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Mis Ítacas: Roma (II). En brazos de la amante madura

Mis Ítacas: Roma (II). En brazos de la amante madura

En otro artículo, en el que recomendaba una serie de lecturas, visionados y audiciones para paladear mejor nuestro viaje a Roma, argumentaba que esta ciudad no deja indiferente a nadie: o se la odia o se la ama con fruición. O, tal vez, ambos sentimientos sean indisolubles y vayan de la mano en lo tocante a la Urbs por antonomasia, como decía Catulo en el famoso carmen 85:

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Odio y amo. Por qué hago esto, quizá preguntas.
No lo sé, pero siento que es así y me torturo.

Desde que me llegaron los versos de Kavafis, recogidos en su poema Ítaca, los convertí en himno de vida. En ellos nos dice que no hemos de temer a los lestrigones, esos gigantes antropófagos que en las costas bien de Sicilia o bien de Cerdeña devoraron a la tripulación de 11 de los 12 barcos que le quedaban a Odiseo, ni a los cíclopes, uno de los cuales, Polifemo, engulló a varios compañeros de Ulises, ni al colérico Poseidón, padre del mentado cíclope, que persiguió con saña al de Ítaca por haber cegado a su hijo. No hemos de temer a esos monstruos, canta Kavafis, si no los llevamos dentro, si nuestra alma no los yergue ante nosotros. Aconseja para evitarlos preservar pensamiento elevado y selecta emoción, que acune cuerpo y espíritu.

Pues bien, si en Roma quieres ver sólo caos, basura, desconchados y mugre, los verás. Tu ánimo los erguirá ante ti y te impedirá apreciar el esplendor que hay tras ellos.

"Urdidos estos mimbres, este agosto me dispuse a honrar de nuevo a mi amada, tras 10 años de ausencia involuntaria. Al principio la descubrí mohína, como si me echara en cara mi abandono"

Roma es esa vieja y sabia amante, de edad coquetamente indefinida, pero que en su decadencia da señales de una lozanía que ya quisiera alguna mozuela. La vienes amando durante más de cuatro décadas. La ves ajada, tal vez algo emperifollada, pero veneras cada una de sus cicatrices. Cada estría. Cada cobijo de su anatomía cincelado por la celulitis o las varices. Sabes leer en su geografía los ecos que los cantos del tiempo dejaron en su dermis. Por eso idolatras hasta el último de sus poros. Donde otros ven simples piedras, ruinas amontonadas al tuntún, tú eres capaz de advertir los rastros que dejaron quienes hollaron estos espacios. Donde el turista poco informado sólo ojea vestigios deslavazados en el área sagrada de Largo Argentina, preñada de gatos callejeros, tú te emocionas intentando adivinar los restos de la estructura rectangular que Augusto mandó erigir para señalar el lugar exacto en el que pereció desangrado tras ser apuñalado veintitrés veces su padre adoptivo, Cayo Julio César, en las idus de marzo del 44 a.C. Y a sus espaldas, el teatro donde Rossini estrenó El barbero de Sevilla en 1816 y Verdi dos obras: I due Foscari (1844) y La battaglia di Legnano (1849).

Roma, esa concubina que te ciñe con sus brazos de pino mientras te arrulla con el gorjeo de sus innúmeras fuentes, invitándote a libar cada uno de los recovecos de su fisiología. Por supuesto que la hallarás descuidada, maltratada por sus parientes más allegados, que en algunas zonas no dan señal de civismo y enlodan sus calles y plazas arrojando desperdicios en alcorques y aceras. Maldecirás lo indomables que son los hijos de tu amante en lo tocante a la gestión de residuos y mantenimiento de casas y espacios públicos. Despotricarás contra ellos por no saber honrar a quien le dio lo que son, manteniéndola acicalada e impoluta. Aun así, tu alma se inflamará cuando Roma comience a desvestirse ante ti y, con esa mirada con la que ha seducido a héroes, dioses, artistas, cardenales y papas, te invite a su lecho para descubrir aquello que, aunque sea por unos instantes, es capaz de hacerte olvidar tu condición mortal y convertirte en una divinidad que se asoma a la eternidad. Emoción tal, igual placer no hallarás en ninguna otra yacija, por más que la pueble una exuberante fémina de carnes turgentes en las que aún no se intuyen las estrías que el tiempo, juez inmisericorde, tarde o temprano tallará, por muchos cirujanos y otros chamanes estéticos a los que se quiera peregrinar.

"Degustar estas exquisiteces acunados por un vino de los castelli romani, mientras de fondo escuchas Arrivederci, Roma y te vas adentrando en los laberintos pasionales que para ti va tejiendo tu enamorada, puede hacerte pensar que sólo por eso tu vida ha merecido la pena ser vivida"

Urdidos estos mimbres, este agosto me dispuse a honrar de nuevo a mi amada, tras 10 años de ausencia involuntaria. Al principio la descubrí mohína, como si me echara en cara mi abandono. Más desaliñada de lo que recordaba, pero, camuflado en su aparente desdén, columbré el gusto que le causaba mi visita. Ante la voluptuosidad de su presencia, mi espíritu le arrebató a Antonello Venditti su voz y le entonó la primera de las muchas serenatas con las que le declaraba mi pasión: Roma Capoccia. Cuando percibí la primera grieta en sus murallas de aparente frialdad e indiferencia, invoqué a la eterna Anna Magnani, cuyas facciones encarnaban para mí las de mi dama, y la dejé entonar Quanto sei bella, Roma.

Recorriendo las callejas desde el Puente de Sisto IV, construido donde Agrippa, mano militar de Augusto, mandó erigir otro, hasta la Plaza de San Cosimato, en el corazón del Trastevere, mi adorada se despojó de su pose de indiferencia y volvió a hacerme suyo usando sus milenarias artes de seducción. Poco importaban las terrazas abarrotadas en plena pandemia, las calles emporcadas de botellas y otras miserias, las paredes enlodadas de graffitis de nulo valor y desportillados.

Mi amigo Armando Palazzi, profesor jubilado, con quien me une una amistad que traspasa fronteras desde hace decenios, había conseguido que su hijo Luca nos prestara un apartamento delicioso en un edificio de vecinos centenario a pocos pasos de San Cosimato. Lo primero que hicimos fue buscar unos puntos de apoyo en las cercanías: dos supermercados donde abastecernos, una cafetería siciliana en la que besar el Etna degustando vero caffè al amor de un vaso de grappa y unos cannoli recién elaborados, un par de restaurantes donde saborear esas pizzas con una masa tan etérea o esos spaghetti alle vongole, los bucatini all’ amatriciana, en los que se enseñorea el guanciale (papada de cerdo curada), convenientemente espolvoreados por el imprescindible pecorino romano (queso de oveja curado) o cualquier plato con alcachofas, siguiendo ancestrales recetas judías. Los más osados también pueden atreverse con la trippa, bien en su versión a la romana, bien en la que algunos locales con enjundia del Trastevere han ideado para hacer de los callos un bocado cardenalicio. Degustar estas exquisiteces acunados por un vino de los castelli romani, mientras de fondo escuchas Arrivederci, Roma y te vas adentrando en los laberintos pasionales que para ti va tejiendo tu enamorada, puede hacerte pensar que sólo por eso tu vida ha merecido la pena ser vivida.

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