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Making of de No mentirás

A las buenas, querido lector.

Cuando Leandro me propuso escribir este apartado refiriéndome a mi nueva novela, debo admitirte que sentí un cosquilleo en el estómago. Y es que, supongo, todas las novelas tienen un trasfondo chulo detrás, pero desde luego lo que he vivido durante los últimos años con No mentirás es difícil de explicar y me apetecía mucho contártelo.

A estas horas, mientras escribo estas líneas, hace exactamente una semana y dos días que llegó a las librerías y, lo que ha sucedido todavía me envuelve con una neblina que me impide ver con claridad o, más bien entender, qué narices ha pasado. Para dejar el presente y ponerte un poco más en contexto te contaré que agotamos la primera edición (formada por varios miles de ejemplares) en un maldito día. Uno siempre sueña con que le pasen cosas así, pero una cosa es tenerlo en tu cabeza y otra, PUM, vivirlo. Pero ya digo, me dejo el presente porque me voy al pasado. Voy a contarte una historia que a mí me encanta. Empieza desde que se germina la idea en mi cabeza y concluye a día de hoy, con el libro publicado con el mayor grupo editorial del mundo. Casi nada.

"La cabeza de una persona joven a la que le gusta escribir va a un ritmo anómalo, y mi cerebro era un hervidero de idas y venidas de olla"

Creo no equivocarme que la primera vez que pensé en la idea de escribir algo que sucediese en un pueblo pequeñito surgió allá por 2011. Sí, para los que sigan mi trayectoria saben que escribí mi primera novela, de forma un tanto especial, en 2008 y la dejé en un cajón hasta 2012. Es decir, ni siquiera la había autopublicado todavía. Pero la cabeza de una persona joven a la que le gusta escribir va a un ritmo anómalo, y mi cerebro era un hervidero de idas y venidas de olla. De todo. Muy disparatado en algunos casos. Pero la idea del pueblo en el que sucedía “algo” me gustaba. Demasiado manido, quizá, pero ya le daría yo a ese algo un poco de fuste. Incluso recuerdo que quería que el personaje se llamara Carlos Lorenzo y que fuera abogado de éxito. ¿Por qué iba a ese pueblo? ¿Con qué motivo? ¿Qué más daba? Ya lo vería con el tiempo.

La cosa quedó aparcada en mi cabeza. Como la mayoría de historias que tengo todavía por ahí. No las apunto en ningún lado, espero que la memoria siga intacta por el momento. Vinieron otras novelas, empecé a profesionalizarme como escritor y todo lo demás, pero la idea seguía ahí. Me parecía algo jugoso, pero tenía que aportarle una trama interesante, y hasta que no la tuviera clara no escribiría ni una sola palabra.

Gracias a mis dos primeras novelas, llegó un personaje que noté que caló en muchos de mis lectores. Se trataba del inspector de la Policía Nacional Nicolás Valdés. Recuerdo que, de manera algo torpe, intenté dotarlo de una personalidad propia y reconocible. Más o menos lo logré, pero me apetecía mucho poner en práctica lo que había ido aprendiendo sobre perfilación de personajes y quería explorar algo más en él. ¿Por qué no mostrar su génesis como inspector de Policía? Nadie llega y, hala, ya es el puto amo en lo suyo. No, la gente empieza en todo. Yo mismo lo hice en esto de la escritura. ¿Por qué no contar algo parecido pero con él como protagonista?

Entonces lo vi claro. Tenía que aparecer en esta idea que me rondaba la mente. Lo malo era cómo hacerlo. Debo reconocer que tuve suerte. Llegó el año 2015 y de pronto decidí “ponerme a pensar” en esa trama. Ni siquiera me dio tiempo a empezar a pensar cuando ya la tenía. De pronto. Sin más. Y lo mejor de todo es que no sería una trama, serían dos que fluirían en una. Así podría explorar más a gusto los dos géneros que más me ponen: el thriller y la novela negra.

Y todo ocurriría en un lugar llamado Mors. Muerte. ¿Qué mejor nombre para un pueblo en el que, supuestamente, nunca pasa nada que ese?

"No tardé en tenerlo todo claro y me lancé de cabeza a escribir. Yo soy un poquito como no se debería ser (o eso dicen) y cuando me siento me siento de verdad"

Carlos, el abogado, ahondaría en la primera rama. Nicolás, el policía, en la segunda. Estaba entusiasmado. La idea no se parecía a nada de lo que había salido por mis dedos todavía y podía ser buenísima si se trataba con mimo. El problema es que yo nunca he sido muy de mimar las cosas. Es más, más bien he ido a lo bruto con mis novelas. Sentarme, escribir y ya saldrían las cosas. Incluso con los personajes. Ya vendrían según la trama me lo pidiera. No es que con esta me volviera lo que yo llamo un escritor organizado (del que tantas veces te he hablado). De hecho, con la trama me dejé llevar muchísimo, pero sí que quería que los personajes calaran en el lector y los cuidé al máximo. Comencé a hacerles entrevistas para saber de ellos (esto es cierto) y alucinaba con lo que estaba saliendo. No tardé en tenerlo todo claro y me lancé de cabeza a escribir. Yo soy un poquito como no se debería ser (o eso dicen) y cuando me siento me siento de verdad. Soy capaz de echarle catorce horas cada día y durante este tiempo no dejo de teclear. Eso implica que en muy poco tiempo (no sabría decirte cuánto) ya tenía un primer borrador de la novela.

La suerte es que en este tiempo había aprendido algunas cosas. Esa impulsividad de subirla a los cinco minutos a Amazon había decrecido bastante y fui capaz de sentarme a analizarla con calma. Las dos tramas eran la leche. Eso lo tenía claro. La narrativa era directa, al grano, como a mí me gusta. Bien. Pero había algo que no sabía por qué me chirriaba. Yo me consideraba un experto en procedimiento policial porque me había visto todas las temporadas de CSI. Además, había leído muchos libros de novela negra. ¿Qué no podía saber yo tras todo eso? Pero… ¿y si no era así? No sabía por qué, si siempre se veía lo mismo, pero algo en mi interior me decía que quizá todos esos procedimientos no eran reales y, quizá también, se hubieran topicalizado (sí, me he inventado la palabra, pero queda perfecta para que se entienda). Esto me hizo pensar. Yo no iba a destacar por mi narrativa. Soy de todo menos literario. Había conseguido mucho durante los años anteriores en la literatura, pero quizá no bastaba para cumplir mi sueño de estar en primera línea a nivel nacional. ¿Cómo destacar si al final ofrecía una trama de puta madre, pero quizá seguía siendo un poco más de lo mismo?

Tenía que saber si esos procedimientos eran reales y, en caso de no ser así, incluirlos en la novela. Tenía que destacar.

Antes de esto, pasó algo que me apetece mucho contar. Siempre que escribo algo nuevo tengo un grupo de “fijos” a los que le mando antes que nadie lo que he hecho. Uno de ellos es el director de cine, genio a tiempo completo, sex symbol y sin embargo amigo, Luis Endera. Recuerdo que después de pasársela quedamos para tomar algo aquí, donde vivo. Para ponerte en antecedentes, Mors no estaba ubicado donde lo está en la versión que puedes leer. Qué va, Mors estaba en Asturias. El clima era lluvioso y todo era algo más oscuro. Lo cierto es que lo había hecho porque era lo que yo acostumbraba a leer cuando una historia parecida ocurría en un lugar pequeñito. No sé por qué, pero siempre se ubicaba en el norte. Luis me hizo ver que era mucho más arriesgado, y por tanto menos usual y con mayor recompensa si se hacía bien, si lo situaba en la costa levantina. ¿Cómo iban a suceder unos hechos así en un lugar tan, digamos, tranquilo, soleado y expuesto al turismo? ¿Cómo iba a conseguir esa sensación de ahogo en un lugar tan abierto? Ese era el reto y Luis me lo hizo ver. Y se lo debo todo.

Vuelvo a lo de la investigación.

"¿Por qué no iba a creer a un policía si me estaba contando, supuestamente, su trabajo?"

Ni corto ni perezoso agarré el coche y me planté en la comisaría más cercana de Policía Nacional que tenía. Era la de Orihuela y entré acojonado. No sé, me sentía un delincuente porque iba a preguntar sobre temas muy escabrosos. En recepción pedí ayuda y me dijeron que una persona era la que se encargaba de atender a la prensa y esas cosas. Quizá él me pudiera ayudar. No lo quiero nombrar, por lo que te voy a contar a continuación.

Después de tenerme cerca de dos horas esperando (en las cuales lo vi pasear tranquilo rascándose la barriga y salir a fumarse un cigarro en más de una ocasión), me hizo pasar a su despacho. La verdad es que fue amable, eso sí, pero no tiene nada que ver con que todo lo que me contó sobre procedimiento policial era mentira. Seguro que te preguntas por qué. A día de hoy, yo también. Sólo te diré que contó disparates tales como que la autopsia se realizaba en el tanatorio comarcal (disparatazo falso a más no poder), que ellos eran algo así como dioses, muy por encima del juez, porque ellos mandaban en la escena (cuando estoy hablando de una simple patrulla) y, ya sobre el procesamiento de indicios ni te cuento. Pero yo me lo creí. ¿Por qué no iba a creer a un policía si me estaba contando, supuestamente, su trabajo?

El caso es que incluso llegué a cambiar varias cosas de la novela, que tampoco es que estuvieran bien como yo las había escrito, pero desde luego lo que sí no estaba bien era como él me lo había contado. Una nueva relectura hizo sonar de nuevo la campanilla. Otra vez no sabía muy bien por qué, pero me daba que ahí no estaba el procedimiento verdadero. ¿Pero qué hacía si la ayuda obtenida no parecía haber servido? Pues allá que me fui a buscar una comisaría más grande. Tras pasar una mañana por internet, averigüé que la provincial de Alicante era la que verdaderamente se encargaría si pasa algo, digamos, “gordo”. No la de Orihuela, donde sólo iría la patrulla y ellos llamarían a Alicante para que otros vinieran. Llamé y me dijeron que tenía que hacerlo de manera oficial. Eso implicaba enviar un mail a la central y ellos me derivarían. En serio, seguía sintiéndome un delincuente cuando les envié el mail. Les repetí mil veces que era escritor y que lo único que quería era info para cuidar los detalles de mi nueva novela. No tardaron demasiado en responderme a través de un inspector de la propia comisaría provincial, que me llamó y concertó una cita conmigo.

"No te puedo contar los medios que empleé para acceder a los grandes grupos de Homicidios y Desaparecidos del país"

Cuando le conté lo que me había contado don Notengoganasdehacermitrabajo se echó las manos sobre la cabeza. Me confesó avergonzado que ese hombre se lo había inventado todo. La razón tampoco la sabía. Pero quizá esto le hizo esforzarse todavía más para enseñarme toda la labor policial a la hora de investigar un homicidio. Me enseñó todas las instalaciones. Conocí los famosos laboratorios y salí de allí con una libreta entera de información, esta vez sí, veraz, de cómo trabajaban. Algunas cosas no me las había podido contar del todo bien porque de eso se encargaban unidades especializadas que trabajaban en Madrid, pero a eso yo mismo le pondría remedio.

Aquí si que no te puedo contar los medios que empleé para acceder a los grandes grupos de Homicidios y Desaparecidos del país, más que nada porque no me cuesta admitir que no lo hice con juego limpio por mi parte, pero es que quería ir a por todas. El caso es que llegué a ellos y conseguí toda la información que me faltaba. Durante casi cuatro años he estado junto a ellos nutriéndome de mil maneras para saber de lo que hablo cuando hablo de investigación criminal. De hecho, me dio hasta para el ensayo que publiqué el año pasado, Que nadie toque nada, con Anaya.

Aparte de esto, dejé todo mi pudor de lado para hacer lo mismo con forenses. Sí, como lo lees. He estado diversas veces en varios institutos de Medicina Legal para conocer su trabajo y, sobre todo, a las personas que hay detrás de él para que a su vez mis personajes fueran más humanos. Y sí, he visto cosas que no me han dejado dormir durante mucho tiempo.

Todo esto trajo consigo más de veinte reescrituras de la novela. ¿Más de veinte? Sí. La obsesión que llegué a agarrar con que quería que fuera lo más perfecta posible tanto en desarrollo de personajes, trama y procedimiento policial (y forense) me ha llevado a pasar miles de horas frente a la pantalla del ordenador. Hasta que llegó un día en el que pensé que lo había conseguido.

Ya tenía lista la novela con la que había soñado.

Por supuesto, no voy a ser tan imbécil de desprestigiar la autopublicación, más que nada porque sin ella no estaría ni escribiendo estas líneas, pero tenía clarísimo que no quería subirla a Amazon sin más. Por una vez estaba tan satisfecho que tenía el convencimiento de que podía ser un bombazo tremendo. Quería publicar a través de editorial tradicional, y no de una cualquiera. Puede que intentara volar demasiado alto, pegándome al sol, pero si yo mismo no creía en lo que tenía, ¿quién iba a hacerlo?

"La suerte estuvo conmigo, porque tras dar varios tumbos, un día recibí un mail que no esperaba para nada"

Mi agente se puso manos a la obra. Fue directa a donde yo le dije que quería que fuera. Posiblemente nos llevaríamos un portazo, pero ni yo dejaría de insistir ni me iba a rendir tan fácilmente. La suerte estuvo conmigo, porque tras dar varios tumbos, un día recibí un mail que no esperaba para nada. Era ni más ni menos que de Carmen Romero, editora de Ediciones B, que a su vez formaba parte de Penguin Random House. ¡Era justo donde estaba insistiendo en acabar!

En él me proponía tomar un café y charlar a ver qué proyectos tenía. Le dije que no podía porque ambos estamos lejos, pero concertamos una cita telefónica. Llegó el día y mi nerviosismo apenas me dejaba hablar. A pesar de ello, logré contarle que tenía una novela que iba a ser un antes y un después. ¿Cuánta gente no le habría dicho eso? Pero lo que no sé es si se lo habían dicho con mi convencimiento. Lo creía de verdad.

Me pidió que se la mandara y me pidió tiempo para leerla. A ver, no era la primera vez que me veía en una situación parecida, y muchas veces ni te contestan (aunque sea ellos quienes te la han pedido), y no hablo de Random en concreto, no se me malinterprete, hablo de muchas editoriales, así que me preparé para lo peor. Pero en un mes exacto me llamó. Estaba entusiasmada. Ella misma reconocía que podía vender mi novela a los jefazos de mil maneras diferentes, porque la había dejado loquísima.

Yo lloré.

Vaya que si lloré. Yo creía en lo mío, pero otra cosa es que te lo digan. Me dijo que todavía no estaba dentro, pero que al noventa y nueve por ciento sí. No iban a dejar escaparla.

"Como nos hacía falta un título urgente para incluirla en el catálogo de novedades del primer trimestre de 2019, los dos tuvimos una sesión de brainstorming por WhatsApp. Los títulos que salieron fueron épicos, míticos y muy estúpidos"

Los siguientes seis meses los pasé metido en la promoción intensa y magnífica que tuve con Anaya y mi ensayo Que nadie toque nada. Era curioso, porque había surgido todo de la novela. Me hacía mucha gracia. Llegó el mes de octubre y era el momento de ponernos a trabajar en serio para la novela. Carmen me preguntó que cómo quería que se llamara. Yo le dije Mors. No sacó la mano por el teléfono y me estranguló de milagro. Le parecía horrible. Yo es que no tenía ni idea de cómo podríamos llamarla. Yo que sé, demasiado había tenido con parirla. Entonces pasó algo que voy a tardar en olvidar. Como nos hacía falta un título urgente para incluirla en el catálogo de novedades del primer trimestre de 2019, los dos tuvimos una sesión de brainstorming por WhatsApp. Los títulos que salieron fueron épicos, míticos y muy estúpidos. En ese orden. De pronto Carmen me propone: ¿Qué tal No mentirás? Yo pensé en la relación entre el título y la novela y… ¡era perfecto! No había nombre mejor para la novela que ese. Así que tocaba trabajar en la portada.

Aquí hay menos que contar. Carmen tenía muy clara una idea en su cabeza y se la trasladó a los diseñadores. El primer boceto que me pasó fue el que se quedó, porque vi perfectamente lo que sucedía en la novela reflejado en ella. Fue amor a primera vista.

Y bueno, contar lo que fuimos haciendo después es un poco tonto, porque son los procesos naturales de revisión y todo lo demás. Sólo puedo decir que no puedo creer que esa locura que se pasó por mi cabeza en 2011 ahora esté en manos de miles de lectores en tan poco tiempo. Que, además, sólo reciba críticas positivas por lo que se encuentran en sus hojas. Lo que más me fastidia de todo este asunto es no poder vivirlo y sentirlo en toda su plenitud. Quizá porque, aunque no lo soñara, nunca creí que pudiera ser una realidad como la que está siendo. Incluso muy por encima. A ti, lector que ya has disfrutado con tu historia, darte las gracias por ese cariño que siempre me das y que sepas que sin ti no sería nada. A ti, lector que todavía no la has leído, no sé a qué coño esperas. Pero, cuidado, que dicen que es muy adictiva.

Nos vemos en próximos textos. Recuerda que me puedes localizar en blas@blasruizgrau.com; o en mi Twitter @blasruizgrau.com.

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Autor: Blas Ruiz Grau. TítuloNo mentirásEditorial: Ediciones B. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

 

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