Que el tiempo no es lineal lo voy sospechando con los años. Las canas almacenan instantáneas en la trastienda, las apilan en cajas desordenadas. Y la distancia entre lo que veo y lo que siento, entre cómo —creo que— viví y cómo recuerdo aquel desencuentro, la tristeza de una partida, un viaje que pensé iniciático o una sencilla comida entre amigos no hace sino ampliarse. El camino no es camino, pero no porque Machado lo diga: es que vuelvo la vista y no hay huellas que valgan. Se desvanecen, como le sucedía a Alicia. Como ella, me encuentro preguntándole al gato, a ese condenado gato risueño, qué fue de mi vida. El felino, los dientes de oreja a oreja, susurra que el tiempo son islas, son círculos, concéntricos, concomitantes o aislados. Y la memoria, vínculos que levantamos con palabras y decisiones.
Una escritora en busca de un nuevo comienzo; una escritora mexicana, pero que vive en Nueva York; una escritora que también es madre soltera; una escritora que, con equipaje ligero y sin apenas rumbo, abandona el continente americano por el europeo para acabar llegando a la Sicilia de sus antepasados. Una hija adolescente que acompaña a su madre en ese viaje, durante el que la descubre y se descubre distinta. Desde la distancia, ambas alimentarán, cada una a su manera, la relación con una abuela fuera de lo común que continúa al otro lado del océano, y con el recuerdo de una bisabuela —más inusual, si cabe— que desapareció mucho antes, pero que se irá haciendo cada vez más presente.
Con estos mimbres es con los que Luiselli, una de las narradoras más importantes de su generación, reconocida con múltiples galardones internacionales y autora de obras maestras como Desierto sonoro (2019), arma una historia tan íntima como universal, y lo hace recuperando algunos de los senderos de su última novela, pero ensanchándolos y añadiendo nuevas y maravillosas capas.
El sustrato principal está en la familia: el reto de una crianza a la carrera, aprender a ser madre, seguir siendo hija y volver a ser nieta, reconocerse en los fallos y celebrar los aciertos, excavar en los secretos para sacarlos (o no) a la luz y, desde ahí, habitar una identidad compartida. El juego de espejos entre las cuatro mujeres que encarnan las sucesivas generaciones está tan bien contado que no cuesta sentir esa presencia colectiva que todo lo toca. Aprenderán a encontrarse en el curso de ese viaje del que hablábamos, decidiendo cuánto dejan atrás, qué seguirá emparentándolas con el pasado y hacia dónde encaminan sus pasos. En este trayecto, la mitología clásica y la cultura grecorromana juegan un papel fundamental; el archiconocido periplo de Odiseo o la filosofía de Aristóteles, entre otras, pero, sobre todo, figuras como el misterioso y esquivo Proteo, hijo de Poseidón y de quien se decía que podía ver el futuro. Y es un marco más que apropiado para otro tipo de debates que irán asomando de forma orgánica, sea la migración, el racismo, la compleja relación con Europa o la cada vez más preocupante cuestión ecológica.
También estamos ante una obra de perfil marcadamente literario. No solo hay una preocupación notable por el uso de las palabras y los diferentes mecanismos narrativos: el lenguaje literario se vuelve emancipatorio, casi metaficcional. Y esa reflexión sobre la escritura no es un truco intelectual, sino el contenido mismo. Contamos con una narradora en crisis de identidad narrativa, que casi duda si es personaje o autora, si lo que escribe cuenta como novela o como vida a la deriva. Para explorar estos naufragios indisolublemente unidos al acto mismo de vivir, Luiselli recurre a una primera persona tan clara en su estilo como dudosa en su recuerdo, y a pequeños fragmentos de no más de una o dos hojas, siempre encabezados por títulos simbólicos relacionados con fenómenos celestes, astronómicos o meteorológicos. La experiencia lectora se completa con una serie de postales y fotografías Polaroid reales al final del libro, y con el curioso paisaje sonoro creado a partir de grabaciones, también reales, que es posible escuchar online.
Cuenta la narradora que Roland Barthes (1915-1980) invitaba a cuestionarnos si existen realmente los finales y los comienzos o son solo narrativas que necesitamos para sobrevivir. Mi apuesta es que quizás todo sea cuestión de reinventarse, nada más. E igual que la memoria termina difuminándose, tampoco los puentes son eternos, habrán de caer como todo cae. Y vendrán otros textos, otras palabras, nuevas o rescatadas, en mayor o menor medida. Quedará probado que todo, en el fondo y en la forma, son historias.
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Autora: Valeria Luiselli. Título: Principio, medio, fin. Editorial: Feltrinelli. Venta: Todos tus libros.


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