No sé por qué en Madrid no se hace todos los 14 de abril al menos una pequeña ofrenda floral ante la fuentecita de Cabestreros. Supondría rendir homenaje a un sistema de gobierno democrático a través de uno de sus frutos más benéficos, una pequeña infraestructura pública levantada para dar de beber a los sedientos y contribuir así a un bienestar general que resultaba poco menos que una quimera en una España carcomida por los atrasos. No recuerdo cómo la descubrí, quizá fue porque alguien publicó una fotografía en algún sitio, pero sí la primera vez que vine a verla, hará ahora once o doce años, para contemplar el milagro de la supervivencia de ese rótulo, República Española, que corona su frontispicio. Debajo, otra inscripción da cuenta de la administración encargada de los gastos, el Ayuntamiento de Madrid; en la parte posterior, una tercera señala el año de su construcción, el levantisco 1934. En los últimos tiempos paso a menudo por allí porque he cogido afición a recorrer Mesón de Paredes desde su nacimiento en un vértice de Tirso de Molina hasta el desparrame monumental de las Escuelas Pías. Me gusta asomarme a la vieja taberna de Antonio Sánchez —que se autodenomina la más antigua de la ciudad— e ir leyendo los nombres evocadores de las calles que van saliendo al paso —Juanelo, la Encomienda, la Esgrima, las Dos Hermanas, los Abades, el Oso—, y que a su modo protegen el recuerdo de una ciudad que ya no existe, hasta desembocar en la amplia plaza que llevó hasta hace unos años el nombre de Agustín Lara y ahora lleva el de Arturo Barea, aunque sigue allí la escultura del primero, que se supone que está fumando un cigarrillo pero, a decir verdad, parece dedicar un corte de manga a quienes lo desposeyeron de los honores con que una vez lo agasajaron.
La placita de Cabestreros se encuentra justo antes, y es tan modesta que no resulta raro que pase inadvertida. Comparte espacio con otra plaza, mucho más grande, que se ha puesto bajo la advocación de Nelson Mandela y es donde instalan su cuartel los vendedores africanos antes o después de dispersarse por toda la ciudad con sus zocos ambulantes. Se ha hablado mucho últimamente de Cabestreros no por la fuente, sino por la casa que está al lado. Es una de las más antiguas que se conservan en la capital —aparece en el plano de Teixeira, debió de construirse en torno al siglo XVII— y estuvo a punto de venirse abajo cuando un empresario la compró con el propósito de demolerla y erigir en el solar una de esas malicias del presente que se llaman hoteles cápsula y ofrecen la mayor incomodidad al peor precio. Intentó llevar a cabo sus planes, pero los vecinos dieron la voz de alarma y, como las instancias municipales tienen abierto un proceso de catalogación del inmueble, no le quedó más remedio que parar. A las circunstancias históricas que respaldan la vocación de salvaguardarlo se une otro condicionante de carácter más bien sentimental: en esa misma casa estuvo durante unos cuantos años abierto el Baobab, un restaurante senegalés que gozó de cierta fama y atrajo hacia esa latitud medio recóndita de Lavapiés a no pocos comensales.
A su vera continúa, imperturbable, la coqueta fuentecita que superó una dictadura y se ha ganado su sitio en una monarquía. Suelo enseñarla cuando viene gente a visitarme, y siempre me hacen las mismas preguntas: cómo es posible que sobreviviera, por qué a ningún preboste del franquismo le dio por demolerla o, al menos, eliminar esa inscripción que delata sus orígenes. La respuesta es sencilla y desmiente la supuesta caridad de aquel régimen que tanto invocan sus nostálgicos: importaban tan poco al franquismo esos enclaves menestrales, los llamados barrios bajos que se extendían desde la calle de la Magdalena hasta el Manzanares, que ni repararon en la fuente ni se ocuparon en restaurar las arruinadas Escuelas Pías, allá se la compusieran los pobres con sus cosas. Se me hace más raro que la fuente y la casa superaran épocas más recientes, con sus especulaciones varias y sus reformas sistemáticas —hay lugares de Madrid que no recuerdo haber visto libres de zanjas u hormigoneras en el último cuarto de siglo— y que sigan en pie más o menos igual que siempre. Tal y como están las iracundias en este tiempo que vivimos no descarto que aparezcan destrozadas algún día a manos de algún vándalo sobreexcitado por la última consigna de las redes. De momento, reconfortan esas pequeñas resistencias de Cabestreros en una ciudad que parece abocada a negociar cada día con quienes se empeñan en volverla irreconocible.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: