Es fácil visualizar el poema del ciego y preclaro Borges. Permítanme que recuerde su inicio: “Lo dejo en el caballo, en esa hora / crepuscular en que buscó la muerte; / que de todas las horas de su suerte / ésta perdure, amarga y vencedora. / Avanza por el campo la blancura / del caballo y del poncho. La paciente / muerte acecha en los rifles. Tristemente / Francisco Borges va por la llanura”.
No es difícil imaginarlo uniformado de húsar (permítaseme la licencia), románticamente avanzando al galope con la afilada punta del sable mirando sin pestañear al enemigo. Qué lealtad la de su caballo bayo, qué compenetrado con su señor. Las crines al viento, ebrios ya de muerte, sin titubear, jinete ni corcel, ante la primera descarga del enemigo.
Caería, es de suponer, en medio de la amplísima pampa, tal y como habría presentido años atrás; apretados los dientes, la vista desvanecida, la sangre limpia; acribillado el dolman verde escarlata con su botonadura blanca, el chacó algo lejos con la visera de charol negra iluminada por el sol o quizá brillando bajo una lluvia pertinaz.
Sin duda, uno prefiere morir así, da igual el día, menos importa la hora. Y no fusilado con aviso, como ahora pretende recuperar la primera potencia del mundo civilizado como castigo ante una pena capital. Qué poca imaginación. ¿Por qué no en la hoguera? ¿No conocen la canción de Javier Krahe? Empezaba así: “Es un asunto muy delicado / el de la pena capital / porque además del condenado / juega el gusto de cada cual”. Y enumera: empalamiento, lapidamiento, inmersión, crucifixión, desuello, descuartizamiento.
Pero no, ha de ser ante un pelotón de fusilamiento. ¿Tendrá el reo la potestad de ser tapado con un trapo blanco, negro tal vez? ¿Cuántos serán los ejecutores? Imagino que no menos de cinco. ¿Cómo serán elegidos, por sorteo, podrán presentarse voluntarios? ¿Recibirán una compensación económica o serán gratificados con dos días de permiso? ¿El oficial al mando tendrá el honor del tiro de gracia? ¿Cuántos espectadores podrán contemplar el acto? ¿Habrá sorteo, será por rigurosa invitación o se atenderá el turno de llegada hasta completar aforo?
¿Le permitirán vestirse con una camisa blanca, quizá recién planchada por un funcionario compasivo, o con el uniforme carcelario? ¿De espaldas, de frente? ¿Maniatado tal vez para que no escape? ¿Podrá pronunciar unas palabras al público? ¿Hubieran preferido los probos ciudadanos asistentes acaso la horca y así contemplar cómo el cuerpo se balancea, cada vez más suavemente, incluso comprobar si es verdad la leyenda según la cual se orina el cadáver? ¿Se permitirán fotógrafos para que al día siguiente salga la imagen en los periódicos como lección? ¿Y los móviles, serán permitidos o habrán de dejarse a la entrada?
Caerá como un guiñapo, una marioneta a la que cortan de golpe los hilos.
Volvamos a Borges, a la frase última de su relato “El Sur”: “Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”.


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