Vaya por delante mi confesión: si he elegido ese título para este artículo —una pregunta-exclamación que, estoy seguro, muchos comparten— es porque yo mismo me la he planteado con cierta perplejidad. Mientras que, como historiador, no logro zafarme de la curiosidad que sigue despertando todo lo relativo al Tercer Reich, como simple lector o cinéfilo, pongo por caso, no puedo ocultar mi hastío ante tantas malas novelas (mal llamadas históricas) que utilizan la esvástica o el término Auschwitz como señuelos, o tantos filmes o series de relleno que creen que presentando como nazi al psicópata de turno ya está justificado todo.
Dentro de muy poco se cumplirá nada menos que un siglo de la llegada de Hitler al poder, ¡y parece que fue ayer, porque lo tenemos omnipresente! Sea en imágenes, testimonios, documentales, exposiciones, relatos, memorias, noticiarios o por cualquier otro medio, las referencias directas o indirectas son incesantes. No hace muchos años el periodista y escritor alemán Timur Vermes publicó una novela satírica con el título de Er ist wieder da (Ha vuelto). Bastaba que la portada contuviera un característico corte de pelo (flequillo) para que todo el mundo supiera sin necesidad de mayores precisiones quién había vuelto. Del mismo modo que basta con pintar un bigotito recortado en la faz de cualquier político en cualquier lugar del mundo para transmitir el mensaje más obvio.
Fuera ya de sátiras, caricaturas, consignas o toda suerte de simplificaciones, lo incuestionable es que la figura de Hitler (como político e ideólogo) y todo lo que le rodea (desde sus estrechos colaboradores al conjunto mismo de la época) siguen ocupando más espacio en los debates, estudios, análisis, recreaciones —¡y hasta en la iconografía!— que cualquier otro personaje de la historia reciente. Lejos de disminuir según aumentan los años que nos separan de él, esa dinámica no se resiente, hoy por hoy.
Por el contrario, el nuevo siglo y milenio vuelve una y otra vez a él y a su momento histórico como referencias ejemplarizantes.
Me basta citar dos ejemplos de cómo los problemas políticos actuales se abordan desde una óptica que bien podríamos denominar Hitler-céntrica. La actual y patente crisis de la democracia en Occidente lleva a casi todos los politólogos y analistas a la comparación con los años treinta del pasado siglo, hasta el punto de que el fracaso de la República de Weimar se ha puesto de moda como referente político-moral (obsérvese la proliferación de obras recientes sobre el tema).
Otro ejemplo de muy distinta índole es la indisimulada preocupación por el ascenso de la extrema derecha en casi todas las naciones democráticas, inquietud que alcanza su cénit precisamente en Alemania con el ascenso de Alternativa para Alemania (AfD): ¿nos llevaría este partido si llegase al poder a un estremecedor viaje al pasado? Usando la reflexión de Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, podría decirse que un Hitler anclado en la historia sería una enseñanza, pero el eterno retorno de Hitler (bastaría cualquiera de sus admiradores o émulos) dejaría de ser una mera lección para constituir una escalofriante amenaza.
¿Se ha dicho todo sobre Hitler? Esta pregunta ingenua pero comprensible entre un público no especializado suele hacer sonreír a los historiadores. El pasado es siempre una fuerte inagotable, pero no tanto por los datos en sí (aunque siempre pueden aparecer algunos nuevos) cuanto por las interpretaciones que generan. En términos simplificados, podríamos decir que cada época construye su Hitler. Es el mismo pero también distinto. Desde el Hitler demoníaco y terrorífico, encarnación de la maldad, hasta el Hitler acomplejado y maniático —en la línea de banalidad del mal de Hannah Arendt— caben múltiples perspectivas y percepciones.
En general, puede decirse que hemos pasado de un Hitler responsable casi en exclusiva de la crueldad universal de su régimen a un Hitler producto de su tiempo, un jerarca en su contexto. Esto supone cambiar el foco de la historia tradicional (las individualidades señeras) por las preocupaciones de la nueva historia social y cultural: Hitler deja de ser un caso excepcional y patológico para convertirse (no solo él sino sus colaboradores y hasta todo el régimen) en expresión y producto de una sociedad y una deriva ideológica (darwinismo social, racismo, antisemitismo). Un somero repaso a algunas de las novedades bibliográficas recientes no deja lugar a dudas en este sentido.
Aparte de la ya mencionada crisis de la República de Weimar, la atención se pone ahora en las condiciones socio-políticas que hicieron posible el ascenso al poder de un sujeto de esas características. En Irresponsables: ¿Quién llevó a Hitler al poder? (traducción de Elena M. Cano e Iñigo Sánchez Paños, Alianza), Johann Chapoutot responsabiliza a las elites económicas, sociales y políticas, con nombres y apellidos, que auparon al líder del nacionalsocialismo pensando que podrían controlarlo para sus propios fines.
Pero la insistencia en el nombre propio, Hitler, es en sí misma una distorsión. Esa es la tesis implícita de un gran especialista como Richard Evans en Gente de Hitler: Los rostros del Tercer Reich (traducción de Gonzalo García, Crítica). No se trata tan solo de subrayar el papel de los cómplices del dictador sino que, dando un paso más, se pretende una especie de biografía coral del nazismo: dirigentes, funcionarios, ideólogos, colaboradores y ejecutores. Aquella monstruosidad estaba lejos de ser tan solo el producto de una mente perturbada.
Prosiguiendo esa línea de análisis desembocamos, como no podía ser de otro modo, en el conjunto de la sociedad alemana de la época. Simplificando mucho, el dilema estaría en restringir la culpabilidad a unas elites o bien extenderla a una colectividad, que con su acatamiento disciplinario o su silencio, posibilitó tal cúmulo de atrocidades. Ese es el planteamiento de otro veterano en el estudio de Hitler y su época, Laurence Rees. Su último libro en español es En la mente nazi: 12 advertencias de la Historia (traducción de Gonzalo García, Crítica). Las advertencias del título podían resumirse en una sola: si millones de personas aceptaron o transigieron con los postulados nazis, eso podría volver a pasar.
Y termino este rápido recorrido por la bibliografía reciente con una de las aportaciones que me parece más original, La era de Hitler y cómo sobrevivir a ella (traducción de María Antonia de Miquel, Gatopardo Ediciones) de Alec Ryrie. Lo más curioso es que, a pesar del título, el libro no trata de la era de Hitler en el sentido que todos le damos sino que considera que aún vivimos todos nosotros en la época de Hitler, porque su sombra se extiende sobre nuestra sociedad y, lo que es más importante, sobre nuestra manera de entender el mundo.
Desde las páginas iniciales, Ryrie argumenta que Hitler sigue siendo nuestra referencia moral en sentido negativo, el epítome del monstruo que anida en la condición humana. «Siempre que queremos condenar a alguien, tendemos casi por instinto a compararle con él. Su indiscutible maldad lo convierte en un punto de referencia sin par y de valor incalculable en nuestro panorama moral». No puede ser más significativo en este aspecto que, en la guerra actual que asola el este europeo, la excusa de Putin para invadir Ucrania haya sido la «desnazificación», mientras que los ucranianos caricaturizaban al líder ruso «con el inconfundible bigotito de cepillo». En definitiva, dice Ryrie, «nos resulta imposible desprendernos de la fascinación» que despiertan los nazis y su líder.
Fascinación, podría ser, en efecto, el concepto clave. Hitler y todo lo que le rodea nos sigue deslumbrando con su aureola refulgente, como un diablo sobrehumano, como nos seduce el mal. Recogiendo los diversos hilos que forman el entramado que hemos expuesto, podríamos concluir que aquí se halla también la respuesta a las preguntas que nos hemos planteado. Hitler sigue vivo en nuestra memoria. Se publican tantos libros sobre Hitler porque sigue interesándonos. No podemos apartar la mirada de él. O, como diría Ryrie, es que vivimos todavía en la era de Hitler.


La presencia de Hitler está banalizada en el imaginario occidental, como un monstruo inexplicable en la historia de Alemania con el cuento de ser una anomalía en el país más culto de Europa y tantas mentiras explican que hoy existan millones de descerebrados alemanes que votaron o quieren votar por los neonazis, admiradores del monstruo, así como en Italia la admiración por el criminal de Mussolini (el racista quien también se alió a Hitler en su cruzada genocida contra judíos y gitanos) llevo al poder a los neofascistas y en Francia se arremolinan embobados con la extrema derecha racista y xenofoba. Hitler no fue una anomalía en la Alemania de su tiempo, el país más racista de la racista Europa de la época. En 1904-1907 la Alemania Imperial del menguado Kaiser Guillermo II perpetró el primer genocidio del siglo XX contra los pueblos Herero y Nama en la actual Namibia, cuando era colonia alemana, cientos de miles de hombres, mujeres y niños masacrados a sangre fría, esclavizados, matados a tiros, de hambre, de sed, quemados vivos, y nadie en Alemania protesto ni se indigno, ni la prensa, ni los partidos políticos, ni los intelectuales. Poco se recuerda este genocidio porque las víctimas eran negras y el racismo está arraigado. Y en Alemania los protestantes con Lutero y los católicos con Papas y Obispos repetían desde siglos las mentiras según las cuales los judíos mataron a Jesucristo y merecían ser castigados por ello, incluso hasta exterminarlos, y la semilla de este odio encontró el terreno más fértil: los pueblos alemanes de Alemania y Austria. Y las barbaries del infame Leopoldo II de Bélgica en el Congo no terminaron con ese monarca ejecutado, cuyo nombre uso James Joyce para simbolizar la degeneración del hombre moderno en su Ulises de 1922, de escribir su novela en 1945 Leopold Bloom habría sido Adolf Bloom, porque el austriaco-aleman Hitler desplazo al rey belga Leopold II como la encarnación del mal. Y el bigote ridículo de Hitler era una moda para los soldados durante la Gran Guerra de Europa (rebautizada en 1940 como “Primera Guerra Mundial”) porque permitía usar las máscaras antigas y mantener algo del bigote, por eso hasta Charlie Chaplin lo utilizo, el viático ridículo, en su personaje. Y no nos hagamos ilusiones, la Humanidad fue esclavista durante miles de años y hasta el siglo XIX, ayer en términos históricos, y la gran libertadora fue la masificación de las máquinas de vapor. Aunque ahora campea la esclavitud moderna, sin contar la mayoría de la Humanidad que vive bajo dictaduras comunistas y capitalistas. Si la esclavitud es la suma de todos los crimenes y la insensatez se impuso en Rusia al elegir Presidente a un Ex jefe de la KGB que enterró su recién nacida democracia, si en Perú escogieron Presidenta a la hija y copartícipe en el gobierno de un Dictador que huyó a Japón buscando impunidad, si en Venezuela eligieron Presidente a un frustrado militar golpista que también enterró su endeble democracia, si los presidentes de los países democráticos de Hispanoamérica en una oportunidad eligieron Presidente de una organización internacional promotora de la Democracia al Dictador y Reyezuelo Comunista Raúl Castro de Cuba
?Que puede esperarse?
Que Hitler esté presente en el recuerdo, es mejor que olvidarlo, porque nos recordara la estupidez humana y la capacidad de los gobernantes para perpetrar los peores crímenes contra los pueblos, a veces contra sus propios pueblos. Si, es mejor no olvidar a Hitler y mejor aún es comprender que es otro ejemplo de nuestra Humanidad salvaje, bárbara, cruel, violenta, injusta, egoísta, plagada de resabios y atavismos, y que la única manera de evitar que lo peor de la naturaleza humana se imponga es la educación, la cultura.
No escribí “viático ridículo” escribí “bigotito ridículo” y en algún momento este aparato, programado quien sabe por quien y como, lo modificó.