Edward Hopper vio la luz por primera vez otro 22 de julio, el de 1882. Su vida se prolongó durante ochenta y cuatro años, hasta el 15 de mayo de 1967. Pero no sería desatinado defender que su obra no mostraba el tiempo en el que fue concebida. A Hopper le aguardaba la posteridad, un momento estelar que habría de prolongarse hasta nuestros días.
El artista comenzó a trabajar su lienzo en 1942, cuando la sociedad estadounidense aún estaba muy afectada por el bombardeo de Pearl Harbour. Ahora bien, si hubiera querido mostrar el impacto de los atentados del 11 de septiembre de 2011, tanto la escena como la metafísica de Nighthawks —“pinto lo que no puedo explicar”, solía decir el artista— hubieran sido las mismas porque, en última instancia, la obra de Edward Hopper alude a la tragedia del ser humano moderno: la alienación, la melancolía y la soledad. Recordemos a la mujer de la cafetería desolada de Automático (1927), la acomodadora de un cine de la ciudad de los rascacielos de New York Movie (1939) o esa otra mujer triste, sentada sobre una cama de Habitación de hotel (1931).
Pero la metafísica de Hopper también es un descubrimiento de la urbe —el mayor invento de la humanidad—, porque la ciudad —pese a quien pese—, desde las grandes migraciones interiores que conocieron las sociedades occidentales a lo largo del siglo XX, es el hábitat natural del ser humano: The City (1927), City Roofs (1932), Macomb’s Dam Bridge (1935), solo son algunas de las obras de nuestro artista que dan cuenta de ello.
En su tiempo, mientras la posteridad aguardaba. Hopper se dedicó a explorar la luz —esa luz que vio por primera vez un día como el de hoy de hace 144 años— y las sombras —esas sombras en las que se sumió en la primavera del 67— para sus composiciones. Ese afán urbano ya se detecta en sus primeras obras. Pero también, hay que reconocerlo, su pintura, en paralelo, nos muestra entornos más tranquilos, como los de Nueva Inglaterra, que en sus cinco estados —Maine, Nuevo Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut—, luce mucho más jovial que cómo nos los describen Stephen King, Lovecraft o Edgar Allan Poe en sus relatos, llena de misterio, atmósfera gótica, sobrenatural a menudo. Frente a esa visión legendaria de Nueva Inglaterra, la de los paisajes de Hopper en su simplicidad puede parecer naif.
Así, sobre la marcha, podría decirse que la posteridad se decantó por el Hopper urbano, ilustrador de la tragedia del individuo moderno, por la gravedad de este frente a la levedad de aquél. Sería engañarse. Aparentemente, tanto el Hopper de Nueva Inglaterra como el de Nueva York, plásticamente, son igual de livianos. Lo que proyecta hasta nuestros días al Hopper urbano, es la metafísica que entraña.
Como su obra, el gran Edward Hopper fue un hombre discreto, sin estigmas ni excentricidades. Nacido en el seno de una familia acomodada, se dedicó a la creación artística desde que tuvo a bien empezar a hacerlo. No tuvo problema ni con la musa, que siempre fue su esposa, la también artista Josephine Verstille, la mujer que protagoniza el común de su pintura.
Edward Hopper cultivó el óleo, la acuarela, el grabado e incluso el dibujo a bolígrafo de gran calidad, en cuadernos que aún se conservan. Pero, de entre todas sus técnicas, la posteridad habría de decantarse por el óleo sobre lienzo.
Hoy celebramos a uno de los más grandes cultivadores de la pintura realista estadounidense del siglo XX. Artista, por tanto, eminentemente figurativo, en la primera mitad de la centuria pasada se le adscribió al ¡expresionismo abstracto! Por la manera en que capturaba la atmósfera y la emoción de sus escenas. No hay duda, el tiempo al que mira su obra es al nuestro. Y así, al igual que los paisajes enigmáticos y vacíos de Giorgio de Chirico influenciaron a Hopper, Hopper influyó a la puesta en escena, las atmósferas de cineastas como Wim Wenders y David Lynch.


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