Llegué el otro día a Salamanca y empecé a canturrear «Come on Eileen», la canción de los Dexy’s Midnight Runners. No suelo escucharla y rara vez me acuerdo de ella, así que me lo tomé como un impulso azaroso e involuntario, pero mientras bajábamos por la Gran Vía me vino a la memoria aquella noche en que la bailamos como salvajes en El Puerto de Chus, el bar vecino de la Filmoteca en el que culminamos alguna que otra juerga memorable, y até cabos. Igual que hay canciones que nos trasladan a determinados episodios de nuestra biografía de los que no queremos o no sabemos desentendernos, hay lugares que nos llevan a ciertas canciones que escuchamos cuando estuvimos en ellos o que, por alguna razón que a menudo se nos escapa, se han quedado prendidas a su evocación. Yo no puedo escuchar «Fields of Gold», la hermosa y melancólica balada de Sting, sin recordar aquella cafetería de la Plaza Mayor de Poitiers cuyos ventanales daban al edificio del Ayuntamiento y en la que apuramos el último atardecer de nuestro viaje de estudios del bachillerato. Tampoco sé pasar por la calle Espíritu Santo, en Malasaña, sin acordarme del portal número 21 y de aquella mañana en la que nos despertamos con la noticia de la muerte de Enrique Urquijo y corrimos a contárselo a Emilio, que aún dormía en su cuarto del colegio mayor y se sabía de memoria todas las canciones de Los Secretos. Porque no son sólo los lugares. También las melodías acostumbran a viajar con nombres propios. No soy capaz de leer las noticias sobre la gira con la que Manolo García y Quimi Portet están resucitando su viejo y glorioso grupo sin entristecerme al pensar que Carlos, el seguidor más entusiasta de El Último de la Fila que he conocido, no acudirá a ninguno de sus conciertos porque hace dos años que no habita en este mundo. De Jesús, lo siento por él, me acuerdo cada vez que acude a mis oídos algo de Café Quijano, y hay una canción que cantó una vez un grupo que se llamaba La Tercera República y con la que asocio siempre a Roberto no porque le gustara especialmente ―o igual sí, no estoy seguro―, sino porque lo recuerdo desgañitándose para interpretarla en un concierto muy pedestre que dimos cuando armamos un grupo de ocasión para amenizar las fiestas de clausura del curso en la residencia donde convivimos durante los años de universidad. Las canciones de Juan Pardo me ponen de buen humor porque sonaban de vez en cuando en los días de la infancia en los que aún no faltaba nadie, y pienso en mi padre si escucho algo de Aute ―«Las cuatro y diez», «Amor», «A por el mar» y «Albanta», sobre todo― y en mi madre si es Serrat el de la voz cantante ―sobre todo con las «Nanas de la cebolla» o «Cantares» o «Esos locos bajitos»―. Los veo a los dos juntos cuando es Víctor Manuel quien toma el micrófono ―mucho sonaron sus canciones en el coche―, de igual modo que se me termina apareciendo Pablo si pongo en Spotify algo de Sabina. Inevitablemente me emociono con estrofas concretas que le canturreaba a Elnita cuando estábamos ella y yo solos, y en ese sentido se pueden dar también alquimias indescifrables. Más allá de que sea una de las canciones más bellas que se han escrito en español en el último medio siglo, nunca he entendido por qué siempre se me termina cayendo alguna lágrima cuando llega a mis oídos «Peces de ciudad». Puede que se deba a que al final, parafraseando de aquella manera a Jonás Trueba, todas las canciones terminan por hablar de uno mismo.
Pero había empezado hablando de Salamanca y de lo que me ocurrió cuando hace unos días llegué allí, y si tiro de ese hilo podría llegar a la «Dulce condena» de Los Rodríguez sonando a toda mecha en el Piper’s o a las vergonzosas reminiscencias pachangueras que bailoteábamos del peor modo en el Siglo I. Una vez improvisamos una coreografía abracadabrante en el Calle Mayor al son de «Love is in the Air», y en no pocas ocasiones pervertíamos las letras de canciones que estaban de moda y nos resultaban francamente odiosas para componer estribillos procaces que una vergüenza retrospectiva me impide reproducir aquí, pero que ―la mente es así― no he llegado a olvidar después de tantos años.
Cuando a finales del año pasado supimos que había muerto Robe Iniesta, le di el pésame a Julián. Él me dejó el disco de Canciones prohibidas en nuestro primer año de carrera y en él descubrí la mayúscula «Salir», que me ha venido acompañando desde entonces. Hace algún tiempo supe que no había sido sólo cosa mía. En octubre de 2018 nos reencontramos en Salamanca unos cuantos compañeros para celebrar o lamentar las dos décadas transcurridas desde el inicio de nuestros estudios universitarios. En cierto momento de la noche empezó a sonar en el Tiovivo esa misma canción y de pronto volvimos a tener todos veinte años.


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