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Mar en piedra, de Xavier Borrell

Mar en piedra, de Xavier Borrell

En un entorno idílico vive Miguel la pena de haber perdido a su amada, y su vida de lujo y ostentación, tras heredar un viejo castillo en una zona vinícola cerca del mar. No puede abandonar la frustración ni la ansiedad, mientras la vida le arrastra poco a poco a una nueva realidad en la que aparecen las playas, las cepas, las mujeres y las sorpresas. Zenda reproduce un fragmento de Mar en piedra, de Xavier Borrell.

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Gin mare, alcohol junto al mar. Eso es lo que encontró Miguel al volver a un mundo completamente distinto del que siempre había supuesto que el destino le guardaba. Lo tuvo todo: una preciosa mujer pelirroja dos años menor que él y una vida de lo más apacible, gracias a su trabajo como vendedor de pisos en el barrio de Sants de Barcelona. Nunca hubiera imaginado que, a sus treinta y nueve años, la crisis pudiera dar al traste con todo.

No era más que un chico normal del barrio de l’Eixample, hijo de un padre trabajador de la SEAT y de una madre ama de casa con trabajillos esporádicos. Desde bien pequeño le inculcaron una educación proteccionista, seguramente por ser hijo único de una familia de derechas, ideales adquiridos por circunstancias, cuando años atrás se encontraron con ayudas de la gente vinculada al régimen franquista, lo cual generó en ellos simpatía por el dictador, más aún cuando con la democracia perdieron las ventajas adquiridas de ser considerados casi como funcionarios de una empresa estatal, al borde de la quiebra.

Siguiendo la tradición catalana de intentar colocar al hijo en un buen lugar y tras haber superado con nota sus estudios de empresariales, lo hicieron en la oficina inmobiliaria de un señor mayor, en un momento en que la venta de pisos estaba por los suelos tras las Olimpiadas de Barcelona 92.

Miguel se dedicaba a hacer de contable con los primeros ordenadores de la época, a los cuales su jefe le hizo traspasar el balance diario de la empresa, más por necesidad de digitalizarse que por considerar que le hacía un bien al negocio. Lo que este no esperaba, era la agudeza para las actividades comerciales de su pupilo-contable, en el momento en que el boom inmobiliario originado a partir de principios del siglo XXI disparó los precios de las viviendas en la ciudad.

Gracias a unas ganancias obtenidas por su pequeña inmobiliaria con la venta de pisos nuevos en lo que antes había sido el Estadi de Sarrià, del cual se fue el segundo club de la ciudad: el R.C.D. Espanyol, donde después se construyeron viviendas y locales comerciales de lujo, a los cuales su octogenario jefe pudo acceder tirando de contactos de conocidos ancianos del barrio, poseedores de intereses económicos allí, se engrosó abundantemente la caja de la compañía.

No tardó Miguel, con la connivencia de su jefe, en hacer juegos malabares con ese dinero, en una ciudad y en un momento económico al alza, y apostar por otras viviendas que en poco tiempo doblaron su precio, logrando así convertirse en una de las oficinas inmobiliarias más prestigiosas de la ciudad. Pero no tuvo suficiente con ello, poco a poco fue invirtiendo el capital ganado en promociones de solares del extrarradio barcelonés y en compra-ventas lucrativas, habida cuenta de que los precios no paraban de subir.

Conoció a Iris un día que entró para preguntar por un piso de segunda mano, lo único que se podía permitir con el salario de su sencillo trabajo de monitora en un gimnasio. En seguida, al verla, Miguel recibió un flechazo directo en el corazón, se enamoró de ella al instante. Para atraparla no dudó en poner todas sus armas persuasivas con el objetivo de conseguir una cita, las cuales no le hacían mucha falta debido a ser de buen parecido físico.

Y ella se dejó querer.

Así, al poco, se convirtieron en una pareja envidiable por su belleza, tanto interior como exterior.

En el mundo de Miguel había restaurantes de calidad, vacaciones por todo lo alto, alcohol en los bares más lujosos y toda clase de ostentaciones, siempre junto a su amada. Aprendió a navegar para poder lucir yate de alto standing en Cadaqués, jugar al golf o disfrutar de los mejores libros y espectáculos de la ciudad, sin importarle nunca sacar su Visa para sufragar gastos. Se podía permitir el lujo de ser socio de varios clubes o de gimnasios, de los que luego se cansaba y borraba sin que sus cuentas se vieran mermadas por esas inmundicias.

Ella le amaba, estaba encantada de seguir esa vida de lujo mientras dedicaba los momentos de su ausencia en ostentosos gimnasios, spas o tratamientos de belleza para mujeres pijas de alto nivel. Siempre se desplazaba en un pequeño Audi TT, regalado por Miguel, con el que hacía desmayar a todos los hombres cuando, en minifalda, sus largas piernas asomaban por la puerta. Convivían en un piso comprado en Diagonal Mar con vistas a la playa, en la zona a la que se habían trasladado los hijos de los más adinerados de la ciudad.

Como en ocasiones no podía ingresar el capital en bancos, por miedo a los inspectores de hacienda, se había permitido un capricho con dinero negro de uno de tantos trapicheos de la compra-venta de inmuebles y había adquirido un flamante Bentley Mulsane con el que se sentía el dueño de la ciudad en una época en que la construcción y el lujo vivían trayectorias paralelas.

Se hallaban felices, pues, a pesar de saber que la superficialidad era lo principal en sus vidas, casualmente habían coincidido dos personas sensibles a la cultura del más alto nivel. Visitaban teatros de todo el mundo en escapadas de fin de semana perfectas, viendo los mejores musicales de Broadway, el teatro del Soho londinense o asistiendo a los más selectos clubs de lectura, como los de Paul Auster en Nueva York o los de Herta Müller en Berlín.

La seguridad en el amor que sentían el uno por el otro les hizo tomar la determinación de no casarse nunca, pues compartían la opinión de que era un acto para atar a la pareja, por el miedo a que un día uno se pudiera cansar del otro, una idea muy romántica de dos personas que no temían al futuro. Ellos no querían estar más enlazados que por el mero deseo de permanecer eternamente juntos.

Gozaban de un eminente grupo de amistades formado por gente de su clase social, aunque de edad superior. Sin duda eran conscientes de que en ese mundo la frivolidad estaba a la orden del día y que sólo se es interesante dependiendo del peso de la cuenta corriente de cada uno, aunque no buscaban mucho más, por la complicidad que tenían el uno con el otro y por la diversión que les causaba ver a la gente tratarles con ese ligero aire de superioridad que da el dinero.

Habían decidido no ser padres todavía, por el expreso deseo de no perder la vida tan divina que disfrutaban. No es que no lo desearan, pero era un tema postergado a una mejor ocasión en que se pudieran permitir un día a día más familiar y pausado.

Aunque tenían coches distintos, a las cenas de pareja siempre acudían con el Bentley de Miguel, principalmente para que su mujer pudiera enfundarse en los estrechísimos vestidos de Channel, Valentino o Christian Dior de alta costura con los que lucía su sublime figura y calzarse los zapatos Manolo Blahnik o Christian Louboutin, de vertiginosos tacones.

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Un jueves como tantos otros, al regresar de la cena de cumpleaños de la mujer del director territorial del banco con el que trabajaba Miguel, fiestas a las que había que ir para que cuando un cliente lo exigía, obtener un trato favorable para conseguir una hipoteca—, irrumpió una terrible tormenta de septiembre de esas en las que no se ve a un metro del morro del coche. El vendedor de inmuebles iba un poco achispado a causa del alcohol servido en la exclusiva velada, así que decidieron intentar llegar a casa cuanto antes. Alguna vez habían vivido la experiencia de ser detenidos por un control policial, tener que pasar la humillación de ser multados en público y no poder regresar en su magnífico automóvil, experiencia que querían evitar a toda costa usando el viejo truco de transitar por carreteras secundarias.

Sin embargo, aquel día la jugada les salió rana.

Desde la mansión de lujo del banquero, circularon por la carretera que sube a Begues, regresando por un trayecto repleto de curvas donde se hacía dificultoso mantenerse dentro de la calzada.

Por un instante a Miguel se le cerraron los ojos sin que Iris se diera cuenta, ella ya hacía rato que dormitaba. Cuando otro coche venía de frente.

En el momento en que los volvió a abrir y miró a su alrededor, se habían desatado todos los infiernos.

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Autor: Xavier Borrell Campos. Título: Mar en piedra. Editorial: Serial Ediciones.