Con todas las cautelas, y disculpas previas, que requiere remontarse a la etimología de un nombre griego —idioma que incluso en su versión moderna se antoja más grave y elevado que el latín—, parece ser que “Theodorakis” en la lengua helénica —romanizada para el caso— proviene de Theos (dios) y doron (regalo). Así que Theodorakis, bien podría traducirse como “don o regalo de los dioses”. Y eso fue lo que Grecia, Europa, el mundo entero recibieron el 29 de julio de 1925 en la figura de un niño venido al mundo en Quíos, una de las míticas islas del Egeo. Mikis Theodorakis le llamaron. Su destino, como el de los grandes seres, que siempre son universales y castizos, ya estaba escrito. Apenas creciera iba a llevarle de lo sencillo a lo grandioso, del Egeo al mundo entero, como los poemas homéricos.
Cuenta la leyenda que a Theodorakis, el regalo de los dioses, se le alargaban los brazos cuando dirigía a su orquesta: “Parecían alas, se movía entero, como si la música no le cupiera en el cuerpo”, escribió Carolina Robino en su obituario de BBC News. Lo rigurosamente cierto es que su buena voluntad era tanta que incluso llegó a dar conciertos en auditorios turcos. Aunque Alexis Zorbas, el personaje de Mikos Kazantzakis que inspiró a Michael Cacoyannis Zorba, el griego (1964) y, por ende, a Theodorakis su composición más conocida, el score de esta película y las múltiples variaciones sobre Zorba que hizo a lo largo del tiempo, se jactaba de sus heridas en la lucha contra los otomanos.
Imponente, exuberante, expresivo, Theodorakis se formó escuchando música bizantina y fue uno de los principales impulsores del Éntechno, una de las primeras y más sugerentes fusiones de la banda sonora del siglo XX. Surgió de la mixtura de la música popular griega, con su singular sonoridad, con los arreglos sinfónicos orquestales, que Theodorakis y Mános Hatzidákis, principalmente, empezaron a llevar a cabo en sus trabajos para el cine. Más o menos afecto al Éntechno, el Regalo de los dioses compuso siete sinfonías, numerosas piezas para cámara y varias cantatas, Entre otras, una basada en el Romancero gitano (1928) de Federico García Lorca y otra en Canto general (1950) de Pablo Neruda. Y frente a la grandiosidad de su obra sinfónica, la sencillez de sus canciones. Compuso un millar, algunas de ellas, las popularizadas por Georges Moustaki —Imaste Dio, L’homme au coeur blessé…—y Kaimos, sobre todo Kaimos, una de las canciones más tristes, y por lo tanto más hermosas, del amado siglo XX. Una pieza que nos habla de un anhelo profundo, una nostalgia tremenda, quizás la nostalgia de la patria, que al gran Theodorakis le quitaron los coroneles que tiranizaron Grecia entre 1967 y 1974. Pero que también es extensible a los expatriados del mundo entero. El maestro iba a dar unos conciertos a Israel —parece ser que La balada de Mauthausen es una de las piezas oficiales del estado hebreo— e Igal Alon, uno de los líderes israelíes de aquellos años, le solicitó la entrega de un mensaje a la OLP.
Mikis Theodorakis era un hombre de paz que, en la Segunda Guerra Mundial, se hizo montaraz, guerrillero montaraz para combatir, con las armas en la mano, a los invasores de su país: primero a los fascistas italianos, después a los nazis alemanes. Hasta que fue detenido y torturado. Se dice que en aquel trance le enterraron vivo. Internacionalmente se dio a conocer por sus scores para la gran pantalla. El de Emboscada nocturna (1957), cinta bélica de Michael Powell y Emeric Pressburger sobre los comandos ingleses que colaboraron con los partisanos de Creta en una misión, fue el primero. Pero el primer éxito de Theodorakis que transcendió la pantalla para integrar la banda sonora del siglo XX fue Luna de miel (Michael Powell, 1957). Cinta de ambientación española, aunque se incluyen fragmentos basados en piezas de Manuel de Falla, Luna de miel, el tema principal de la película, dio lugar a otro de esos temas referenciales del cancionero de la centuria pasada. La versión más famosa es la de Gloria Lasso. Pero el dieciocho de agosto de 1963 The Beatles grabaron la suya en los estudios de la BBC.
Además de haber nacido en el mismo año —1925—, son muchas las concomitancias que se registran entre la biografía y la obra de Mános Hatzidákis, el otro gran nombre del Éntechno, y la de Mikis Theodorakis. Ambos fueron autodidactas, ambos trabajaron con Jules Dassin y Georges Moustaki, y la inquietud por difundir la música popular helena es la misma en los dos compositores. Pero en Theodorakis tuvo una mayor resonancia, habida cuenta de su compromiso político, muy en la línea del que en los años 30 exaltó Maurice Jaubert.
En efecto, el mismo año que el mundo entero bailaba el sirtaki de Zorba, el griego, Theodorakis, su autor, era elegido diputado por el partido Lambrakis Democratic Youth, que él mismo había fundado. Hombre muy significado políticamente, cuando en abril de 1967 se produjo el golpe de estado del coronel Papadopoulos, la música de Theodorakis fue prohibida y el compositor y su familia, internados en un campo de concentración. Para el músico la experiencia no era nueva.
La liberación de su segundo cautiverio fue gracias a la presión ejercida, internacionalmente, entre otros, por Leonard Bernstein. Una vez desterrado, se convirtió —junto con Melina Mercouri, que corrió su misma suerte— en el adalid del exilio griego. Esa fue la causa de que colaborase con otro de sus paladines, Konstantin Costa-Gavras en Z (1969), todo un puntal del cine de denuncia, al que Theodorakis volverá en Estado de sitio (Konstantin Costa-Gavras, 1972) y Actas de Marusia (Miguel Littin, 1976). Sin olvidar sus hermosas canciones, siempre enraizadas en el folclore de su país. Entre las que siguieron hubo temas tan populares como Agapi mou.
En fin, Mikis Theodorakis ya era un clásico de la música, la contestación y la heterodoxia del siglo XX, cuando esos inquisidores de la nueva izquierda, la del cinismo y los príncipes de la paz presuntos contrabandistas de joyas, la que se cree capacitada para dirigir la memoria de todos, decidir quién es y quién no es fascista y qué debemos admirar en los museos, acusaron a Theodorakis de facha porque el compositor, ya nonagenario, tuvo a bien comprometerse con Nueva Democracia, un partido de centro derecha. Esos inquisidores de la nueva izquierda, la del afán de medro antes que de pobres, puestos a criticar a toda una referencia de esa izquierda humanista, orgullo del siglo XX, no son más que los enanos que arremeten contra Gulliver mientras los líderes —y las lideresas— les pastorean en las manifestaciones. Transcurrido un lustro desde su muerte, ojalá que al gran Theodorakis la tierra le haya sido tan leve como lo fue la del hoyo donde le enterraron vivo sus torturadores.


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