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Ni una o la opuesta flor, de Maria Sevilla

Ni una o la opuesta flor, de Maria Sevilla

Maria Sevilla es una poeta y rapsoda nacida en Badalona en 1990. Investigadora y docente de lengua y literatura catalanas en la Universidad de Barcelona, ha publicado cinco poemarios, una plaquette y un ensayo. Ha experimentado con géneros liminares como la poesía sonora y el videorrecital. Desde 2019 es una de las tres programadoras del histórico ciclo poético del Horiginal. Presentamos una muestra de poemas de su último libro, Ni una o la opuesta flor, además del análisis que el poeta Juan Andrés García Román realizó durante la presentación del mismo.

***

Ni una o la opuesta flor es el último libro de Maria Sevilla; ni una o la opuesta flor, un título que se articula en torno a una doble negación con trampa: la segunda de las partículas negativas es positiva —se presenta una “o” donde se esperaba un “ni”—, pero al funcionar la estructura al modo de espejo o balancín cuyo equilibrio depende de las dos partes —ni lo uno ni lo otro, o lo uno o lo otro—, si cae una de las dos partes, si se levanta del balancín uno de los dos que se sentaban a cada extremo, el otro deja de columpiarse, se rompe el juego de espejos y la doble negación pasa a ser por la pequeña ratonera lingüística, una doble afirmación. Tanto una como otra flor. ¿La negación escondía una afirmación desautomatizada? Es un juego que recuerda al de la teología apofática o negativa, esa que afirma negando: Dios, el bien, el don, del que se predica que no “es”, que no existe, para así poder salvarlo en un lugar indemne o propio donde abrazarlo a solas, el típico argumento de amante celoso. Lovecraft, La Rochefoucauld, y sí, he dicho teología, y no porque este libro de Maria Sevilla trate de Dios, que debe ser la única cosa de la que no trata, sino por el fervor con que sí nombra la naturaleza, con una adoración que no alcanza su objeto y que por eso se vuelve más voraz.

Creo que lo que diferencia en gran medida este libro de los libros previos de su autora es la atención devota por la naturaleza, devota sí, aunque también redicha, irónica, problemática, lingüística, a veces hasta necrófila o gótica. Como si de una Hadewijch de Amberes se tratase, una beguina, se abre el poemario con el deseo, un deseo que se confiesa omnívoro, omnívoro por desbocado, por inmenso, un apetito cósmico, aunque también con trampa. Omnívoro quiere decir que se lo come todo, deseo de comer; es raro que un poema hable de comida. Bueno, es corriente en la tradición catalana —Sent Soví o Vinyoli—, pero comer en un poema es de mala educación, porque la voz que come y canta, se atragante; la glotis, necesaria para la fonación, se cierra, he ahí la contradicción. Los ángeles son los únicos que escuchan mientras cantan, escuchan y cantan, quizás hasta cantan y comen, quién sabe. También recuerda a aquel verso de Paul Celan que decía: “En el sueño, se duerme”. Es decir, de nuevo, lo apofático, lo negativo o lo que se tapa como llave que guarda lo positivo en su cofre. El no, celador privilegiado del sí.

Pronto, en el mismo poema, afirma Maria: me he dejado violar por la versión no-subtitulada de la fronda, no-subtitulada, otro no que es un sí, y a la vez un sí que es un no, porque la mera mención del código aun negado ya lo coloca como un obstáculo para lograr lo que desea: la verdadera unión, la fusión con el cosmos, el amor total inasequible al ser humano en tanto en cuanto sólo puede expresarse con lenguaje. Por eso el verdor de los campos es supremacista, porque en cuanto se expresa, se tiñe de código, de los juegos de poder, “el capricho semántico”. La política, y cualquier ideología siempre y sólo constriñen, incluso aunque fuera por el bien de alguien, incluso aunque fuera por el bien de todos. Es decir, en el mismo momento de ser concebido el deseo, este ya es lingüístico y si es lingüístico es porque es incompleto, es significante y el significante, afirma Lacan, sólo sirve para censurar y tapar, con el deseo del otro, la satisfacción de nuestra verdadera y cósmica necesidad, la Internacional del Llanto. El significante además, es dualista, ¿duelista?; tenemos que escoger y pelearnos por lo uno o por lo otro a sabiendas de que la opción es privación.

A este propósito, el libro presenta, por otra parte, la crónica de una relación íntima en estado de ruina. Es decir, por una parte, es una crónica subjetiva, al tiempo que una expresión de cómo el deseo omnívoro y omnímodo tiene que tomar una encarnación y esa encarnación frustra y limita. Aunque también ha lugar a la ternura, al sueño ingenuo de los que se aman. Rilke afirmaba que dos que se aman se tapan uno al otro el destino: el destino obstaculizado o salvado por el cuerpo deseado, sus cielos sensitivos. Karl Krolow, autor de la llamada Vogellyrik, lírica de los pájaros, en la plena posguerra alemana, era en cambio más optimista, opinaba que cualquier pareja o relación afectiva es una sociedad en miniatura y una micro-utopía.

Este libro, desde luego, es utópico; de hecho es alegre, claro, porque es panteísta, y el lenguaje, cárcel o laberinto, encuentra salidas. Si la salida de la tierra —“A voz da terra ansiando pelo mar” decía Pessoa en Mensagem, su único libro ortónimo—, si la salida de la tierra, digo, es el mar o el agua, la salida del lenguaje es el canto, lo órfico. El canto no se emplea para lo mismo que usamos cada día el lenguaje —facturas, costes de vida, documentos de Excel—, no, es la dimensión emocionada, en estado de excepción, que abraza todos los traumas, la música que acompaña, casi sin variar de compás tanto bodas como funerales. Qué extraño eso de que las mismas melodías sirvan a veces tanto para el guateque como para el entierro, ¿verdad?

Dentro de la dicha que ha supuesto traducir este libro se coló una pequeña dificultad o frustración: es la conciencia de que la tradición castellana ha ido perdiendo en sus poéticas más contemporáneas la dimensión oral que creo que sigue bien patente en la catalana. En fin, se daba a veces la imposibilidad de una traducción plena no tanto del sonido, que es asequible, quizás, sino del fervor oral del texto, de una especie de más allá inscrito en las palabras, una fe: la fe se tiene o no se tiene. Estos poemas de Maria Sevilla desde luego no son reflexiones en verso. Muchos de los motivos que aquí se encuentran, se traban y destraban a partir de una lógica musical: lo universal y lo particular; lo íntimo y lo político. El canto es, desde luego, un privilegiado lugar de encuentros y de parnasianas correspondencias, felices ocasiones, como en la intertextualidad que el libro juega con el poema de las vocales, vocales de colores, de Rimbaud. También está la luminosidad del folclore, porque hay en este libro, un cierto folclore, con la oportuna amortiguación que eso brinda a las caídas, a las magulladuras. Es por el canto y por su sanación que ocurrió una anécdota divertida y que tiene que ver con los malentendidos, false friends, que acompañan a toda traducción. Ahí donde el libro expresa una infidelidad —“a él lo quiero, / también te quiero a ti”— yo siempre creía entender un trío, un menage à trois: aún opino de hecho que, aunque Maria Sevilla no quiere admitirlo, el lenguaje del poema, bromista, parece insinuarlo. En cualquier caso, no es raro que en el sortilegio de una lengua cantada, el adulterio se convierta en poliamor. A vista de pájaro, a vista de pájaro de fuego, a vista de un dragón con plumas. Porque el canto es prodigioso. El canto sana, es ambiguo; su reino no es de este mundo, lo transciende, lo traspasa: toda catástrofe, decía Hafiz, es para los iluminados buena excusa para cantar y para danzar.

Luego, la propia Maria me explicó personalmente que el tres es la salida del binarismo cainita que lleva a la extinción o aniquilamiento, a la pérdida de una de las dos lenguas en competencia o conflicto. Por cierto, tres o infinito: muchas son las veces en que este libro sueña la lengua de los orígenes, una lengua capaz de aunar significante y significado, una lengua que ata, que amarra —como un barco en un puerto afortunado, o un burrillo a una fuente fresca— lo que se quiere decir y lo que se dice. Por gracia del sonido, en la poesía verdadera, y a fe que esta lo es, se produce el milagro y la poesía atrapa al ser. El escurridizo noúmeno kantiano es asumido por ese yo que está fuera de sí, que sale de sí, el yo lírico, un superhéroe del arrobo.

Si la música, por otra parte, es una gracia, el gesto es su danza, y este libro, yo diría, está cargado de gestos, es una especie de gimnasio o museo de gestos de desautomatización, de hechizos para practicar con el cuerpo. Este libro quiere, pienso yo, ser el inicio de una búsqueda que se deja de cuenta de cada uno. Hay tantas veces en su lectura en que uno está tentado de dejar el volumen sobre la mesa y comprobar un tropo imitándolo con las manos, poniendo un ademán delante de un espejo, consultando un concepto en la Wikipedia, asomándose a la ventana o saliendo de paseo. También es verdad que su estado de gracia azuza la curiosidad, y eso ya es rara y muy exquisita virtud en estos tiempos. Ocurre eso mismo con la noción de ambuesta, que yo desconocía antes de leerlo:

Y si una ambuesta es la porción exacta
que cabe al colocar juntas dos manos,
cada vocal es la frecuencia de una ambuesta,
cada formante es una ambuesta en vibración,
pero bajo la bóveda exacta del paladar,
prestando el hueco exacto a una respuesta:
si un nombre es la medida del espacio
que queremos ocupar,
yo quiero ocupar la tuya boca.

En este tratado lingüístico de todas las cosas, a veces se pasa del conflicto de una lengua minorizada con su depredador a la loa mística de una materia; una naturaleza que apabulla, a la que se devuelve la capacidad de entusiasmar que le ha robado el antropoceno. Sí, una sola y grande naturaleza, natura naturans, a lo Schelling, y no nuestro modo condescendiente de mirarla y de creerla al dictado de los periódicos y las noticias que la desean anómala, domada. Se sueña también que la lengua mira con embeleso la creación, que la ama y no solamente la objetualiza y la usa. También se sueña la capacidad de amar fuera del lenguaje o de amar con el lenguaje indiviso del animal. Porque el animal, afirma este libro, posee la llave de la mirada, posee nuestra mirada y no nos la devuelve con el fin de que nosotros, seres humanos, nos retratemos, construyamos nuestra arrogante episteme, todo nuestro egoísta y petulante conocimiento. Bueno, de hecho el animal sí devuelve la mirada, pero salvo en los libros de Maria Sevilla, nadie se da cuenta.

Este libro no se conforma con el fantasma natural que se refleja en los tropos y epítetos literarios —la blanca nieve, la verde hierba— o con la frasecita satisfactoria, las “frases” que tanto odiaba Karl Kraus. En ocasiones, la voz del yo se embarca en una auténtica investigación; de ahí que no extrañen las referencias a vocablos de la biología o la mineralogía. El gran asombro, como en la historia de la filosofía de Jeanne Hersch, eso es la filosofía, esa es la única palabra legítima del ser humano ante lo creado. “Naturaleza”, creía Schelling, “es espíritu visible y espíritu es naturaleza invisible”.

Pero este tratado lingüístico de todas las cosas no se detiene sólo en la naturaleza, también deja cabida a la historia íntima, la educación en una lengua minorizada y por tanto, el miedo de una adolescente a la exclusión:

En segundo
de la ESO sí me lancé
a hablar en castellano
porque las catalufas no ligábamos (…)

También la nostalgia por el abuelo de una y otra rama de la familia, de la una ni de la otra: cada uno sustanciado en el pájaro que alimentaba, cada uno vivificado como en una suerte de chamanismo. Y no lejos, de los pájaros familiares, la ironía del espejo pernicioso, del llamado bilingüismo banal, “próxima estación Verdaguer / próxima estaciò, Verdaguer”. Se dice que es banal, pero de banal tiene poco, es signo de violencia institucional, o de ejercicio de poder absurdo. Y es que una relación de equivalencia que se ofrece a ser interpretada, como en el juego de “busca las diferencias”, lo único que expresa es la función fática y reivindicativa del poder institucional, un gañán que se golpea el pecho: yo, yo, yo.  Yo, es decir, nadie. En definitiva, a la imposibilidad de nombrar con la lengua lo que se ama -el todo, la naturaleza-, o de amar felizmente lo que se nombra, es decir, lo que el poder dictamina que debemos amar -la relación afectiva-, se le añade el drama de una lengua ambiguamente duplicada, amenazada por un deseante mayor, un código invasor, el castellano, mientras la escritora, que ve traducido su libro en catalán, siente con angustia esa imagen suya en el espejo, identidad forzada y real, intimidad dividida y que duele, pese a lo que digan en el periódico El País, cuando celebran el concierto barcelonés de Bad Bunny y su “fiesta de las identidades múltiples”.

Aquí la negación apofática, panteísta, se vuelve un sí de los de verdad: no puedes, no te dejo; y tu lengua ha entrado en extinción mientras tú la hablas, mientras tú la ejerces. ¿Una lengua pasa a estatus de lengua muerta mientras dos hablantes la emplean? En fin, lo que se tapa bien tapado está: donde impera lo político, lo ideológico, la destrucción del planeta tierra y de las culturas que lo habitaban, no hay palabra salvadora. Con todo, alegría de los naufragios, estos poemas siempre salen del entuerto con una sana ironía a veces astral o escatológica: el pubis y las galaxias, tan lejos, tan cerca. Pero pienso ahora en el poema, creo que mi favorito de todo el conjunto, en el que se dialoga con el Otro de la cultura, su guardián, su celador. Se parece aquí la voz de Maria a la de Wisława Szymborska, colocando al gato que no devolvía la mirada en el centro del poema, pidiéndole permiso para ser humano y perdón por haberle dado un nombre. Pero la voz de Maria Sevilla es si cabe más tierna que la de Szymborska, porque se pone a hablar con el propio gato y se mimetiza con su código afectivo, acariciándole la deliciosa suficiencia que lo lleva a estar en lo humano solo de paso, el mismo precioso engreimiento que lo lleva a despreciar la comida llamada pienso, del verbo pensar, que le sirve el humano en el comedero. Sí, el gato come un poco de pienso y, con displicencia, lo deja y nos mira pareciendo decir: prefiero otra cosa, prefiero Todo.

Quedémonos con esa caricia: lo que se reivindica es una erótica de la cultura, el lugar por el que un tratado de fonética o lingüística deja de ser científico porque se enternece y se humaniza, se vuelve criatura, sueña que la pesadilla que nos rodea es simplemente un mundo, aún deseable, aún habitable, como lo fue alguna vez y hoy quizás todavía.

JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN

***

I si una almosta és el que cap just a la conca
de totes dues mans,

cada vocal és la freqüència d’una almosta,
cada formant és una almosta en vibració,

però just sota la volta palatal,
just per fer lloc a una resposta:

si els noms són la mesura dels espais
que volem ocupar

jo vull ocupar la teva boca.

*

Y si una ambuesta es la porción exacta
que cabe al colocar juntas dos manos,

cada vocal es la frecuencia de una ambuesta,
cada formante es una ambuesta en vibración,

pero bajo la bóveda exacta del paladar,
prestando el hueco exacto a una respuesta:

si un nombre es la medida del espacio
que queremos ocupar,

yo quiero ocupar la tuya boca.

***

El cel és blau perquè la mar és blava,
o potser era a l’inrevés. El que no entenc,
el que se sap, és que les plantes
descarten la llum verda —que veiem
les plantes verdes perquè no aprofiten
l’espectre del visible que comprèn

dels cinc-cents als cinc-cents cinquanta nanòmetres. Si ho fessin —si les plantes absorbissin tot l’espectre, si també retinguessin el pany de llum que ocupa el color verd— llavors els boscos i les selves foren negres de debò. I l’herba fora negra. I els camps serien negres. I l’esperança:

tot seria fosc.

Però no, i
la mar és blava,
la clorofil·la és verda i encara
que sovint ni els veiem —els boscos i les selves,
els camps, l’herba—, encara
que potser no els veiem,

encara no que no
—són invisibles.

*

El cielo es azul porque el mar es azul,
¿o era al revés? Lo que no entiendo,
lo que se sabe, es que las plantas
descartan la luz verde —que las vemos verdes
porque no aprovechan
el espectro de lo visible que comprende

entre los quinientos y los quinientos cincuenta nanómetros. Si lo hicieran —si las plantas absorbieran todo el espectro, si también retuvieran el tramo de luz que ocupa el verde— las selvas y los bosques en verdad serían negros. La hierba sería negra. Y los campos, negros. Y la esperanza:

todo sería oscuro.

Pero no, y
el mar es azul,
la clorofila es verde y aunque a menudo
ni los vemos —los bosques y las selvas,
los campos y la hierba—, aunque quizás
no los veamos,

por más que no y que no
—son invisibles.

***

Ni un o l’oposat, ni amic o amat:
ens volíem múltiples
a contradir la nit, però llavors

la monodia va acabar amb l’amor
i el bilingüisme ens va amputar la llengua.

*

Ni uno o el opuesto, ni amigo o amado:
nos deseábamos múltiples
a contradecir la noche, pero entonces

la monodia acabó con el amor
y el bilingüismo nos amputó la lengua.

***

Llengua cooficial

Per ser possible,
precisaré els contorns de l’homonímia.

*

Lengua oficial

Para darme un nombre,
precisaré ignorar las homonimias.

***

vam trencar-nos
l’alto al foc van ser tres
llavis de polpa incandescent

i vam ser tres magranes explosives

tres veritats adúlteres tres òrbites
de l’una i també moltes trajectòries
que fan verdet quan les pregàries migren:

glucosa i floridura
apelfadeta nit

i encara —la balística és l’estudi
de les falenes que desorientades
se suïciden quan no les veu ningú

però n’estic farta —no l’estimo
i ja tampoc t’estimo a tu

*

partimos nos partimos
alto el fuego en los tres
labios de pulpa al rojo vivo vivo

tres granadas de manos

tres verdades tres órbitas tres adulterios tres
con una y también muchas trayectorias
florecidas al tiempo de migrar las plegarias

glucosa con verdín
felpa negrura orín

insistes —la balística es la ciencia
de esas pobres polillas descarriadas
que se suicidan si no hay nadie ahí

pero yo ya me he hartado —no lo quiero
a él tampoco a ti

***

vam trencar-nos
ens vam partir en tres per demostrar

que si el moviment dels cossos sotmesos a llur mútua atracció gravitatòria, quan en són dos, es pot conèixer amb precisió gràcies a les lleis de Newton —dir dos és dir el mateix, dir bilingüisme és extinció— es torna en canvi impredictible quan al binomi se n’hi afegeixen més —no el dos que exclou, no el setge dels amants

ningú té dret a declarar-se immòbil
i a la llarga les planetes
errants com les excèntriques falenes
escaparan totes de les llurs òrbites

la Terra, per exemple,
serà expulsada fora del sistema
solar i vagarà per sempre
peixera solitària
fins que s’acabi el cel

*

partimos nos partimos
nos rompimos en tres para probar

que el movimiento de los cuerpos sometidos a su mutua atracción gravitatoria, cuando hablamos de dos cuerpos,se deduce a la perfección por las leyes de Newton —decir dos es decir lo mismo, el bilingüismo es extinción—, en cambio se torna impredecible si al binomio se le añaden más —no el excluyente dos y su amoroso asedio

nadie tiene derecho a declararse inmóvil
y a la larga los planetas
errantes como excéntricas falenas
todas escaparán de las sus órbitas

la Tierra, por ejemplo,
será expulsada fuera del sistema
solar y vagará pecera siempre
solitaria
hasta el final del cielo

***

[m.ráw]

A la Loba

Bilabial, ròtica, diftong.
Bilabial, ròtica, diftong.

Jo em limito
a contestar amb cadenes fricatives

que intueixo
que pressento
m’afiguro
o que m’han dit

que tu perceps millor
―ets una gata i també diuen
que el primer llenguatge és la resposta:

bilabial, ròtica, diftong.
Bilabial, ròtica, diftong.

La teva llengua és aspra.
La meva és una màquina de fabricar silencis i
per això en diem llenguatge
i no pelatge, per exemple.
I per això tens nom però no et dius

bilabial, ròtica, diftong.
Bilabial, ròtica, diftong

o frec entre les cuixes,
carícies anisades a les temples,
idil·lis per osmosi de palíndroms,
fricció de feromones,
llavors secretes, rastres invisibles,
els índex de pH d’una promesa
o el gust d’unes pupil·les

―l’absència de paraula
és privació o coreografia?

La teva llengua és aspra.
La meva és una màquina de vulnerar silencis,
perquè un nom
és una rúbrica, és la veu indivisible,
és la condensació
que et fa goteta i precipita
al dins del jardinet del món aural
que a mi em fa humana i delimita
―però sé que batejar-te.

Però sé que batejar-te és posseir-te.

I que potser l’absència de paraula
llavors no és privació.
Llavors no és privació, és coreografia:

els llops udolen, però els gossos van aprendre a bordar perquè dins del jardinet humà parlar importava. També els gats haurien començat a miolar com un gest d’infinita apropamenta sense apropiació possible al nostre interior verbal privat

―vedat de caça.

El que vull dir
és que l’abisme íntim que jo ignoro
ens precipita
a fer-te convergir al meu llenguatge:

bilabial, ròtica, diftong.
Bilabial, ròtica, diftong.

Si parles et batejo.
Si parles t’allibero de la condició animal
però ens condemno
a la diglòssia.

La meva, incapaç
de respectar el silenci de les bèsties.
La teva, incapaç
de no cedir a la traducció:

bilabial, ròtica, diftong.
Bilabial, ròtica, diftong.

Potser domesticar-se,
que ve de domus, casa, és reconèixer
que no sé si és jardí o vedat de caça
aquesta llengua.
Que en som còmplices fora però, a dins, preses
i que si el teu pelatge
té un nom només per mi, no l’he sentit.

Tampoc no sé quina fonètica
traeixes quan em dius:

bilabial, ròtica, diftong.
Bilabial, ròtica, diftong.

————————————

Autora: Maria Sevilla Paris. Título: Ni una o la opuesta flor. Editorial: Arrebato Libros. Venta: Todostuslibros.

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Pablo75
Pablo75
4 horas hace

Guardo el texto alucinante de García Román, lleno de frases antológicas (“comer en un poema es de mala educación, porque la voz que come y canta, se atragante; la glotis, necesaria para la fonación, se cierra, he ahí la contradicción. Los ángeles son los únicos que escuchan mientras cantan, escuchan y cantan, quizás hasta cantan y comen, quién sabe”), lo guardo, digo, para mi colección de textos delirantes sobre poemarios nulos (“En segundo / de la ESO sí me lancé / a hablar en castellano / porque las catalufas no ligábamos”).

Gracias a Juan Domingo Aguilar por semejante descubrimiento.