“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”
Ludwig Wittgenstein – Tractatus Logico-Philosophicus
¿Hay algo más allá del capitalismo? Las respuestas son variadas; no son muchas. Las más sencillas, espectaculares, también populares y, lo que es peor, verosímiles, devienen, en general, de las múltiples distopías que arriman la literatura o el cine. El futuro es más o menos horrendo: la naturaleza devastada, la tierra como lugar inhabitable, los pocos humanos que quedan se devoran entre ellos, en forma simbólica siempre, a mordiscones otras tantas. La visión alternativa a la catástrofe todavía no ha sido escrita; la utopía, hermana pobre de la distopía, no resulta, de momento, creíble. Pese a ello, para quienes lo intentan, una de las dificultades parece estar en encontrar las nuevas palabras que puedan nombrar y por tanto caracterizar, ya el estado de situación, el sujeto revolucionario —porque todavía hay quienes creen en la revolución—, también, inevitable, la descripción de las herramientas con las cuales construir alternativas.
Neo-operaísmo es el título de una compilación de artículos a cargo de Mauro Reis, que recoge las ideas de una veintena de autores que pueden inscribirse bajo ese “ismo”, que tiene su origen en Italia, por los años sesenta, bajo el sencillo nombre de operaísmo.
TODOS TANOS
Todo el asunto remite al primer número de la revista Classe Operaia, aparecido en enero de 1964. Bajo la firma de Mario Tronti, se escribe: “También nosotros hemos visto, primero, el desarrollo capitalista, después las luchas obreras. Es preciso transformar radicalmente el problema, cambiar el signo, recomenzar desde el principio: y el principio es la lucha de la clase obrera”. Claro, sesenta años después, la afirmación suena anacrónica, aunque lo sustancial de tal afirmación quizá sea la mirada, la intención de cambiar el centro, el giro copernicano que permita una nueva observación de la realidad. Fueron Mario Tronti y Antonio Negri, ambos italianos, y ya fallecidos hace un par de años, los pioneros del operaísmo. Junto a Paolo Virno y Franco Berardi formaron parte del llamado autonomismo o marxismo autonomista, en definitiva alternativas de izquierda antiautoritarias enfrentadas al socialismo de Estado y también a la democracia representativa: lo que se dice unos herejes. El libro contiene un par decenas de artículos; en cualquier caso, lo más interesante continúa siendo el aporte italiano, como si de continuar una tradición de pensamiento se tratase.
Pensar en los sesenta pareciera más remitir al milenio que al siglo pasado; la noción del obrero como figura central de un proceso revolucionario, más aun, la existencia de un sujeto social que ocupe cualquier centralidad resulta, por lo menos, brumosa. Por ello, los artículos incluidos por Reis, que en su introducción relata las distintas etapas de los operaísmos, concluyen con una cita de la revista Effimera (bajo cuyo título, toda una declaración, se lee: “crítica e sovversioni del presente”) cincuenta años después de Tronti:
“Existe una tendencia insostenible a buscar el sujeto social de referencia en el que invertir para desencadenar un proceso de transformación social, sin advertir que esta perspectiva ha sido definitivamente superada, ya sea que se apunte a los trabajadores migrantes de la logística, al cognitariado, a los nini, a las mujeres o a los habitantes de territorios cada vez más devastados”
Parece claro que enfrentamos tiempos estructuralmente diferentes y el deber es reflexionar sobre las derrotas recientes, tantas y tan significativas; también que el comienzo de una nueva era es el fin del llamado “fordismo”, concepto que no necesita demasiada aclaración —básicamente refiere al modelo en el que el obrero está localizado en “la fábrica”, el núcleo por excelencia de la acumulación capitalista— pero que da comienzo al difuso “posfordismo”, modelo que tanto abarca al “rappi”, al “obrero” del co-working y también a quienes trabajamos desde la comodidad de nuestras casas. Ya no hay centro ni homogeneidad sino sólo dispersión: geográfica, de intereses y de toda índole. De esto se ocupan los articulistas de este libro, inundado de palabras que intentan redefinir la actualidad, que en algún caso no son demasiado precisos, pero que igualmente abren caminos de pensamiento y también —aunque lamentablemente muchas veces menos— de acción. No abordaremos cada uno de los textos —por espacio, también por interés— aunque sí sobre el contenido de algunos de los conceptos detrás de tantas palabras. También acerca de los artículos que van algo más allá y proponen algunas líneas de acción.
CAPITAL-“ISMOS”: CAPITALISMO COGNITIVO
Es de orden comenzar por Antonio Negri, fallecido hace un par de años a sus noventa, quien sumó, a la elaboración teórica, su vínculo con los grupos de acción directa que en la Italia de los setenta se hizo mundialmente conocida, por ejemplo, por el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana Italiana. Por su supuesto vínculo —nunca definitivamente aclarado— con las Brigadas Rojas, Negri pasó unos cuantos años en las cárceles de Italia, otra seña —la del intelectual que le pone el cuerpo a las ideas— de un pasado que parece remoto en estos tiempos, en donde la principal preocupación de los intelectuales parece ser la publicación de sus papers en alguna revista que no atiende más que al endogámico universo académico.
En el comienzo del artículo bajo su firma, de 2017, Negri comienza por el nudo de la cuestión: el impacto del mundo digital sobre el “modo de producción”, a partir de lo cual el trabajador se ha transformado con el uso de las máquinas digitales. Y para ello —y como lo hacen prácticamente todos los autores del libro— regresa a la fuente, Marx y El Capital: “El trabajador y el medio de trabajo configuran una construcción híbrida, y las condiciones del proceso productivo constituyen en gran parte las condiciones de vida del trabajador”. Más sencillo: dime cómo trabajas y te diré cómo vives.
Unos diez años antes de El Capital, Marx publicó los Grundrisse, serie de artículos que prefiguran, como borradores, su obra mayor. La obra contiene un texto, “Fragmento sobre las máquinas”, que cita Negri, pero también Paolo Virno, otro de los articulistas de libro del que hablamos. Hay en el texto de Marx un concepto que según los autores identifica y preanuncia —como tantas veces lo hizo Marx— el estado actual de las relaciones entre capital y trabajo, como consecuencia del avance científico y tecnológico. Básicamente, el asunto es que, debido a su autonomía respecto de la producción, el conocimiento abstracto se convertiría en nada menos que la principal fuerza de producción. Y acuña un concepto que para los autores resulta clave, el general intellect, que es el conocimiento como principal fuerza productiva, y que comprende conocimiento formal e informal, imaginación, inclinaciones éticas, mentalidades y “juegos de lenguaje”.
Es a partir de aquí que Negri incorpora una nueva palabrita: el “capitalismo cognitivo”, una etapa superior, en donde el desarrollo de la producción —y la captación de plusvalía; qué otra cosa si no es el objetivo del sistema— depende no solamente del capital fijo —para simplificar, las máquinas— sino del conocimiento de los trabajadores, que es producido tanto en el tiempo laboral como “en la vida”, tan sencillamente como lo es dar un like en alguna de las redes. Negri le da una vuelta más al asunto, señalando que ya el capital intangible (investigación, desarrollo, educación, sanidad, etc.) supera al capital material en el stock global de capital y se ha convertido en elemento determinante del crecimiento económico: “El capital fijo se encuentra actualmente dentro de los cuerpos, inscrito en ellos y al mismo tiempo subordinado a ellos”. Resulta bastante sencillo, a partir de estos dos conceptos, explicarse por qué, desde hace un tiempo, las grandes corporaciones denominan al departamento que se ocupa de sus trabajadores bajo el título de “Capital Humano”. El asunto, por ahora, sigue siendo quién se apropia de ese capital.
CAPITAL-“ISMOS”: CAPITALISMO BIOCOGNITIVO
Andrea Fumagalli es milanés y algo más joven que los fundadores del operaísmo, aunque fiel continuador del movimiento. Su artículo se titula Veinte tesis sobre el capitalismo contemporáneo (capitalismo biocognitivo).
El punto de partida es el mismo: qué ha ocurrido luego del abandono de la producción material fordista, basada en la gran fabricación verticalmente integrada, donde el trabajador cumple sus horas, hace su parte del trabajo y poco vínculo tiene con su empleo más que en esa porción de vida que entrega al patrón.
El cambio, según Fumagalli, viene con las innovaciones en el transporte, el lenguaje y las comunicaciones (TIC); es allí donde aparece un nuevo paradigma de acumulación y valorización: “la nueva configuración capitalista tiende a identificar en las mercancías, el conocimiento y el espacio (geográfico y virtual) los nuevos ejes sobre los cuales fundar una capacidad dinámica de acumulación”.
Y como el capitalismo no para de reinventarse —y con seguridad sea esta una de las claves de su vigencia: la codicia, la alimentación de todo deseo y hasta la condición de lo deseable—, ha encontrado nuevos ámbitos sociales y vitales para fagocitar y mercantilizar; ha puesto el ojo en aquellos que constituyen las facultades vitales de los seres humanos. Fumagalli menciona entonces conceptos ya desarrollados (capitalismo cognitivo y biocapitalismo) para acuñar, como síntesis, el propio: capitalismo biocognitivo. A partir de aquí desarrolla sus tesis.
En brevísima síntesis —el autor titula cada una de ellas y luego las desarrolla—, quizá los aportes más relevantes tengan menos que ver con la materia de la cual Fumagalli es especialista, la economía, sino más bien con ciertas afirmaciones de tipo más general, casi filosóficas, quizá no instrumentales, pero bastante más conceptuales.
Habla de “…la cultura, como vehículo para el desarrollo de las funciones intelectuales que permiten desarrollar una actividad crítica y creativa no subsumida a la lógica de valoración biocapitalista” y de lo “peligroso —de la cultura— para la reproductibilidad socioeconómica del sistema”.
Más adelante, el título de la Tesis #13 es contundente: “En el capitalismo biocognitivo, la vida misma se convierte en valor”. Por supuesto que remite al General Intellect: afirma que la teoría del valor-trabajo muda en la teoría del valor-vida, y esto ocurre valorizando las diferencias entre los individuos. “No te preocupes”, nos dice el capitalismo, “lo hacemos a tu medida”. Porque te conocemos.
Ya no hay separación entre tiempo de vida y tiempo de trabajo y “las diferencias son convertidas en valor” (Tesis #14); el acto de consumo es, simultáneamente acto de marketing de sí mismo y permite una ulterior valorización de la mercancía. Es, en definitiva, la creación de valor basado en la apropiación del general intellect (y sí… otra vez Marx), o, en otros términos, a través de la expropiación del común, otro de los términos utilizados en unos cuantos artículos del libro.
CAPITAL-“ISMOS”: CAPITALISMO SEMIOCAPITAL
Franco Bifo Berardi necesita menos presentaciones. Estuvo en nuestro país hace unos años y sus obras son más conocidas. Incorpora, él también, un nuevo concepto: el Semiocapital, como aquel que pone en marcha “las energías neuropsíquicas de los trabajadores sometiéndolas a velocidades maquinales y obligando a la actividad cognitiva a seguir el ritmo de la productividad en red”. ¿Las consecuencias de esta variante destinada a la hiperproductividad? El pánico y la depresión epidémica que se extienden por los circuitos sociales. Así, define a los “cognitarios” como encarnación del general intellect, cuyo objetivo es el de procesar la información para la producción de bienes y servicios: “El capital deviene un flujo semiótico generalizado que corre por las venas de la economía global, mientras que el trabajo se convierte en la activación constante de la inteligencia de agentes semióticos vinculados entre sí”. Me permito agregar: vinculados entre sí a través de una infraestructura que no controlan.
A diferencia de la gran mayoría de los autores, Berardi, aunque casi en borrador, discutible también, señala algún camino. Propone como principal tarea política “el uso de herramientas conceptuales de la psicoterapia, mucho más que aquellas que devienen de la moderna ciencia política y el propio lenguaje de la política”. Al fin, que se puede hacer política de otra forma.
LÍNEAS DE ACCIÓN
Si el capitalismo ha logrado imponer la subjetividad empresarial, que manifiesta la voluntad de transformar a cada individuo en una empresa, bajo el mandato de la toma de iniciativa y el riesgo individual que desembocan en la depresión, la enfermedad del siglo; si el leninismo consiguió crear “el partido”, la concepción de la clase obrera como vanguardia, el “militante de profesión”; entonces, se pregunta Maurizio Lazzarato, ¿cuáles son las condiciones para la ruptura política y existencial en la época en que la producción de subjetividad constituye la primera y más importante de las producciones capitalistas? Para ello no propone nada muy nuevo: recurre a Foucault y Guattari, años ochenta, que a su vez remiten a “la revolución del 68”. Se trataría, pues, de un “enlazamiento entre la estética de la existencia y una política que la corresponda. Los problemas de una vida otra y un mundo otro deberían plantearse juntos a partir de una vida militante, cuya premisa está constituida por las rupturas de las convenciones, de los hábitos, de los valores establecidos”. Desde ya que todo esto es compartible, aunque seguimos sin saber cómo.
Quizá, como señala Berardi, las soluciones a la política puedan provenir desde fuera de “la política”. En este sentido quizá el aporte más original de todo el libro provenga del trabajo presentado por Claire Fontaine, que, attenti, no es una dama francesa, sino un colectivo italiano afincado en Palermo dedicado a la producción de teoría artística.
Hay un primer concepto: la huelga humana, definido como el pensar contra sí mismo del individuo, que sería el deber de las revueltas por venir, porque “el acto de tomar distancia de lo que somos, de devenir otros (la propia desubjetivación) será la única posibilidad de luchar contra nuestra explotación”. Por supuesto, volvemos a Foucault y su particular modo de definir la única alternativa revolucionaria válida, luego del fracaso de las anteriores (la conspirativa, los partidos) que pasa por el testimonio de vida, la militancia que toma la forma de un estilo de existencia. El método para esta ruptura escandalosa lo dejan en manos del francés:
“El propio arte, trátese de la literatura, la pintura o la música, deben establecer una relación con lo real que ya no es del orden de la ornamentación, del orden de la imitación, sino del orden de la puesta al desnudo. El desenmascaramiento, la depuración, la excavación, la reducción violenta a lo elemental de la existencia (…) El arte se constituye como el lugar de irrupción de lo sumergido, el abajo, aquello que, en una cultura, no tiene derecho, o, al menos, posibilidad de expresión (…) Hay que oponer, al consenso de la cultura, el coraje del arte en su verdad bárbara”.
CONSOLACIONES
Es cierto que al leer los veinte artículos, más allá de interesantísimos aportes a la comprensión del capitalismo y sus mutaciones que permiten al menos tener un diagnóstico actualizado, lo que nos quedan debiendo los autores, más allá de las excepciones señaladas —que, convengamos, no son más que declaraciones de principios, aunque muy bellamente expresadas— nada queda muy claro en cuanto a cuáles deberían ser los caminos de superación del capitalismo. Resta el alivio de saber que hay quienes, contra viento y marea, no se conforman viendo películas de zombies y lo están pensando.


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