Hay hombres de los que uno apenas sabe nada.
De José Iranzo Bielsa, el Pastor de Andorra, se puede contar una vida entera: premios, viajes, escenarios, reconocimientos. Pero eso no es lo que importa. Lo importante es otra cosa, y cuesta más decirla.
Que nunca dejó de ser quien era.
Ni cuando lo escuchaban, ni cuando lo aplaudían, ni cuando ya no necesitaba demostrar nada. Siguió siendo pastor. No como origen: como forma.
Cantó ante reyes, recorrió países, llenó teatros. Pero su lugar estaba en otro sitio. Y no lo ocultó nunca. Volvía al monte, a las ovejas, a la intemperie. No le faltaba otra cosa: le bastaba aquello.
Hay una frase suya que lo explica mejor que cualquier biografía: cuando le venía el miedo en el monte, se ponía a cantar. Y ya está.
No hay épica ahí. No hay construcción. Hay una forma de estar en el mundo.
Tal vez había entendido algo que ahora cuesta aceptar: que lo importante es sencillo y que lo verdadero, por mucho que uno se aleje, acaba volviendo al principio.
“Palomica” la cantaba mi padre.
No la interpretaba: la llevaba oída desde siempre. Sin pensarlo. Sin darle importancia. Como se dicen ciertas frases en casa que nadie recuerda haber aprendido.
Y quizá por eso duele ahora de otra manera.
Palomica, palomica… no levantes tanto el vuelo.
Durante mucho tiempo no entendí nada ahí. Parecía una advertencia menor, casi una tontería. Hoy ya no me lo parece.
Vivimos en un mundo que empuja justo en la dirección contraria. Y no descansa.
Hay que moverse, destacar, salir, exponerse, llegar más lejos. Levantar el vuelo cuanto antes y lo más alto posible. Quedarse es sospechoso. Volver, casi un fracaso.
Por eso cuesta tanto entender a alguien como él.
No porque fuera un gran cantador —que lo fue—, sino porque nunca convirtió su éxito en una forma de alejarse de lo que era. Su voz no fue una salida. Fue una prolongación.
No era un pastor que cantaba. Era alguien que siguió siendo pastor incluso cuando ya no le hacía falta.
Ese tipo de hombre casi no existe ya.
Y no sabemos muy bien cuándo dejó de existir.
No faltan talento, trabajo ni esfuerzo. Lo que ocurre es que todo empuja a otra cosa: a convertirse en personaje, a abandonar el origen, a reinventarse, a despegar. A dejar atrás, incluso, aquello que nos sostenía.
Y sin embargo, hay algo en esa canción —en su tono, en su desnudez, en su forma de no querer subir— que todavía dice lo contrario.
Quizá por eso esa jota sigue ahí.
Porque no intenta ser más de lo que es. Porque no levanta el vuelo.
Y porque, a su manera, recuerda algo que hemos olvidado: que a veces perderse no es quedarse, sino ir demasiado lejos.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: