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Notas literarias sobre el abominable hombre de las nieves

Notas literarias sobre el abominable hombre de las nieves

En mayo de 1991 reuní en Oviedo a Juan José Saer, Arturo Azuela, Julio Ramón Ribeyro, Daniel Moyano, Jorge Edwards y Adolfo Bioy Casares. Este último, recién galardonado con el Premio Cervantes, tenía que llegar en un tren procedente de Madrid, por donde había pasado antes para cumplir con sus anfitriones cervantinos. Aun así, Bioy no olvidó mi antigua llamada a los “Encuentros Hispanoamericanos. Realidad y Ficción, II”, y al anochecer se apeó del Talgo con una ligereza impropia de sus 76 años. Lo acompañaban su nieta Victoria y su secretario, Marcelo Pichón Rivière. En el hotel La Gruta, en donde se hospedaba, de reciente inauguración, los ascensores no funcionaban aún con diligencia, y Bioy pudo volver a demostrar sus dotes de avezado jugador de tenis subiendo de dos en dos los peldaños de la escalera hasta llegar al segundo piso sin apenas jadear. Yo le seguí entre gozoso y asombrado, pensando que durante unos días lo íbamos a pasar muy bien.

El recuerdo de los primeros Encuentros Hispanoamericanos del año anterior aún flotaba en el ambiente con la palabra de Augusto Monterroso, Bárbara Jacobs, Sergio Ramírez (entonces vicepresidente de Nicaragua), Mario Benedetti y Horacio Vázquez Rial.

"Bioy pudo volver a demostrar sus dotes de avezado jugador de tenis subiendo de dos en dos los peldaños de la escalera hasta llegar al segundo piso sin apenas jadear."

La cena demostró la camaradería que entre seis escritores puede existir si hay voluntad, generosidad y educación, tres nuevas virtudes cardinales que se derrocharon durante horas en las que el sentido del humor también fue algo a tener muy en cuenta. A los postres, y jaleados por Daniel Moyano, tan escritor como violinista, se cantaron canciones de la procedencia de los invitados: Argentina, México, Chile… excepto Perú, tierra de Julio Ramón Ribeyro, que ante la insistencia de todos, “que cante Ribeyro, que cante Ribeyro”, él, con la tranquilidad de sus gestos para que frenásemos el entusiasmo, dijo: “Abandonen toda esperanza”.

Recogí las ponencias de ambos Encuentros en un volumen que publiqué en diciembre de 1992 con una tirada de 1.500 ejemplares. Hoy lo vuelvo a hojear, y 25 años después compruebo que es un documento literario de indudable interés. Para este libro pedí a los escritores un texto inédito que completara las charlas. Uno de los que me lo mandó fue Julio Ramón Ribeyro, con quien había tenido una relación especial por ser él una persona retraída, silenciosa, nada dado a las entrevistas ni a las firmas de libros. Aquellos días mantuvimos unas conversaciones sustanciosas y creo que comió más de lo que su figura enjuta parecía admitir. Recuerdo que fumaba todo el tiempo.

Portada ibro de los Encuentros, 91/92

Uno de los pies de foto, en el que están Ribeyro y Azuela, dice: “Ribeyro no da entrevistas ni firma libros. Azuela hace las dos cosas”. Amable conmigo en todo momento, Ribeyro me escribió una dedicatoria “de amigo” en su novela Los geniecillos dominicales. Ribeyro se sentía bien entre sus colegas, en un ambiente cordial que durante unos días mantuvo la ciudad entre la realidad y la ficción. Ahora veo en las fotografías de los recortes de diarios que también publiqué en el libro que Ribeyro no aparece en un paseo por el Oviedo de Clarín y Pérez de Ayala, de la mano del profesor Martínez Cachero. Es posible que ya se hubiera ido antes que los demás, o bien prefirió quedarse en el hotel hasta la hora de su charla. No lo recuerdo.

Entre los inéditos que me enviaron para completar el libro está el de Julio Ramón Ribeyro, que me mandó por fax ese verano. Se titula “En busca del abominable” y es, según me decía su autor, el primer episodio de la novela corta, en preparación, El abominable.

Saer, Moyano, Azuela y Cachero

No tenía entonces, ni tampoco ahora, la certeza de que este fragmento se hubiera publicado antes. A mí me gusta pensar que yo lo hice por primera vez; de cualquier forma, este texto acabó publicándose en La palabra del mudo, II, (Seix Barral, 2009), como un cuento inconcluso. Y esta me parece que es la primera vez que se recogen todos los cuentos de Ribeyro y donde está “El abominable”. Me cabe, pues, el dudoso honor.

El Correo Huancayo del viernes, 23 de abril de 2010 publicó este titular: Julio Ramón Ribeyro no culminó “El abominable”, al que le seguía este artículo:

Un año después de su muerte, el 3 de diciembre de 1995, el diario norteño La Industria publicó “El Abominable”, el único avance que se conoce de este volumen, recogido luego en Ribeyro, la palabra inmortal (Tierra Nueva, 2008), de Jorge Coaguila, y recientemente en la edición definitiva de La palabra del mudo (Seix Barral, 2009).

“El Abominable” narra la historia de dos antiguos amigos convencidos de que el Hombre de las Nieves habitaba no en el Himalaya, sino en los Andes centrales del Perú, exactamente en la cordillera de la Viuda. Según sus especulaciones, El Abominable se sentía más tranquilo en un nevado peruano que rodeado de mil millones de chinos. Así que, provistos de carabinas, ropas de abrigo y botiquín de primeros auxilios, parten en su búsqueda, en un recorrido accidentado. El relato termina cuando los amigos instalan su carpa en tierra yerma, en las faldas de cumbres nevadas, y sienten que en ese momento empezaba la verdadera aventura.

Los originales de “El pedestal sin estatua”* deben de andar revueltos entre los papeles del escritor. A ochenta años de su nacimiento y a quince de su muerte, no sería mala idea publicarlos en un volumen. Quienes hemos leído “El Abominable” y quedamos, como se dice coloquialmente, con la miel en los labios, quedaremos eternamente agradecidos.

*Es probable que hacia finales de los años 50 Julio Ramón Ribeyro hubiera pensado que el texto de “El abominable” se llamaría “El pedestal sin estatua”. Parece ser que esa novela se le traspapeló en uno de sus múltiples viajes por el extranjero.

No sería extraño que alguien continuara o reescribiera “El abominable”. Hay ejemplos: La narración de Arthur Gordon Pym es también una novela inacabada de Edgar Allan Poe, pero hubo quien se atrevió a reescribirla: Julio Verne, en 1897, con La esfinge de los hielos, y más tarde H.P. Lovecraft, que en 1936 publicó En las montañas de la locura.

Julio Ramón Ribeyro termina sus anotaciones al libro Prosas apátridas en el número 200 con estas palabras: “La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro”.

Un regalo para el maestro.