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Moras, de Yasmina Romero Morales

Este estudio se centra en veintidós escritoras de ficción que se sirvieron de Marruecos para ambientar sus novelas y relatos durante el pasado siglo XX, se rescatan de esta manera sus nombres y se ponen en valor sus textos. Pero, principalmente, este volumen pone el foco de atención en cómo estas escritoras españolas imaginaron que era la mujer marroquí que aparecía en sus tramas, una mujer alejada del realismo y la veracidad factual de las mujeres que habitan al otro lado del Estrecho pero que, aún concebida únicamente como personaje novelesco, ha contribuido al mantenimiento de ciertos tópicos, estereotipos y atributos negativos relacionados con la identidad normativa de la mujer de contextos árabe-islámicos, en particular, de la marroquí.

Zenda adelanta un fragmento de Morasde Yasmina Romero Morales (Plaza y Valdés).

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Los harenes

El único espacio realmente interior en el que encontramos a la «otra» marroquí, sobre todo en su versión mora-sherezade, es el harén. La novela Muchachas sin besos (1942) lo define de la siguiente manera: «El harén o “haremlik”, reunión de habitaciones estrictamente reservadas a las mujeres y en las que estas viven, aman y mueren».

Por tanto, el harén en estos textos son las estancias exclusivas en las que vive la «otra» marroquí, apartada para que no pueda ser vista por nadie, y que suscita la producción de un fantasioso imaginario: «por la ojiva que daba al harén parecía huir un suave misterio de beldades ocultas». Después de todo, «ninguna musulmana debe ser presentada a los amigos de su esposo», son inaccesibles y un tema tabú. Así que eso es el harén, una o varias habitaciones de «menguados horizontes indefinidamente repetidos» donde, aparte del dueño de la casa o los músicos hombres cuando eran ciegos, solo podían entrar las mujeres; el resto de los hombres debían tomar «asiento en el exterior».

Solo el término harén logra que el imaginario social occidental evoque un escenario análogo a aquel que los pintores orientalistas europeos crearon y sobredimensionaron teniendo en la mente los sugerentes serrallos turco-otomanos. Sin embargo, estas habitaciones de amplios cortinajes, tupidas alfombras y llamativas decoraciones donde se puede acceder a tener relaciones sexuales con más de una mujer nada tienen que ver con la realidad del harén existente en las sociedades árabes y/o musulmanas. Tampoco la marroquí. El verdadero harén era el espacio compartido en la vivienda por las mujeres de la familia, pero no solo las esposas, sino también las hermanas, las madres, las abuelas o las hijas. E incluso los niños de todas ellas. Ese harén, el «otro» harén, elevado hasta la categoría de mito, era del todo infrecuente, nacido más del deseo occidental que de la realidad marroquí. De existir, lo haría exclusivamente entre las clases más altas y siempre al resguardo de la mirada occidental. De ahí la conclusión a la que llega la escritora Fátima Mernissi cuando constata que, al contar que había nacido en un harén, la gente la miraba con una enigmática sonrisa que en ocasiones incluso se teñía de vergüenza: «enseguida comprobé que no estábamos hablando de lo mismo: los occidentales tenían su propio “harén” y yo el mío, y no se parecían en nada».

Ese harén occidental es el que predomina en las sesenta y dos ficciones analizadas: «Allí estaba el harén del príncipe Omar. Los lujosos aposentos en que vivían sus favoritas: numerosas muchachas, prisioneras del amor, que languidecían entre sedas y oros, entre perfume y suntuosidades en una vida muelle y regalada, pero sin ilusiones».

Efectivamente, el harén se describe en la mayoría de los casos como un lugar cómodo, ambientado al «estilo marroquí más tradicional» y recargado de «cojines y tapices, alfombras y objetos caros». Este espacio tan decorado revela mecanismos y andamiajes ideológicos no muy diferentes a la opresión de las mujeres occidentales de clase media que denunció Betty Friedan en La mística de la feminidad (1963), encerradas en la jaula dorada de su hermoso hogar. Un ejemplo análogo, pero en contexto marroquí, es el de Ayuba, una joven que había vivido en el campo posando su vista en el horizonte sin límites y de repente contrae matrimonio y se ve residiendo en una «habitación pequeña, [pero] en donde no faltaban comodidades». Otros relatos dicen lo mismo de modo más manifiesto: la «otra» marroquí vive «enjaulada» aunque sea en una «jaula de oro».

No puede resultar más curioso: durante la mayor parte del siglo XX, la mujer española fue caracterizada casi en la totalidad de los casos como un ángel de hogar, una representación arquetípica femenina con una importante impronta de la figura clásica definida por Fray Luis de León en La perfecta casada (1583) y que la corriente nacionalcatólica del régimen de Franco retomó con gran vigor, especialmente en la institución de la Sección Femenina. Este modelo tradicional de conducta femenina siempre ha sido investido desde el androcentrismo con valores positivos de pureza, generosidad, abnegación y seguridad, pero, asimismo, ha sido una manera de confinar a la mujer a la esfera doméstica. Por tanto, asistimos a las críticas que trae aparejado el supuesto enclaustramiento de la «otra» marroquí en el norte de África, pero, por el contrario, se alaba el modelo tradicional de conducta del ángel del hogar. Así, la ambivalencia del discurso colonial queda servida en esta narrativa: rechazo y consentimiento hacia una misma realidad. A este respecto Manuela Marín explica que la axiomática occidental insiste en que la «otra» marroquí está tras las paredes de su hogar, pero no de modo voluntario sino confinada, lo que refuerza la idea de prisionera y la aleja, en efecto, del arquetipo del ángel del hogar.

Otra de las ideas que se repiten en las descripciones del harén es destacar que allí vive más de una mujer. Lo que es lo mismo, la referencia a la poligamia es obligada: «entre profusión de almohadones, completan el cuadro de rico colorido cuatro muchachas indígenas muy agraciadas»; «subió las escaleras con tres de las mujeres del harén»; allí vivía «con sus tres mujeres e hijos». Otras veces no se dice el número exacto, pero utilizan adverbios de sentido colectivo para referirse a las mujeres del harén como: «en tropel se asomaron a la galería» o «huyeron al harén como bandada de pájaros asustados». Se fortalece así, de forma estandarizada y mimética, su condición de objetos: intercambiables, sustituibles y desechables.

Y si el atributo femenino más relacionado con las ventanas es la curiosidad, con el harén hallamos el de la apatía y el de la pereza. La «desconsoladora monotonía» en la que habita la «otra» marroquí la hace permanecer «horas y horas inmóvil, acurrucada en un cojín a la sombra». O están apáticas o es que son, sin más, perezosas. Ya se ha señalado, páginas atrás, la pereza derivada del calor sofocante que hace siempre en estas ficciones y la rentabilidad que esto supuso para algunos discursos coloniales ávidos de utilizar este atributo en su interés. Pero el orientalismo político y el científico, además, consideran esta indolencia y carencia de fuerza vital no solo derivada del sol o el calor, sino una desgana inherente a la otredad marroquí. Por eso la «otra» marroquí encerrada en el harén y, por tanto, alejada del sol sofocante es también perezosa. Se subraya así, además, su cosificación, ya que en el harén no tiene ningún tipo de cometido, solo se encuentra a la espera: «Las favoritas se distinguían entre aquella turba por la sebosa obesidad adquirida por la inacción del serrallo, comiendo harina y bebiendo té con ámbar para engordar».

En algunos casos, se responsabiliza de la pereza al kif, dado que todas las casas árabes huelen a jazmines, hierbabuena, incienso, pero, de igual manera, a kif, lo que produce al mezclarse «un efecto sedante». Fuman los hombres, pero también lo hacen las mujeres: la anciana de uno de los textos «fumaba ya su cuarta pipa de kiffi, recostada entre cojines» y debido a ello hablaba «en tono apagado casi adormilado» o Raahma que: «le había confiado en cierta ocasión sus sensaciones después de haber probado kif; emociones raras, placenteras, durante las cuales sus problemas dejaban de serlo, se desvanecían y una dulce relajación se adueñaba de sus sentidos».

Algunas autoras, desde un orientalismo especialmente romántico, entienden esta apatía de supuesto origen oriental incluso como desinterés por el ajetreo monótono del vivir cotidiano, del utilitarismo y del capitalismo europeo. Por eso se describe a la «otra» marroquí como «aislada, pensativa» o en «actitud meditativa» con ese aspecto de «madurez, de reflexión» que se supone propio de pueblos orientales. Casi podríamos decir que la apatía se interpreta desde este punto de vista como una forma de vida cercana al misticismo, una falta de emoción, motivación y entusiasmo hacia las preocupaciones mundanas18 o hacia la vida con prisas y con adelantos modernos, como le sucede a Hafida en A vuelo de pájaro sobre Marruecos (1988):

Esta pobre no soporta los coches. No está acostumbrada y tiene razón: ¿para qué correr? A ellos les va el ir más despacio, tomar su tiempo. ¡Con lo que podrían enseñarnos!, ¡con lo bonitos que son sus atardeceres para contemplarlos sin prisas!

Sin embargo, esta apatía, pereza o contemplación que genera admiración en algunas autoras, se vuelve desprecio en otras de las novelistas, tiene una correlación directa con la tristeza y, por tanto, nos sitúa de pleno en los preceptos del orientalismo político. La actitud de la «otra» marroquí puede derivarse de la pereza en estos textos, pero, también, de la pesadumbre que la mujer marroquí siente por estar encerrada: «Desde mi jardín, soñó la joven, no se veía nada del exterior». Su vida acontece entre las cuatro mismas paredes, es un «vivir estancado en una serenidad sin ambiciones», «muy atareada en la contemplación de un tiesto de tomates» por lo que no tienen nada que hacer y «enferman de tanto pensar».

Una vez más el discurso axiomático orientalista, así como su privativo concepto de libertad, busca subrayar que el harén es una cárcel para la «otra» marroquí, que apenas tiene vías de escape en espacios liminares como azoteas o ventanas. Se sirve de esta realidad imaginada del harén, dado que en verdad solo existe en su imaginario, como prueba irrefutable de la superioridad de Occidente sobre Oriente. La mayoría de las autoras transmiten al público lector esta perspectiva parcial y tendenciosa de la realidad femenina marroquí y la reflejan en sus novelas y relatos para mostrar la faceta más civilizadora de la acción colonial —o legitimar la hegemonía de las potencias interesadas ya pasados los tiempos coloniales— dado que, de esta manera, se patrocinaba la hazaña del español que proponía el rescate de la mora encerrada, una prisionera en su propia casa y en su propio país.

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Autora: Yasmina Romero Morales. Título: Moras. Imaginarios de género y alteridad en la narrativa española femenina del siglo XX. Editorial: Plaza y Valdés. Venta: Todos tus libros, AmazonCasa del Libro.

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