lugar en el que vida y ficción se dan la mano. Una experiencia de creación literaria que es compartida por millones de lectores, aunque él ya no esté entre nosotros. La gran mayoría de ellos nunca llego a conocer personalmente a ese hombre que se sentaba cada día ante la mesa de trabajo, escribía incesantemente y sonreía al reconstruir las historias que viajan en el aire, pero todos ellos saben que ese hombre era su hermano.

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