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Mis Ítacas: Roma (IV), destripando iglesias (II)

Mis Ítacas: Roma (IV), destripando iglesias (II)

A un tiro de piedra de San Francesco a Ripa, aún en el Trastevere, Isabel Barceló nos recomendó la Basílica de Santa Cecilia. A nuestras espaldas dejábamos Porta Portese, donde los domingos se organiza un bullicioso rastro, y tras ella, el Hortus Caesaris, en el que estaba la villa de recreo de Julio César. Allí se alojó Cleopatra desde septiembre del 46 a.C. hasta marzo del 44 a.C. con su hijo Cesarión, bastardo de César. Allí recibió la noticia del asesinato de su amante. Podemos vivir la conmoción que sufrió gracias a las páginas que Barceló le dedica en sus Mujeres de Roma: la reina, a la que no habían dejado entrar en la ciudad por ser monarca extranjera, habituada a la mezcla de oropeles egipcios y macedonios de su Alejandría, sufría la indiferencia, cuando no el desprecio de las élites romanas. Organizó fastuosas fiestas en su villa, a una de las cuales dicen que acudió el estirado Cicerón, pero no consiguió ser aceptada: la despreciaban por su origen, aunque sus riquezas fueran innúmeras y sus súbditos la veneraran como diosa. Sólo César, al que admiraba y bajo cuya sombra se cobijaba, le infundía esperanzas. A pesar de seguir casado con la pavisosa Calpurnia, a Cleopatra le constaba que la amaba. Además los unía Cesarión. La visitaba con frecuencia en la villa que él había puesto a su disposición, rodeada de extensos jardines para preservar su intimidad. Al recibir la noticia del homicidio de su benefactor se desmayó y huyó de Roma a través de Ostia en cuanto le dio permiso el cónsul Marco Antonio, al que luego convertiría en su amante, uniendo sus destinos. Cleopatra contaba sólo con 24 años el 44 a.C.

Páginas más adelante Barceló nos traslada a la otra orilla del río, al foro, concretamente a la Domus Publica, en la que residía César con su esposa como Pontifex Maximus: mientras la reina de Egipto lo llora en su capilla del Trastevere, rodeada de dioses mitad animales mitad humanos, la esposa legítima, Calpurnia, la tercera de las que tuvo, ha de lavar el cadáver y velarlo con la sola compañía de las vestales, sumidas en la angustia y el terror.

"Roma es pródiga en fuentes, por lo que es aconsejable llevar una cantimplora o similar para libar su linfa, conducida aún en algunos tramos por acueductos que trazaron los antiguos"

Para llegar a la Basílica de Santa Cecilia deambulamos frente a varios acuartelamientos de los Carabinieri, ese cuerpo hermano de nuestra Guardia Civil. En Italia, a pesar de gozar de gran aprecio popular, han debido soportar muchas chanzas: los tachan de ignorantes y zafios, lo que tal vez esconda cierto regionalismo supremacista: bastantes de sus agentes históricamente provienen de un sur depauperado y atrasado para los norteños, con ciudades mucho más industrializadas.

Las calles están pavimentadas con los sampietrini, adoquines de porfirítica negra, irregulares, que hacen que el tráfico rodado, amén de incómodo, sea muy ruidoso. Y cada poco, una fuente, que regala agua con la que aliviar los ardores estivales. Roma es pródiga en fuentes, por lo que es aconsejable llevar una cantimplora o similar para libar su linfa, conducida aún en algunos tramos por acueductos que trazaron los antiguos. En alguna de ellas un indigente ha establecido su hogar: allí lava sus ropas y refresca sus bebidas.

"Uno no puede dejar de preguntarse si las sorores que acuden varias veces al día a rezar a ese coro son conscientes de lo afortunadas que son al tener a su misma escala a toda la corte celestial"

Tras saciar nuestra sed en la que hay junto a los muros perimetrales de Santa Cecilia, penetramos al recinto. Lo primero que llama la atención es un grácil campanile del XII, que trae ecos de los que pudimos disfrutar en la Toscana. Roma también es dadivosa en ellos y nos ofrenda campanarios de una belleza arrebatadora, como el de Santa María in Cosmedin, Santa Francisca Romana o la Basílica de los Santos Juan y Pablo. Una gran crátera marmórea, proveniente sin duda de una fuente antigua, preside el atrio y enmarca a la perfección el encuadre para unas fotografías memorables.

A la izquierda de la fachada, en una puerta que pasa desapercibida, Isabel nos recomendó que llamáramos al timbre. Nos abrió una señora de rasgos asiáticos, que, acompañada de sus hijos, hace de tornera de la comunidad de benedictinas que allí oran en clausura. En un ascensor ascendimos al coro, separado de la iglesia por una tupida celosía. Nos quedamos estupefactos y bendijimos a nuestra cicerone telemática por sus recomendaciones: tres de las paredes de la estancia guardaban los frescos que pintara hacia 1293 Pietro Cavallini, pictor Romanus, autor también de los fastuosos mosaicos que enseñorean el ábside de la cercana Santa María in Trastevere y manantial de inspiración para Giotto. Contemplar cara a cara los rostros de los apóstoles y del Redentor, que asisten al Juicio Final escoltados por ángeles de bellísimas y polícromas alas, es un privilegio. Comparar el rostro de la Madonna del Juicio, con el de la que se conserva en una esquina, en un fragmento más deteriorado, custodiada también por un ángel, es una delicia. Uno no puede dejar de preguntarse si las sorores que acuden varias veces al día a rezar a ese coro son conscientes de lo afortunadas que son al tener a su misma escala a toda la corte celestial.

"No se conformen sólo con lo que hoy en día nos ofrece el edificio actual. A veces lo que un templo guarda en sus tripas supera al manjar que nos ofrece en su superficie"

Muchos de los edificios de Roma son como una lasaña: sucesivas capas de estratos que se superponen amorosa o despiadadamente unas a otras, en tanto que sus arquitectos respeten lo hecho por sus antecesores en los inmuebles sobre los que ejecutan sus planos. Para hacer el coro de la actual Santa Cecilia ya vimos que el proyectista de su fachada, Ferdinando Fuga, no tuvo ningún reparo en mandar tapar el impresionante fresco de Cavallini (sólo sobrevivió al encalamiento una figura de la Virgen) para erigir el actual coro. Tal vez esta decisión de encalar sin picar las pinturas precedentes preservó la mayor parte del conjunto, regalando al viator pasional la experiencia de mirar hoy a su altura a los pobladores del Cielo.

Por eso, dado que muchas iglesias son capas de hojaldre incorporadas unas sobre otras según el gusto y la sensibilidad de sus sucesivos constructores, reflejando en sus muescas el canto de la historia, recomiendo tomarse el tiempo suficiente para destriparlas, para desentrañarlas. No se conformen sólo con lo que hoy en día nos ofrece el edificio actual. A veces lo que un templo guarda en sus tripas supera al manjar que nos ofrece en su superficie.

"En este mismo solar se alzaba la vivienda familiar, en la que otro miembro de su parentela, Tito Flavio Clemente, también martirizado, permitió que se celebraran ritos cristianos en la clandestinidad"

En los aledaños del Coliseo se alza, escondida en un recoleto atrio, la basílica de San Clemente de Letrán. Fue rehecha entre 1713 y 1719 según los planos de Carlo Fontana. El interior es fastuoso. Brilla en el ábside un mosaico con aires bizantinos del siglo XII, apoyado en un fresco del XIV en el que de nuevo aparecen Cristo y sus apóstoles. Lo de que fue elaborado por artistas venidos del imperio bizantino se constata fácilmente: con los apóstoles que flanquean al Pantocrátor (vocablo heleno que significa el que todo lo puede) el artista, en vez de utilizar el término latino Sanctus, usa el griego Agios, en caracteres romanos, anteponiéndolo a Paulus y Petrus.

A la vera de Pedro aparece un varón barbado portando lo que parece un ancla: es san Clemente, tercero de los papas que tuvo la Iglesia, arrojado al mar con un ancla al cuello en el siglo I d.C., cuya tumba se conservaba presuntamente bajo el baldaquino que preside el altar mayor. En este mismo solar se alzaba la vivienda familiar, en la que otro miembro de su parentela, Tito Flavio Clemente, también martirizado, permitió que se celebraran ritos cristianos en la clandestinidad.

"Pero san Cirilo no fue enterrado en la actual basílica: lo fue en la que se erigió en el siglo V sobre la casa de los Clemente. Ésta fue arrasada en 1084 cuando las mesnadas del aventurero normando Roberto Guiscardo saquearon Roma"

La basílica hodierna se gana un hueco en las ánimas de los amantes de las lenguas porque en una de sus capillas se hallan los restos de San Cirilo. Éste era un joven de Tesalónica que, junto a su hermano Metodio, cargó sobre sus espaldas la evangelización del Quersoneso (Crimea se hallaba en esta zona) y la Gran Moravia (territorio checo, moravo y eslovaco). Para evangelizar a sus pobladores, hablantes mayoritariamente de lenguas eslavas, crearon a partir de su griego natal el alfabeto glagolítico, precursor del cirílico, así llamado en honor a uno de sus inventores, derivado del griego con elementos coptos y hebreos. Cirilo y Metodio acudieron a Roma en torno al 867 para realizar unas gestiones, trayendo con ellos las reliquias de San Clemente, que hallaron en el lugar donde fue martirizado. Cirilo enfermó y murió en el monasterio en el que se hospedaba. Allí fue sepultado. Ambos hermanos fueron canonizados tanto por la iglesia ortodoxa como por la católica.

Pero san Cirilo no fue enterrado en la actual basílica: lo fue en la que se erigió en el siglo V sobre la casa de los Clemente. Ésta fue arrasada en 1084 cuando las mesnadas del aventurero normando Roberto Guiscardo saquearon Roma. El papa Pascual II (1099-1118), que había sido cardenal de San Clemente antes de su subida al pontificado, ordenó la construcción de una nueva basílica sobre la antigua, tras imponer que sus muros fueran cubiertos de tierra y usados como cimentación para la iglesia posterior.

"Patear estos edificios y la calzada que aún se conserva, acunados por el canto del agua, varios metros bajo tierra, sabiendo que sobre ti aún hay dos basílicas, es una de esas delicatessen que te ofrenda Roma"

En 1667 el papa Urbano VIII encomendó el edificio a los dominicos irlandeses, que hubieron de abandonar su isla, cuando Inglaterra prohibió la iglesia católica y expulsó a todo el clero. Estos dominicos comenzaron en los años 50 del pasado siglo las excavaciones de la basílica enterrada y se encargaron de sacar la luz y acondicionar sus aún impresionantes restos, entre los que descollan unos frescos del IX que narran la vida de San Clemente, en algunos de los cuales sus personajes hablan (y se insultan), constituyendo un antepasado milenario de nuestros cómics.

Pero los monjes arqueólogos no debieron de salir de su asombro al comprobar que la basílica paleocristiana reposaba sobre una ínsula de época imperial, en la que los ancestros erigieron un mitreo, un complejo dedicado al enigmático Mitra, con su capilla con escultura del dios sacrificando a un toro, y una estancia donde los aún no iniciados a los misterios recibían su catequesis. Aledaño a ello, una vivienda bajo la cual discurre un río, que debía de desembocar en el lago que Nerón acondicionó para embellecer su Domus Aurea, desecado por los Flavios para erigir su anfiteatro, el actual Coliseo. Patear estos edificios y la calzada que aún se conserva, acunados por el canto del agua, varios metros bajo tierra, sabiendo que sobre ti aún hay dos basílicas, es una de esas delicatessen que te ofrenda Roma, cual amante voluptuosa que se te entrega impúdica para que adores cada una de sus estrías.

"Tal vez arrepentido en su lecho de muerte, el emperador que dio libertad de culto al cristianismo regaló a la Iglesia el solar donde se hallaba la mansión de Fausta: sobre ella se erigiría San Juan de Letrán"

La actual Santa Cecilia respira sobre las ruinas de la mansión ancestral de los Cecilios, tal vez relacionados con la Cecilia Metela que aguarda la eternidad en la imponente tumba de la Vía Apia, a muy pocos pasos de las catacumbas donde se halló el cuerpo de la mártir. La historia de la santa nos la resume Isabel Barceló en un pasaje cuajado de lirismo en sus Mujeres de Roma. Cecilia era una joven patricia que en el siglo III fue obligada por su familia a casarse con otro joven noble. Cecilia, que profesaba el cristianismo en secreto, había prometido su virginidad a Cristo. Forzada a casarse, convenció a su esposo y a un hermano de éste para respetar sus votos de castidad y convertirse a su credo. Descubierto esto, los tres fueron martirizados. En atención a la alta alcurnia de la doncella, su ejecución debía realizarse en la intimidad de su hogar. Fue encerrada en el caldarium de sus termas y encendidos a toda su potencia los hornos que calentaban agua y paredes con la intención de que pereciera ahogada. Mismo tormento padeció Flavia Máxima Fausta, esposa que fue del emperador Constantino, quien ordenó ahogarla. Tal vez arrepentido en su lecho de muerte, el emperador que dio libertad de culto al cristianismo regaló a la Iglesia el solar donde se hallaba la mansión de Fausta: sobre ella se erigiría San Juan de Letrán.

Sea como fuere, Cecilia no pereció: cuentan los martirologios que unos ángeles enfriaban la cámara donde debía morir asfixiada con lluvia de agua de rosas. Al darse cuenta del prodigio, el pretor que había ordenado su ejecución ordenó que fuera decapitada con una espada. O el verdugo era torpe, estaba borracho o los ángeles quisieron prolongar la tortura de la virgen: tres veces cayó la espada sobre su frágil cuello sin conseguir separar la cabeza del tronco. Tres días hubo de agonizar la joven, confortada por el papa Urbano I, que ordenó que fuera sepultada en las catacumbas de san Calixto, en la capilla donde se enterraban papas y mártires.

"Sfondrati reposa a la entrada, en el pórtico, en una tumba tallada por el padre del inmortal Gian Lorenzo Bernini"

La memoria de su enterramiento se perdió hasta que en 1599 el cardenal Paolo Emilio Sfondrati encargó que su cuerpo fuera hallado. Lo encontraron milagrosamente incorrupto en San Calixto, envuelto en un embriagador aroma a lirios. A tal prodigio asistió un joven escultor de 23 años, Stefano Maderno, que consiguió trasladar lo que vio, con la emoción que lo embargó, al mármol en una estatua que preside el altar mayor de la basílica. La joven yace desmadejada con una venda cubriéndole los ojos y las manos ligadas.

Se trata de una obra maestra. Una de las miles que atesora la Urbs en sus entrañas y que va desvelando a quien se entrega a su tálamo: la delicadeza con la que el escultor labró el cuerpo de la santa, lo desprotegida que está con las manos atadas y el rostro cubierto, la maestría con la que están tallados los pliegues de su ropajes siguen sobrecogiendo.

Sfondrati reposa a la entrada, en el pórtico, en una tumba tallada por el padre del inmortal Gian Lorenzo Bernini.

La cripta de Santa Cecilia no es tan espectacular como la de San Clemente, pero merece una visita. Los restos del hogar de los Cecilios, algunas tapas de sarcófagos allí expuestas y, junto al caldarium en el que murió la santa, una capilla, diseñada en estilo neobizantino a inicios del XIX por Giovanni Battista Giovenale, con profusión de dorados y otras pedrerías, que trae un aire a las primeras obras de Klimt.

Nos despedimos desde el tabernáculo bajo el cual duerme la escultura de Maderno, arropada por el mosaico bizantino, mirando hacia el enrejado del coro, sabiendo que tras él las benedictinas cantarán a la patrona de la Música, acompañadas por la corte que Cavallini pintó en la contrafachada primitiva.

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