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Manolo Solo

En este reportaje no hay una biblioteca física.

Para mí las bibliotecas son la biografía de cada uno; los libros que ha leído, los que ha dejado a medías por aburrimiento y esos otros que te acompañarán toda la vida.

Le hice a Manolo este reportaje en su nueva casa, todavía en obras. Con gran ilusión y brillo en sus ojos, señalaba los lugares donde pronto se colocarán las estanterías con sus libros. Trajo algunos volúmenes para hacer estas fotos.

Pude conocerle más y disfrutar de una de las personas más generosas que me he encontrado delante de la cámara.

Para saber más sobre Manolo:

Manolo Solo quiso ser músico, pero no lo consiguió y acabó licenciándose en pedagogía. Nunca ejerció. Oriundo del Campo de Gibraltar, se formó como actor entre las aulas del Instituto de Teatro de Sevilla —su ciudad adoptiva—, con muy diversos cursos y talleres en los que compartió espacio con profesionales de prestigio, y en la práctica del propio oficio como arena experimental. Lleva 30 años de carrera profesional en el teatro, tras su debut en la escena independiente andaluza a finales de los 80; y 20 en el mundo audiovisual, donde se inició a través del cortometraje a finales del siglo pasado.

Manuel ha trabajado a las órdenes de Alberto Rodríguez, Guillermo del Toro, Fernando Franco, Fernando León, Iñárritu, Isabel Coixet, José Luis Cuerda y Manuel Martín Cuenca, entre muchos otros. Ha participado en casi cincuenta largometrajes, entre los cuales destacan: El silencio de la ciudad blanca (recién estrenada película de Daniel Calparsoro), La sombra de la ley, La herida, La isla mínima, B, la película, Tarde para la ira (por la que consiguió entre otros premios el Goya y el Feroz al mejor actor de reparto), Tiempo después o Elisa y Marcela. También ha intervenido en numerosas películas y series para televisión, siendo Apaches, La Peste, La Zona o Justo antes de Cristo algunas de sus apariciones más recientes en la pequeña pantalla. En el momento en que se redactan estas líneas se encuentra rodando la serie de HBO España 30 monedas, dirigida por Álex de la Iglesia. Entre sus trabajos para las tablas podríamos citar Mrs Dalloway, Dos gentlemen de Verona, Ruz-Bárcenas, La última noche de la peste, El inspector, Cocina o Las guerras correctas.

Su trabajo ha sido reconocido, entre otros galardones aparte del Goya, con el premio Luz del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva a su trayectoria interpretativa en 2018; el de la crítica cinematográfica andaluza (Asecán) al mejor actor andaluz, conseguido en 2011 y 2016; y premios de la Unión de Actores en cuatro ocasiones consecutivas, la última en 2018 como actor secundario de teatro por Smoking room, así como dos premios de interpretación del programa Versión española de TVE.

Nos recomienda este libro a los lectores de Zenda:

Recomiendo este libro, compendio de las obras teatrales de Alfred Jarry escritas a finales del XIX y que describen el universo del Padre Ubú, no tanto por ser considerado más o menos unánimemente precursor necesario de las vanguardias del siglo XX (dadá, surrealismo, teatro del absurdo, Beckett, Brecht y hasta del punk-rock si se me apura), sino por ser un libro insubordinado, corrosivo, subversivo, excéntrico, de un humor implacable, provocador y muy muy libre. Y porque me gusta mucho.

Ubú es rastrero y cobarde. Es avaricioso. Es sanguinario y necio y lascivo y grotesco. Ha devenido monarca tirano asesinato mediante y por provecho exclusivamente personal. Y sus dislocadas peripecias me han hecho reír, han alimentando algo más que mi simple necesidad de diversión y han contribuido en cierta manera a —metafóricamente— afilar mis cuchillos.

Parece que en su época el personaje fue comparado a Proudhomme, Torquemada, Polichinela, Macbeth, Calibán, Napoleón… Yo, acercando el ascua a nuestra sardina, me atrevería a conectarlo con Queipo de Llano o Gil y Gil. Y a día de hoy, creo que tiene un contumaz imitador en Donald Trump —solo que con un penoso sentido del humor—. En cualquier caso, tanto reflejo, tanta concomitancia, hablan mucho de la potencia dinamitera del personaje, de su atemporalidad y de su onda expansiva.

Este volumen en concreto, que adquirí en mi juventud, ha sido leído, releído, reído, sobado, prestado y —menos mal— recuperado. Está conmigo desde principios de los 80 y he sabido siempre con exactitud en qué lugar de qué estante reposaba en cada una de las casas en las que he vivido. Lo quiero. Lo confieso. Es un amor un poco bizarro el que se tiene a un manojo de hojas entintadas y encuadernadas. Pero este no es un manojo cualquiera. No para mí. Los patafísicos somos gente extraña.

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