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Magister Raimundus

Un puto tuvo la culpa de que estudiara latín. Una tediosa tarde invernal de 1981, en Elche de la Sierra, mi pueblo, olvidado por todos menos por la progenie de la cabra Amaltea, don “Grabiel” el cura, en clase de Religión de 1º de BUP, nos advertía por enésima vez sobre los peligros de la coyunda prematrimonial y las deleznables poluciones nocturnas. Los más dormitaban. La banda sonora a las jeremiadas la ponían los ronquidos del Goli, del Pérez y del Nino, que no se habían fugado al Magao como de costumbre porque, fuera, el frío congelaba el alma.

Súbitamente, de la clase de los de 2º de BUP, al otro lado del tabique de aquella aula prefabricada, nos llegó una tonante voz: ¡Puto! El Goli dejó de roncar. Un ¡putas! nos arribó, acompañado de un putare, que impactó en nuestros virginales oídos cual una miríada de centellas. Tras el putavi don Grabiel se palpaba la sotana en busca del hisopo para asperjar al réprobo. El putatum fue el acabóse. El juicio final lo desencadenó un puto putas putare putavi putatum recitado a coro por los de 2º.

Acabada la clase, nos lanzamos al pasillo para ver a quien había sacado al cura de sus casullas. Vimos salir a un profesor de aspecto faunesco: luenga barba, ojos pícaros que nos miraban tras sus gafas de cristales cuasi “culo de vaso”. Se llamaba Raimundo. Raimundo Gómez Blasi. Procedía de Nerpio, pueblo también de la Sierra del Segura, aunque a bastante distancia: era de los nuestros, no como otros educadores a los que no considerábamos tales por ser de capital. Hizo el paseíllo a través del cordón que le habíamos hecho los de primero, saludando con afecto a algunos de mis compañeros, oriundos también de su pueblo, y a aquellos colegas que se habían señalado por su desparpajo y sus pocas ganas de trabajar. No me cuadraba: un profesor cercano con los estudiantes, aunque no fueran suyos; un docente que bromeaba con Sergio, el Goli, el Nino y el Pérez, los golfos oficiales del instituto, de quienes echaban pestes la mayoría de miembros del claustro.

"Al año siguiente tuve la fortuna de ser discípulo de aquel “hereje”, que se atrevía a decirles a sus alumnos putate!: ¡pensad! Así entraron en mi vida tanto mi Magister Raimundus como el Latín"

Al año siguiente tuve la fortuna de ser discípulo de aquel “hereje”, que se atrevía a decirles a sus alumnos putate!: ¡pensad! Así entraron en mi vida tanto mi Magister Raimundus como el Latín. Al puto lo siguieron el fero, el tuli y el latum. De su mano cabalgué las Galias y visité a Horacio en el Soracte, mientras que mi Didáskalos Pepe Franco nos hacía bogar en los bajeles de Odiseo, adiestrándome en los rudimentos del Griego. Ambos me abrieron las puertas a la Mitología, a la Literatura, a la Historia y al Arte Clásicos.

Como dije, Raimundo, nacido en la década de los 50, vino al mundo en Nerpio, por donde las montañas de Albacete, Granada, Jaén y Murcia se besan en parajes de majestuosa belleza, pero alejados de los servicios básicos que dignificaran la vida de sus habitantes. Una vez cursados los estudios primarios, hubo de emigrar para completar los secundarios.

En los tiempos del último franquismo, a los que tantos descerebrados parecen querer volver hoy con sus soflamas, sólo los vástagos de las familias adineradas podían costearse en las ciudades estudios secundarios y superiores. Los provenientes de estirpes de clase humilde tenían la opción de internar a sus hijos en los seminarios católicos, donde les daban la instrucción media antes de decidir si profesaban como sacerdotes o volvían a la vida laica. A un seminario que se fue mi mentor. Al de Hellín, en el que poco antes había estado interno otro albaceteño ilustre, el cineasta José Luis Cuerda. De ese seminario sacó Raimundo una sólida formación humanística y una excelente base en Latín, de la que yo me aproveché cuando me tocó ser su pupilo.

Su siguiente etapa estudiantil la realizó en Murcia, en la que cursó Historia. Por aquel entonces en la capital del Segura no se podía estudiar Filología Clásica. Faltaban años para que, gracias al empeño de doña Francisca Moya del Baño, esta carrera pudiera cursarse allí.

Adobó sus estudios humanísticos con otra de sus grandes pasiones: la tuna. Esta vez sí que tomó las órdenes y profesó en la Tuna de Medicina, una de las más señeras de su nueva ciudad.

Al terminar la carrera tenía claro que quería ser profesor de instituto. Hacía muchos años que no se convocaban oposiciones para ser docente de Latín o de Griego, pero por entonces se abrieron las listas de interinos y, como en las inmediaciones no había facultades de Clásicas, ofertaron plazas a titulados de otras especialidades. Debió de serle más fácil encontrar trabajo en estas listas que en las de Historia. Además, honesto como siempre fue, se sabía con una excelente base en Latín y, tan importante o más, poseído por un inmenso amor a la Antigüedad Grecorromana.

"Raimundo, cual juglar con aspecto faunesco, tañía su bandurria, mientras sus pupilos atronábamos el cielo con la conjugación del sum, el fero, el eo"

Así, cuando él contaba 29 años y yo 15, los dioses quisieron que nuestros caminos se cruzaran de manera indisoluble. A pesar de no serlo de iure fue de facto un filólogo extraordinario y transmitía a sus zagales su amor por la lengua, por la morfología y la sintaxis latinas, cuestiones alambicadamente complejas, pero que él sabía simplificar y acercar a las mentes adolescentes que la sociedad le había encomendado para su formación.

Haciendo gala de su formación musical amateur una tarde invernal nos sacó a los ribazos que escalaban hacia la Cueva de la Encantada, a cuyas faldas se erguía el instituto. Teniendo el pueblo a nuestros pies, con la iglesia neoclásica encaramándose a Los Altos de fondo, cantamos a coro la conjugación completa del verbo sum y otros verbos irregulares, el terror de muchos estudiantes por su complejidad. Raimundo, cual juglar con aspecto faunesco, tañía su bandurria, mientras sus pupilos (alguno, como el que suscribe, con nulo oído musical y voz de carnero en celo) atronábamos el cielo con la conjugación del sum, el fero, el eo. Sea como fuere, al acabar las dos horas de clase, nos sabíamos del derecho y del revés los verbos irregulares. Durante un par de semanas grupos de estudiantes llenaban pasillos, rincones y aulas entre clase y clase cantando el sum es esse fui, agarrados de la cintura en forma de tren. Incluso el pinchadiscos de la Papillon, antes de dar paso a las lentas, bramaba un fero fers ferre tuli latum coreado por la concurrencia.

De su hilo aprendí a que los laberintos de la lengua de César me fueran escrutables. Ejerció de medium para acercarnos el teatro de Plauto y los versos de Virgilio, Ovidio, Horacio y Catulo.

Cuando nos tocaba a última hora y nos notaba exhaustos, nos prometía que  en los 10 postreros minutos nos iba a contar una historia mitológica. Ante ese caramelo nos endilgaba sin que rechistáramos un capazo de ablativos absolutos, participios concertados, cum históricos y cuantas oraciones de infinitivo le pluguiera. Todo ese “calvario” merecía la pena: llegada la hora prometida, se calaba las gafas, abandonaba su rol de filólogo exhaustivo y exigente y se revestía de su papel de pícaro sátiro. Libábamos de su verbo de miel las andanzas amatorias del tunante Júpiter, las hazañas de Hércules purgando el haber asesinado a su familia en un rapto de demencia, la osadía de Perseo al enfrentarse a Medusa. Mitos manados de nuestro Magister que regaron nuestros sueños adolescentes, invitándonos a acudir a las bibliotecas escolar y municipal a seguir leyendo sobre lo que él nos había servido a modo de aperitivo.

Otra clase a última hora se presentó con varios cómics de Astérix, que por entonces no se conocían en aquel pueblo arrinconado de manos de los políticos, mas no de los dioses. Fue una conmoción reirte con los personajes de Goszinny y Uderzo, quienes no dudaban en vapulear a los legionarios de César, que tantos desvelos nos causaba con sus textos sobre De bello Gallico. Devoramos los ejemplares que Raimundo nos prestó y una comisión fue a la vetusta biblioteca municipal a exigir que trajeran todos los tebeos de Asterix publicados. Fruto de aquello, durante un breve período de tiempo algunos cantamañanas empezaron a llamarme  Obelix, dado que por aquella época tenía (y sigo teniendo) buenas lorzas. Prefería ese mote al de Memo o el Algarrobo, como antes me habían motejado.

"Durante los dos años que disfruté su magisterio Raimundo me enseñó todo lo necesario para navegar por mí mismo en el proceloso mar de la traducción y comprensión del latín"

Tuvimos mucha fortuna la generación nacida entre 1965 y 1967 en esa comarca que coincidimos en el instituto comarcal de Elche de la Sierra, fundado poco antes por los desvelos de don Ramón Fernández, para que los jóvenes de la zona pudieran acceder por primera vez en la historia a estudios medios sin tener que meter a sus hijos en un seminario. Junto con Raimundo llegó una camada de jóvenes profesores, la mayoría interinos, para los que la enseñanza era cuasi una misión. Muchos iban más allá de dar sus clases: por las tardes se embarcaban en actividades extraescolares y sacrificaban su tiempo libre en beneficio de sus alumnos, cuyas alternativas de ocio iban poco más allá de emborracharse en los pubs o coger caracoles o guíscanos las pocas veces que llovía. San José nos enseñaba los rudimentos del baloncesto en las pistas del Colegio de las Monjas, donde estaban las únicas canastas del pueblo. Raimundo montó una rondalla y enseñó a muchos a trastear guitarras, bandurrias y laudes. José Antonio Alemán nos llevaba por campos y montes para confeccionar herbarios. Pepe Franco, mi didaskalos, llevó su compromiso con aquel pueblo a ejercer como concejal.

Adela Franco y Marivi crearon un grupo de teatro, con el que nos cambiaron la vida a quienes en él nos enrolamos. Nos enseñaron a trabajar en equipo, renunciando a divismos y egolatrías, a canalizar nuestras emociones para enriquecer nuestros personajes, a ganar confianza en nosotros mismos y a hablar en público. Con ellas representamos “La venganza de la Petra”, de Carlos Arniches y, emulando a la mítica Barraca de Federico García Lorca, hicimos una gira por la comarca, llevando las risas y ocurrencias del alicantino a aquellos pueblos de la serranía segureña, famélicos de cultura y entretenimiento. Me enriqueció humanamente tanto el sucumbir al veneno del teatro que, aparte de haber participado como actor en diversos grupos teatrales y en alguna película, decidí compartir con mis alumnos la experiencia y he llegado a crear hasta 3 grupos en los diferentes centros por los que he pasado a lo largo de mis 30 cursos de servicio en la enseñanza pública.

Durante los dos años que disfruté su magisterio Raimundo me enseñó todo lo necesario para navegar por mí mismo en el proceloso mar de la traducción y comprensión del latín, lo cual agradecí cuando hube de embarcarme en la carrera de Filología Clásica. Pero le debo más, mucho más. En su campaña de proselitismo del Mundo Clásico organizó unas jornadas culturales dedicadas a la diosa Minerva (santa Minerva la llamaba): las Quinquatrus. Trajo al pueblo a un amiguete suyo, más o menos famoso, para que nos hablara de la diosa y diera un concierto armado de su guitarra, con nuestro magister de escudero con su bandurria. Organizó un concurso literario con la diosa de garzo mirar como temática, el cual gané con una infame oda a la glaukopis, por fortuna quemada al cabo de los años cuando me di cuenta de los ripios con los que había mancillado a la hija de Júpiter.

Cuando tenía nueve años, mi Maestro, quien me enseñara a leer, escribir y amar la lengua y la historia de España en Peñarrubia, la aldea de 300 habitantes donde pasé mi primera infancia, me animó a presentarme a un concurso de redacciones a nivel provincial. Fui premiado con un lote de libros, alguno de los cuales aún escoltan mis sueños. Esto y el haber ganado el “Santa Minerva” sembraron mis ansias de ser juntaletras, aunque fuera para quemar lo que engendraba para salud de incautos lectores.

Culminamos las Quinquatrus con una fiesta romana en la París. Toda la zagalería del pueblo nos vestimos de “romanos” con sábanas, sacos de harina o con lo que nuestras santas madres idearan.

"Raimundo pasó a convertirse en un Magister vitae, un maestro de vida. Su compromiso lo impulsaba a establecer un pacto con sus discípulos para intentar sacar lo mejor de éstos"

Raimundo pasó a convertirse en un Magister vitae, un maestro de vida. Su compromiso lo impulsaba a establecer un pacto con sus discípulos para intentar sacar lo mejor de éstos, fuera del ámbito académico también. Su casa en lo alto del pueblo, al lado de la antena de la Telefónica, se convirtió en refugio para una caterva de adolescentes de ambos sexos, que hallaban allí una infusión de hierbas de las que él recolectaba por sus andanzas montaraces, la audición de los últimos discos que se había comprado en sus viajes  a la capital, la recomendación de un buen libro o, simplemente, una conversación a alma abierta. Más de una noche fue puerto seguro para las zozobras de mi alma adolescente, preñada de complejos, inseguridades, neuras y ansias autodestructivas. Jamás me dio un consejo. Se limitaba a escucharme con empatía y, cual si de un Sócrates redivivo se tratara, me hacía las preguntas pertinentes para que obtuviera mis propias respuestas.

Al acabar 3º de BUP tuve claro que quería ser profesor, profesor de instituto por culpa, sobre todo, de Raimundo, pero también de aquel equipo de docentes del Instituto de Bachillerato de Elche de la Sierra comprometido con su entorno, cuyo esfuerzo fue capaz de servir de lanzadera para que una generación de hijos los más de jornaleros del campo, recolectores de esparto, almendras o aceitunas, pastores, mecánicos, maestros, etc, devinieran con los años notarios, profesores, médicos, maestros, enfermeros, …

En 1º de BUP gocé del magisterio en Lengua y Literatura Española de Antonio San José, que asentó, podó y encauzó la recia base y el amor por la materia que mi Maestro sembró en mi etapa escolar con los libros de texto de Lázaro Carreter. Con San José leímos “El Camino”, de Miguel Delibes, que se convirtió en lectura iniciática para mí. Por fin un autor consagrado nos hablaba a los de pueblo con aquella historia crepuscular de una pandilla de niños de pueblo. Me recuerdo sentado a la mesa de la cocina, alumbrado por un flexo, mientras mi madre aprestaba la cena, devorando aquel libro portentoso y llorando a moco tendido la muerte de uno de los protagonistas y el destino de su narrador, que debería abandonar los paisajes en los que había sido feliz y a sus amigos para proseguir su camino y estudiar en la ciudad. Ése sería mi camino. Mis padres no eran del pueblo. Se habían desplazado a él por trabajo. No teníamos ni casa ni raíces, más allá de las que hubiéramos echado afectivamente, por lo que, una vez que nos tuviéramos que marchar a la ciudad, ya no tendríamos un muelle en el que atracar.

El temido momento de despedir los parajes y amigos en los que había sido feliz, triscando siempre en compañía de perros, a quienes también teníamos que dejar allí, llegó con las vacaciones del curso que acabé 3º de BUP. Lloré lo no escrito abrazado a mi podenca Diana, mi mejor confidente de amores no correspondidos, quien siempre me miraba con sus ojos de miel como si de un dios me tratara. Se la encomendamos a un amigo de la familia y emprendimos el viaje sin retorno. Jamás volví a verla. Jamás me perdonaré haber traicionado su amor incondicional.

Hoy en día, al leer ”El Camino”, no puedo dejar de lamentar el destino no sólo del Mochuelo sino también de aquel mozalbete entrado en carnes y desgarbado, que fui al amor de la Peña de san Blas.

Junto con el pueblo también me despedí de Raimundo. Le perdí la pista casi completamente. Me llegó que había aprobado las oposiciones de Latín y que ejercía su magisterio en Mazarrón, donde abdujo a otra alumna para que fuera también profesora de Clásicas.

"Eros me condujo del Cantábrico al Atlántico de Huelva. Cada vez eran más frecuentes mis sueños con el Goli, Sagredo, Ana Gema y otros amigos de mi etapa elcheña. En todos ellos aparecía Raimundo"

En julio de 1990 aprobé las oposiciones para ser docente de latín, aunque hube de hacerlo en Galicia. Los 3 primeros años de mi carrera los pasé a orillas del Cantábrico, en Viveiro y Burela, poblaciones de la Mariña lucense, que entre otros dones me regalaron amigos que 30 años después perduran, paisajes de ensueño y la prosa de Álvaro Cunqueiro, oriundo del vecino Mondoñedo, Torrente Ballester y Fernández Flores. Cuando me plantaba ante mis estudiantes e intentaba evangelizarlos usando el latín como arma de culturización masiva, me daba cuenta de que era un fraude, un remedo de mi Magister Raimundus. Utilizaba con ellos las mismas técnicas que mamé de mi mentor, pero sin el gracejo que éste tenía. Incluso me saqué a los casi 70 polluelos a los que daba clase en 2º a un parque que había a la vera de la ría para cantar el sum es esse fui, mas yo no tenía ni oído musical ni bandurria. No quedó ni una gaviota en millas a la redonda, espantadas todas por nuestros graznidos.

Eros me condujo del Cantábrico al Atlántico de Huelva. Cada vez eran más frecuentes mis sueños con el Goli, Sagredo, Ana Gema y otros amigos de mi etapa elcheña. En todos ellos aparecía Raimundo. Por entonces no era fácil encontrar a alguien a quien le habías perdido la pista, pero por una serie de afortunadas coincidencias pude recobrar el contacto.

Cuando después de 9 años de peregrinaje docente, retorné a los lares paternos para dar clases en Alhama de Murcia, pude por fin abrazarlo y confesarle el mundo que le debía. Fue él quien me dijo que estaba agradecido y orgulloso de mí: yo había publicado dos obrillas teatrales, unos sainetes intentando remedar no con mucho éxito  el estilo de Aristófanes y de Plauto. Mi Magister se había comprado las 2 y me las trajo para que se las firmara.

Desde entonces nos conjuramos para vernos, al menos, una vez al trimestre y honrar juntos a nuestro común patrón Dionisos cuales sátiros devotos.

Raimundo, transido de su amor por la música y remembrando su etapa tuna, se unió a otros compinches de antaño y crearon Los Parrandboleros, un conjunto músico vocal con la pretensión de hacer “una música romántica, popular y entrañable”. En sus primeros discos aunaron los ritmos de las parrandas(bailes tradicionales de las tierras del sureste ibérico) con los de los boleros, creando composiciones que les dieron renombre nacional e internacional, con giras por Iberoamérica, que mi magister me relataba al amor de un jumilla. Escribió la letra a alguna de sus canciones. Los Parrandboleros se convirtió en otro de sus motores vitales.

Tenía una voz de bajo o barítono muy particular y sabía capturar a su auditorio. De ello se percataron en Onda Regional, la emisora radiofónica autonómica de Murcia, y le encomendaron varias colaboraciones en sus programas. De la que más me acuerdo es de Polvo de dioses: narraba con una gracia, que a los más puristas podía parecerles irreverente, episodios erótico festivos de personajes de la mitología clásica, sazonándolo con audiciones de canciones universales más o menos relacionadas con la temática. Se mantuvo varias temporadas en antena.

Captado por su voz y su presencia el realizador David Perea escribió para él un papel en su ópera prima, la disparatada  Las aventuras de Moriana, protagonizada por Magdalena S. Blesa, Terele Pávez, Carolo Ruiz y Enrique Villén.

Años antes quiso colaborar conmigo en el vídeo Romamor, que, dirigido por Pedro Pruneda, era una declaración de amor a lo que Roma y su cultura aportó a nuestra sociedad.

"Raimundo pidió mi venia para introducir en el espectáculo una traducción poética que había hecho de uno de los poemas de Catulo"

No podré olvidar el tiempo que los dioses me concedan de vida su intervención estelar en el recital de poesía grecolatina y música que hicimos en el Museo Arqueológico Los Baños de Alhama de Murcia. El espacio era una imponente sala abovedada, reminiscencias de los baños termales que los romanos erigieron a inicios de nuestra era y estuvieron en uso hasta bien entrado el Siglo XX. Mis pupilos de los Thermarum Histriones daban vida a los versos helenos y romanos, acompañados de un coro y una pequeña orquesta. Raimundo pidió mi venia para introducir en el espectáculo una traducción poética que había hecho de uno de los poemas de Catulo. Me advirtió de que la poesía era algo subidilla de tono, propia del Catulo más desinhibido. Le dije que el lírico de Verona, al igual que su sucesor Quevedo, era capaz de alcanzar las más altas cimas de lirismo en unas composiciones, mientras que en otras hacía gala del lenguaje más soez y tabernario. Ambas facetas eran pura poesía y él era ya un clásico. Jugándome ser excomulgado por el párroco de la cercana parroquia de San Lázaro o llevado a la picota por los progenitores de mis estudiantes, autoricé a mi Magister revivir los versos catulianos. Se compró un traje de romano, ensayó a conciencia y con la mejor de sus sonrisas faunescas recitó primero en latín y luego, redundando la picaresca en su mirar, añadió su atrevida traducción;

Amabo, mea dulcis Ipsitilla,

meae deliciae, mei lepores,

iube ad te veniam meridiatum.

et si iusseris, illud adiuvato,

nequis liminis obseret tabellam,

neu tibi libeat foras abire,

sed domi maneas paresque nobis

novem continuas fututiones.

verum, siquid ages, statim iubeto:

nam pransus iaceo et satur supinus

pertundo tunicamque palliumque

 

Por favor, dulce Ipsithilla,

mis delicias, mis pasiones,

si el cerrojo no me pones

quiero acercarme a tu villa 

para echar la siestecilla

y bajar las erecciones

de una verga que a empujones

rompe túnica y  mantilla.

Dime que vaya a calmarla

y obtendrás a borbotones

nueve polvos sin sacarla.

Incansable en su labor divulgativa se lanzó a confeccionar recetas de bocadillos, donde daba rienda a su creatividad, pero también dedicó publicaciones a los goliardos,esos clérigos renegados o estudiantes desertores que recorrían los caminos en época medieval, haciendo gala de su truhanería y entonando canciones y poemas más o menos subidas de tono. En los goliardos y su bel vivere quieren ver muchos el origen de los por algunos denostados tunos, injustamente a mi parecer.

Raimundo encontró en Nerpio su Ítaca. A la vera de un bosque de chopos, no muy lejos de los nogales que dieron justa fama a esta agreste comarca, se construyó una casilla. Se pasó años erigiendo con sus manos, tesela a tesela, un mosaico con la temática y diseño del famoso hallado en Pompeya, que representa a un mastín con la inscripción CAVE CANEM. Tuve la fortuna de echarle el alboroque al susodicho mosaico con mi Magister y varios de sus discípulos de su etapa elcheña. Sólo recuerdo que eran las 13 horas cuando nos sentamos y que serían las 4 de la mañana cuando educadamente nos invitaron a abandonar el mesón. Dudo que ningún sátiro hubiera sido más afortunado de lo que nosotros lo fuimos con nuestro Sileno Raimundo, ni siquiera cuando hallaba una bandada de ménades complacientes.

Su última etapa profesional la dedicó al bachillerato nocturno, al que acudían aquellas personas que deseaban volver a las aulas, tras haberlas abandonado en su mocedad, y que debían compaginar estudios con extenuantes jornadas laborales o familiares. Al servicio de estos alumnos puso su magisterio pero, sobre todo, su bonhomía.

"Poco tiempo antes de su jubilosa jubilación, empezó a asomar sus garras la maldita enfermedad que lo aniquiló: la atrofia multisistémica parkinsoniana"

Cuando vio venir los negros nubarrones que la última reforma educativa, perpetrada por el PP, traía a la educación pública con la infame LOMCE, pergeñada por Wert y sus palmeros, decidió jubilarse. “Me voy ahora que puedo irme con dignidad, siendo un profesor íntegro, antes de convertirme en un cagatintas de los de manguitos y visera en ristre, ahogado por una carga de burocracia inútil e infame, que es como quieren ver estos neoliberales de pacotilla a los docentes”. Y se fue con la cabeza alta, con más de treinta y tantos años de servicio a sus espaldas.

Poco tiempo antes de su jubilosa jubilación, empezó a asomar sus garras la maldita enfermedad que lo aniquiló: la atrofia multisistémica parkinsoniana. Se resistió con garras y colmillos contra ella, haciendo lo indecible por retrasar sus efectos sobre su cuerpo de fauno. Tuve la fortuna de poder acompañarlo, aun desde fuera, en su lucha titánica. Hicimos del Palomo Xactamente, una tasca colindante a su guarida, nuestro Olimpo. Allí honramos a nuestro común patrón, Dionisos bendito, libando cuanto jumilla, retsina griego, yecla o bullas se nos pusiera por delante, arropados por los michirones, patatas con ajo, lengua en salsa, salchicha seca o tortillas de ajos tiernos con los que los dueños nos obsequiaban. Ni una queja sobre su enfermedad de sus labios.

Cuando el mal comenzó a afectarle a las capacidades locutoras hubo de decir adiós, con la elegancia que siempre lo caracterizó,a sus colaboraciones en la radio y, mucho más penoso, a cantar con sus Parrandboleros.

Casi al mismo tiempo que él se vio constreñido a una silla de ruedas, mi Maestro, que me enseñara a leer y amar la lengua, se vio también incapacitado. Lo doloroso es que mi Maestro frisaba los 80 y mi Magister apenas había cruzado los 60.

Raimundo quiso compartir con su familia Atenas, donde todo empezó. Tuve el honor de contratarle una visita guiada al Museo de la Acrópolis con Nadia Pavlikaki. Fruto de la cual le fue posible recorrer la Acrópolis en compañía del insigne helenista Pedro Olalla, una experiencia que por sí sola le merecía la pena haber nacido, me confesaba al amor de un retsina en el Palomo.

El 1 de abril del 2019,a eso de las 11.30, cuando hacía guardia en la Biblioteca de mi centro, me llegó un guasap desde su móvil comunicando que había muerto esa noche mientras dormía. Cual un rayo se cernió su fallecimiento sobre mi alma. La parca me arrebató, con saña,a mi padre putativo, a aquel por lo que en la enseñanza y el juntar letras soy lo que soy. Busqué refugio en la estantería donde guardaban la obras completas de Miguel Hernández. Lloré la Elegía a Ramón Sijé.

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ.

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha

muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien

tanto quería.)

.

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

 

Alimentando lluvias, caracoles

Y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas

 

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

 

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

 

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

 

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

 

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

 

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

 

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofe y hambrienta

 

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte

a parte a dentelladas secas y calientes.

 

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte

 

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de mis flores

pajareará tu alma colmenera

 

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

 

Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irá a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

 

Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

 

A las aladas almas de las rosas…

de almendro de nata te requiero,:

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

 

(1 0 de enero de 1936)

Quise dedicar la siguiente clase a su memoria, mas la congoja me lo impidió. No pude contener más tiempo la compuerta de mis lágrimas, para gran zozobra de mis pobres muchachos, que no podían comprender lo que yo sentía al perder uno de mis faros vitales.

Por la tarde acudí a acompañar a su familia, que en cierta medida era también mía, al tanatorio. Su esposa y sus hijos, fieles al espíritu que había acompañado a mi magister en vida, habían aprestado una mesa con los licores que mi mentor había elaborado en su cortijo de Nerpio. Apuré 5 chupitos bendiciendo a los dioses por haberme convertido en pupilo de Raimundo y maldiciéndolos por habernos dejado huérfanos tan pronto.

"Vaya este artículo, aparte de treno por su pérdida, como homenaje a él y a todos los maestros y profesores que acaban convirtiéndose en vitae magistri, en maestros de vida"

He tardado más de seis meses en reunir las fuerzas suficientes para poder redactar esta elegía en honor de una persona que dejó a su muerte el mundo mil veces mejor de como lo encontró. De un ser humano que se entregó a borbotones y vivió la vida desbordándose, que en su poliédrica personalidad marcó para bien la existencia de los que, atraídos por su luz,a él nos acercamos.

Cuando veo en You Tube imágenes de un concierto en la plaza de la catedral de Murcia, que dio con sus Parradboleros y algunas de las estrellas internacionales de los boleros, contemplo cómo disfrutaba mi magister, cómo amaba lo que hacía. Lo cual me consuela al saber que cumplió el precepto horaciano del carpe diem.

Vaya este artículo, aparte de treno por su pérdida, como homenaje a él y a todos los maestros y profesores que acaban convirtiéndose en vitae magistri, en maestros de vida para aquellos afortunados que se aproximan a sus enseñanzas abiertos de alma.

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