Inicio > Series y películas > Veo, leo, escribo > ‘P-Valley’: La stripper como atleta

‘P-Valley’: La stripper como atleta

‘P-Valley’: La stripper como atleta

Starz es uno de esos canales de pago estadounidenses que tras el éxito de HBO intentaron comerles la tostada de alguna manera, y de esta forma el primero acabó haciéndose famoso por usar incluso más desnudos que el segundo. ¿Black Sails? Tetas y piratas. ¿Boss? Tetas y políticos. ¿Magic City? Tetas y Miami en los 50. ¿The Girlfriend Experience? Tetas y prostitutas de alto standing. ¿Camelot? Tetas (de Eva Green) y Caballeros de la Mesa Redonda. ¿Spartacus? Tetas y gladiadores. ¿Vida? Tetas y lesbianas latinas. ¿Flesh and Bone? Tetas y bailarinas de ballet. Ninguna de estas series trata solo de eso, y sería reduccionista calificarlas así, pero sí que se nota en todas ellas un sello común de querer enganchar a parte del público con desnudos explícitos, sobre todo en los primeros episodios, en una especie de «ven primero por las tetas, pero luego quédate porque en el fondo la serie no está mal».

Mucho ha tardado entonces esta cadena en hacer una serie completa ambientada casi enteramente en un local de strip-tease, en concreto en el sur profundo de Mississippi. Al fin y al cabo, si en Los Soprano colaba lo del Bada Bing, ¿por qué no intentarlo aquí? Y resulta que, no del todo contra todo pronóstico, las críticas han sido de las mejores que ha tenido nunca este canal. ¿Por qué? Principalmente, uno sospecha, porque el proyecto entero está creado por y basado en mujeres, entre otras razones, así que de la misma forma en que uno puede echar pestes de su propio país o su propia raza o su propia religión sin ser xenófobo, racista o intolerante, también se puede hacer una serie sobre strippers, con mucha carne, sin que te llamen machista, si está hecha por mujeres. Ven primero por los culos y las tetas y luego quédate por la GOAT (Greatest Of All Time) Mercedes, por el incomparable e inimitable Tío Clifford, por el comentario social… y por el culo y las tetas.

[Aviso de destripes entre lluvia de billetes en todo el texto]

Todo comenzó con Katori Hall, una dramaturga y activista de Tennessee, licenciada en Estudios Afroamericanos y en Escritura Creativa. Su principal producción han sido obras de teatro de temática negra, como The Mountaintop, sobre el asesinato de Martin Luther King, con Samuel L. Jackson al frente, Hoodoo Love, sobre una cantante en la Memphis de la Gran Depresión en los años 30, o un musical con las canciones de Tina Turner. Su última creación fue Pussy Valley, que es la que ha sido adaptada por Starz, recortándole la mención a la anatomía femenina del título. La serie ocurre en la localidad ficticia de Chucalissa, un poblachón deprimido y postindustrial, con un reparto casi enteramente negro, tanto que los dos personajes que son blancos sobresalen específicamente por serlo: una de las strippers («exotic dancers» es su nombre oficial), y el novio abusivo de otra. La trama sigue específicamente a tres de las bailarinas: Mercedes (o ‘Cedes, pronunciado «Séidis»), una veterana a punto de retirarse y que ya tiene planes para el resto de su vida; Keyshawn, que es la más mona del resto, probable sucesora de Mercedes y la que tiene el novio blanco abusón pasado por el trullo; y Autumn Night, la novata cuyo nombre descaradamente falso no llega a ocultar que, efectivamente, tiene algún que otro secreto. Pero por encima de todas sobresale el dueño del Pynk, el club donde trabajan: Uncle Clifford, un tipo no-binario, como se prefiere decir ahora, cuya barbita esculpida y coloridos modelitos lo convierten en la sensación visual de la serie. Lleva uñas postizas, maquillaje, está claro que se ha operado varias cosas, prefiere un nombre masculino (Uncle), pero pronombres femeninos y tiene la lengua más barrocamente viperina a ambos lados del Mississippi.

Lo que también tiene son problemas económicos y la nueva amenaza en el horizonte de un casino que planea abrir tan cerca del Pynk que se lo quieren cerrar. Esta es una de varias partes de la trama que ocurren fuera del club, y que no acaban de resultar tan interesantes como los dramas que ocurren dentro: está el promotor inmobiliario que parece tenerlo todo controlado y acaba en las garras de una de las chicas; está el alcalde local, con el acento más chulesco y sobrao de todo el reparto (y ya es difícil, porque la jerga negra + sureña + de barrio + hiphopera de casi todos los personajes es endemoniada); y están los componentes de una iglesia local, que por una parte no paran de pedir donaciones y por otra condenan la manera en la que se gana ese dinero. Todos estos palidecen en comparación con la madre superreligiosa de Mercedes, el grupo de adolescentes animadoras a las que quiere enseñar a bailar (establecer un gimnasio es su plan de salida), el aspirante a estrella del trap que se alía con Keyshawn y las maniobras de Autumn para mantener su secreto y prosperar como stripper estrella con mejor cuerpo que dotes artísticas.

Esto nos lleva a uno de los puntos fuertes de la serie, que son las propias actuaciones de las bailarinas. En el Pynk, como Autumn va a averiguar rápidamente, no vale con poner morritos y mover un poco la cadera, como hacen las blancas del Bada Bing: aquí los números son auténticos prodigios de coreografía y atleticismo, y aunque Uncle Clifford lo compara más con el Circo del Sol que con un torneo olímpico, a las strippers se las filma como profesionales de la gimnasia con una poderosa potencia muscular, que entrenan durante horas, se ponen sus tangas, sostenes y tacones como si fueran armaduras para la batalla y hacen prodigios físicos en torno a la barra, a veces en duos o tríos incluso. Alrededor de ellas, un público casi enteramente negro, habitual y experto, que tampoco acepta cualquier cosa y que solo inicia una lluvia de billetes cuando las chicas producen el equivalente a un mate de baloncesto o un touchdown en fútbol americano. Cuando empieza la serie el gran anuncio excitante del local, y de varias millas alrededor, es Mercedes’ Last Dance, un acontecimiento que en la localidad se trata como una Superbowl o como el último partido de Michael Jordan, provocando atascos para entrar. Y para redondearlo todo, la cámara le saca todo el partido posible a las actuaciones de las guerreras: nada de dos o tres tímidos segundos antes de apartar la vista ante tanto desprecio por la imagen denigrante de la mujer en esta sociedad. Al contrario, la iluminación es espectacular, basada en el rosa y el púrpura, no se deja ángulo sin probar que realce la impresionante anatomía de las participantes, y se nota todo lo que han currado físicamente sus protagonistas y sus dobles (entre el violeta, el negro, y la parte de secretos e investigaciones, Hall ha llamado a su estilo aquí Delta Noir).

¿Y por qué no? Si en otras series y películas se puede admirar la cinematografía que captura un paisaje impresionante, o una escena de acción perfectamente lograda, o una conversación incisiva y reveladora, ¿por qué no se puede admirar cómo de bien hecha está la espectacular actuación de una stripper, en particular cuando explica por sí misma el por qué viven de ello y por qué son tan populares? De hecho, a Hall la idea para la obra le vino cuando fue a un gimnasio que además de pesas y zumba ofrecía clases de pole dancing, en una mezcla muy reveladora de las nuevas aspiraciones de la clase media. Dice Hall que casi vomita al intentar alguno de los giros y vueltas que probó, lo cual le provocó un respeto adicional por estas artistas. «Tenía que honrar todo eso en la serie, porque esto sin duda es un deporte (…). Para mí, son tan heroínas como Wonder Woman». Además, de la forma en la que se presenta, algunas veces más bien parece que la acción ocurra en la mente de las bailarinas, con el público completamente desaparecido en la oscuridad, para luego volver unos segundos más tarde a la burda realidad. En el primer episodio hay incluso una escena en la que se deja de oír la música y el diseño de sonido se concentra en la agitada respiración de Marcedes y en los ruidos que hace al agarrar y soltar la barra. De nuevo, puede que todo esto, si fuera rodado exactamente igual, pero hecho por una colección de directores, guionistas y productores blancos y hetero, se consideraría bazofia insultante digna de cancelación social, no ya de la serie sino del canal entero. El debate sobre el alcance de la male gaze (la mirada masculina) sobre todas las creaciones artísticas del género humano, tanto ahora como en el pasado, es uno de los más en boga intelectual ahora mismo, al menos en el mundo anglosajón, y aquí se le da la vuelta porque las ocho directoras de cada episodio son mujeres (incluyendo una transgénero nativoamericana de raza navajo), y de los tres guionistas asistentes de Hall, dos son mujeres y uno gay y activista en favor de los derechos de la comunidad LGTBI.

También importante es que estas bailarinas no son prostitutas. Sí, bailan por dinero, y sí, si te vas con ellas al Paraíso (la habitación privada, etérea y evocadora de noche, pero cutre y asquerosa por la mañana con la luz del día), te sacarán más billetes todavía, pero el alcalde ha apretado los tornillos y ya ni siquiera se va a poder beber y enseñar pechos en el mismo local. Esto no significa, sin embargo, que a veces no se vaya más allá, pero eso ya depende de cada uno… y del porcentaje que se quede el Tío Clifford. Además, mucho se habla de la exploración en esta serie del racismo institucionalizado en la sociedad estadounidense, sobre todo en el sur del país, pero luego Mississippi ha votado sólidamente republicano en las últimas diez presidenciales (58% a favor de Trump en 2016). Más atención merecería comentar lo que la sociedad negra, si se la quiere examinar aparte, se hace a sí misma, usando solamente ejemplos de esta serie: quien quiere venderse a los explotadores del casino es el propio alcalde negro con su acento de pollo frito. Quien arruina los sueños de Mercedes es su propia madre y su iglesia, a la que no acude un solo no-negro. El secreto de Autumn tiene que ver, como era fácil de prever, con su marido, también negro. Eso por no hablar de por qué existe una cultura de club de striptease y puticlubs tan desarrollada entre un sector de la población negra. La propia Hall dice haber ido a ellos unas cuantas veces invitadas por amigas a celebrar fiestas allí, o despedidas de soltera. ¿Y qué pasa con esa música urbana que, a cambio de criticar el racismo y la violencia en una canción, luego todas las demás está llenas de «mi zorra tal», «mi otra zorra cual», «mis bugas, mis drogas, mis montones de pasta, mis botellas de lo caro», frecuentemente con unos vídeos promocionales llenos de chicas y mujeres como las de dentro del club? Y bueno, podríamos llegar hasta el tema de las animadoras también, ya desde el instituto en la parte biempensante de la sociedad.

Justo el año pasado, toda una estrella internacional como Jennifer López, sin necesidad ya de enseñar cacho para ser conocida, se metió, casi con 50 tacos, a hacer de stripper / gimnasta / actriz de circo en la película Hustlers (Estafadoras de Wall Street), con la excusa parcial de que estaba basada en una historia real, cuando quizá al principio de su carrera habría rechazado tal papel por asqueroso y facilón. ¿Qué dice de nuestra sociedad el hecho de que solo se alaba a una mujer de 50 años si no parece que los tenga? Diez horas dijo que tardó en maquillarse y componerse para actuar en el descanso de la Superbowl de 2020 junto a Shakira. Además, mientras esta serie se estaba emitiendo, la canción número 1 en las listas estadounidense y británica era «WAP (Wet Ass Pussy)», de Cardi B, una exstripper que se ha convertido en la nueva sensación del hip-hop, precisamente por sus letras aún más sexualmente explícitas, e incluso pornográficas, que las de muchos artistas masculinos. Eso también es algo que merece la pena explorar. Little Murda, el aspirante a «trapero» que en esta serie busca la atención de Mercedes primero y de Keyshawn si no, es to tío duro y tatuao por fuera, pero gay por dentro, en un mundo que aún no perdona estas cosas. Quizá la segunda temporada entre por ahí un poco más.

En definitiva, la serie está tan desprovista de personajes no-negros que no tienen donde esconderse en este respecto. De hecho, hay varios casos donde el tono de piel específico de cada personaje (Autumn es mestiza, «amarilla» la llaman) se usa entre las propias chicas como arma arrojadiza llena de topicazos insultantes. Pero tampoco es que la serie sea una sucesión de peleas de gatas, que sería otro caso de «mirada masculina» babeante. Más bien al contrario, por cada cabreo hay otro ejemplo de ayudarse entre ellas, y el Tío Clifford (mezcla, según Hall, de su propia madre, su padre y su auténtico tío Clifford), por debajo de sus pinturas, pelucas y colorines, es una mezcla de mamá gallina y oso grande, orgulloso de que muchas de sus chicas se hayan podido pagar coches, carreras e hipotecas trabajando en su garito. «Madraza un día y chulo al siguiente», ha dicho Hall. El actor Nico Annan lleva interpretándolo diez años, en el teatro antes que en la serie, y su actuación es de las que quedan en el recuerdo. Vengan primero por las chicas y quédense luego por el(la).

4.5/5 (2 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)