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Miguel Algarín: retumba el nombre de un poeta

Miguel Algarín: retumba el nombre de un poeta

Foto: Shirley Miranda Rodríguez

Algo late —incluso retumba— en el nombre del poeta Miguel Algarín. Ruge una voz gruesa, estalla una risotada, entra en el estómago el tun-tún de tambores tocados para Changó. Vibran desde Loisaida («Lower East Side» de Manhattan, en Spanglish) hasta El Barrio, El Bronx y Puerto Rico. Tintinean también cubitos de hielo y pasan voces altas del Nuyorican Poets Café, co-fundado por él al sureste de esta isla del norte. La muerte del poeta en Manhattan, el lunes 30 de noviembre del año de la pandemia, deja la estela de lo que él llamara “la nobleza de incluir”, nobleza envuelta en el bramido nostálgico de la más áspera y sensual declamación nuyorican, la de un poeta de cuerpo musical y rugidor.

Algarín nació en Santurce, Puerto Rico, en 1941. A los nueve años llegó con su familia al Lower East Side. Era otra ciudad, otro Loisaida aquel en el que recalaron, un histórico enclave de inmigrantes de múltiples orígenes (judío, ucraniano, polaco, chino, italiano, puertorriqueño…). Allí pasó de las calles a las aulas, y de regreso a las calles; de las escuelas a las universidades. A la de Wisconsin en Madison y a Penn State como estudiante, y después a la Universidad de Rutgers como profesor de literatura especializado en Shakespeare. Allí también se fue convirtiendo en el potente generador y antologador de un nuevo movimiento literario, el movimiento Nuyorican, y publicó, a lo largo de tres décadas, seis poemarios propios: Mongo Affair (1978), On Call (1980), Body Bee Calling from the 21st Century (1982), Times Now / Ya es tiempo (1985), Love Is Hard Work: Memorias de Loisaida (1997) y Survival Supervivencia (2009). También fue traductor de Neruda.

"El nuevo Nuyorican Poets Café —el que existe hoy—, del que Algarín fue también cofundador, dio paso a poetas más jóvenes"

Tan irreverente como buen conocedor de tradiciones literarias en inglés, español, portugués y francés, Algarín hacía temblar instituciones al tiempo que las creaba. En 1973 comenzó a reunir en su apartamento de la Calle Sexta del Lower East Side a grupos de poetas y artistas excluidos, como él, de los círculos literarios consagrados de la Gran Manzana. Ese espacio íntimo, nido poético entre calles indeseables entonces para muchos neoyorquinos, pronto se quedó estrecho para el cada vez más ancho grupo de sus coetáneos “puertorriqueños del norte”. Pasaron a reunirse en el “bar de abajo”, un viejo pub irlandés cerca del apartamento de Algarín, que se convertía en 1974 en la primera versión del Nuyorican Poets Cafe. Cofundado con Miguel Piñero y Lucky Cienfuegos, entre otros, el café fue inicialmente refugio de los poetas nuyorican del Spanglish y otros de ascendencia afroamericana, cubana, nativoamericana, del Caribe anglófono… Su atmósfera de serio espectáculo de barrio, de salón poético alternativo, de café-concierto caribeño y urbanita, de sala informal de baile y de barra bohemia, lo convirtieron en un vibrante espacio de resistencia multicultural. Cualquiera podía leer, o performear, o contar una buena historia, beber, escuchar, tocar música. Bastaban las ganas de subirse a un escenario (cuando lo hubo) y exhibirse y rimar en la casa nuyorican de todos. Eso sí, también exponerse al exigente público habitual de la improvisación genuina, de la palabra antirracista y anticlasista, de la poética de la supervivencia. Sus formas de declamación se hicieron un arte en sí, uno que derivó (o al menos influenció) en varias formas de poéticas sostenidas en la oralidad, como el poetry slam o el hip-hop, y que han dejado huella en todo el planeta. Después de un hiato de aproximadamente una década, el café inició una nueva etapa en 1989 en una ubicación cercana. El nuevo Nuyorican Poets Café —el que existe hoy—, del que Algarín fue también cofundador, dio paso a poetas más jóvenes; sostuvo y expandió su espíritu abierto para performear en cualquier lengua, para llegar de cualquier lugar y competir en poetry slam, presentar hip-hop, jazz, o exhibir arte. Con el tiempo, este nuevo local se ha convertido no sólo en un lugar icónico de la cultura literaria nuyorquina para oriundos, sino también un punto de referencia de la escena poética internacional.

© Photo by Marlis Momber. De izda. a dcha. plano central: Piri Thomas, Amiri Baraka, Amina Baraka, Allen Ginsberg, Miguel Algarín, Nancy Mercado, Donald Lev. Plano posterior: Taylor Meade, Bob Holman, Mikhail Horowitz. Primer plano: Pedro Pietri. En The Village Gate, New York City

Pero el Café no es el único legado institucional de Algarín. El poeta, organizador y teórico del movimiento fue también su padre antologador por excelencia. Editó con Piñero el primer volumen de la historia que recogía poesía de esta nueva tradición: Nuyorican Poetry: An Anthology of Puerto Rican Words and Feelings (1975). Por primera vez se imprimía el término nuyorican en la portada de un libro, estabilizado así después de haber pasado por ortografías varias. En la antología se leía y se reflexionaba sobre estos primeros poetas nada canónicos, pero sólidamente emparentados con otros movimientos literarios y enraizados en su comunidad. Se los reconocía como una generación Nuyorican (y de algunas otras ascendencias) que habían irrumpido en la escena poética de la ciudad con un estilo de declamación rítmico, urgente y transformador a nivel estético y social. Bebían de generaciones de decimeros puertorriqueños, de géneros musicales populares, de la poesía africanista, del jazz y los poetas Beat. Se mostraba cómo los nuyoricans y sus amigos rimaban soberbiamente en el inglés y en el Spanglish del barrio. Algarín mismo lo hacía con gran presencia, en vivo y sobre la página, con sensualidad y fuerza. Y esto era perfectamente compatible con su deseo antologador, con su amor por Shakespeare y con su tributo constante a una oralidad literaria puertorriqueña. Con la antología, la poética diaspórica y contra-cultural nuyorican comenzó a conversar con la alta cultura y a flirtear con la popularidad. Surgieron entrevistas en radio y televisión, artículos, filmes, MTV, otras antologías y presencia en libros de crítica literaria, documentando y analizando el movimiento y sus cambios. Desde entonces lo nuyorican se lleva puesto con orgullo, como marca de identidad neoyorquina, urbana, cosmopolita, corajuda y rebelde. Algarín mismo siguió antologando sus derivaciones en Aloud: Voices from the Nuyorican Poets Cafe, colección coeditada con Bob Holman (1994) y en Action: The Nuyorican Poets Cafe Theater Festival, coeditada con Lois Elaine Griffith (1997).

"Sonreía irónico y miraba a lo lejos con pose de patriarca de la poesía, de cacique del buen humor, de reconocido padre de todo un movimiento"

Maestro Algarín, tanto trabajo, tanta figura, tanta complejidad. Más de una vez lo vi en alguna lectura rodeado de poetas de la ciudad decididamente maduros. Casi reverenciado por ellos, él permanecía sentado, con aire casual y socarrón, en una silla que todos entendían era, en realidad, un trono. Sonreía irónico y miraba a lo lejos con pose de patriarca de la poesía, de cacique del buen humor, de reconocido padre de todo un movimiento. La poeta nuyorican Nancy Mercado, amiga personal de Algarín durante décadas, lo recuerda estos días como “el Allen Ginsberg de nuestro movimiento y, verdaderamente, nuestro maestro”. Y sí, Algarín hizo nacer y documentó un terremoto literario de varias generaciones. Protagonizó un giro radical en el rumbo las letras y de la oralidad latinas, neoyorquinas, nacionales e internacionales. Ahora, su descanso se siente como otro formidable giro, un punto de inflexión incierto y grave, giro hacia un vacío, lento y vertiginoso a la vez, como el de un barco enorme que ha perdido su brújula en la niebla. Aquí, entre los ríos de Manhattan, hemos perdido a un maestro en el año de las pérdidas, y nuestro barco está un poco a la deriva. En él resuenan su voz y su risa alta, su poética terrenal y sublime, su cadencia de alma ancha y de cuerpo entregado a la poesía.

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