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Puesta de sol en Francavilla

Anoche me contemplé nadando en el mar. Era esa duermevela imprecisa en que no se sabe si la escena es sueño, recuerdo o deseo.

Un hombre en el mar. Aguas adentro. En la inmensidad. Solo.

Desde la orilla, desde la ladera, no apreciaba si nadaba o estaba boca arriba mirando el firmamento. Venus, quizá. Puede que tuviera los ojos cerrados y me dejara llevar.

Qué minucia la del hombre en el mar. Todo es inabarcable, inasible. Nada en la nada.

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"Hay que tener pasión por una cosa, si no… Es lo más importante. Y no pedir favores, no deber nada a nadie porque si lo haces es como si tuvieras una cuerda en el cuello"

Lo dijo Nuncio Catena, un hombre de 1940. “Mañana hará malo”. Fue marino y los barcos le llevaron a Barcelona, Valencia, Málaga y Argentina. Así aprendió un español más que correcto que recupera en la tarde crepuscular. Lleva postrado en una silla de ruedas desde hace 23 años. No lee libros ni periódicos porque “sólo hablan de dolor, de melancolía”, evoca un barco de vela (“no me fío de los de motor”) y confiesa que engendró tres hijas.

“Hay que tener pasión por una cosa, si no… Es lo más importante. Y no pedir favores, no deber nada a nadie porque si lo haces es como si tuvieras una cuerda en el cuello” y eleva algo una mano con los dedos tan doblados que no sé si están cortados. “Se lo dije a Marina, la primera hija, y a las otras. Marina está en París y trabaja para la Unesco, la otra es radióloga y la  pequeña vive en Rímini”.

El tren, los trenes, pasan cada poco por detrás de su casita de dos ventanas por pared. La principal mira al mar desde la playa de Francavilla. Allí le llevan cada julio y se queda dos meses. Varado con los recuerdos. “Es lo que tengo”. Nuncio tiene memoria y ganas de hablar. Dice que su padre le puso ese nombre porque así se llamaba el suyo, nacido el 25 de marzo de 1874, día de la Anunciación del arcángel Gabriel a María.

"Qué minucia la del hombre en el mar. Todo es inabarcable, inasible. Nada en la nada"

“Goteaba un calentador de agua, fui a apretar una tuerca, hice mucha fuerza y caí hacia atrás. Me golpeé la cabeza con una acequia. Me quedé quieto, inmóvil como una piedra. Me sacaron un hueso de la cadera y me lo pusieron en la cabeza. Estuve un año en rehabilitación y volví a casa; pero cada vez estaba más torpe, hasta que me quede así”.

Pasa otro tren. Seguro que Nuncio conoce el destino de todos. El de las seis y cuarto a Pescara, el de las siete y media a Milán. Dicen los que viven al lado de una estación que te vas acostumbrando, que ya no los oyes. Puede ser. Nuncio hace como si no existieran. Él está a lo suyo, a sus recuerdos. Mirando el mar. “Mañana hará malo”. No veo ningún atisbo. Al día siguiente no pude nadar. 

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